Arte Sacro
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Una eterna Cigarrera… Alberto Espinosa García


Aunque a la Virgen de la Victoria le pongan una presea de oro, sus huellas seguirán remarcándose en el tiempo con los párpados caídos, con la mirada atragantada de humos y sabiendo que su advocación encierra un triunfo que se celebra más allá de las nubes de esta tierra.

Pero…

¿Alguien ha pensado alguna vez en su día a día?

¿En su minuto a minuto?

¿En su suspiro a suspiro?

El eco de su nombre se escribe con la tinta de la piedra angular de las Sagradas Escrituras. De sus entrañas nació la llave con la que San Pedro abre y cierra cada mañana el portón del cielo. Su vientre fue el refugio del Hijo de Dios, del Hijo del Alfarero, del Hijo que descuelga juramentos allá por los Remedios.

Y ahora la vamos a coronar, pero…

¿Quién le sostiene la pena a la Virgen de la Victoria?

¿Quién le dice que esta batalla la tiene que seguir peleando cuando el flagelo de la impotencia, del drama, de la sinrazón… martiriza su dolor?

¿Quién le seca las palabras a ese sexteto de lágrimas?

De oro. La corona será de oro, e irá engarzada en ella la historia, la devoción, las promesas de decenas, de miles de cigarreros… pero esa corona jamás podrá reflejar ese jipío descompuesto que Ella acuna en su alma; ese dolor intangible que se queda a respirar en el hueco de sus manos; ese abandono despechado que Ella te regala cuando vas a verla y te das cuenta de que la vida es lo que queda entre sus ojos y tu soledad.

 

Si hasta la Casa Real claudicó ante Ella..

Si hasta un palio de cajón mece su desconsuelo..

Si hasta la luna anda enamorada de su tez de cristal, de su fragilidad de bohemia, de su quiebro amamantado de versos..

La Virgen de la Victoria será por siempre una dolorosa patinada de barnices humildes, será una eterna estampa en blanco y negro abriendo en dos el umbral del ayer, será un perpetuo grito reflejado en el río, dibujando sobre la luz del Guadalquivir enaguas de congoja y tormento.

Dejadme que yo la siga viendo así.

Dejadme que yo la busque así.

Dejadme que en mi memoria pida paso -poco a poco-, el día que junto a Ella vamos a poder vivir.

Victoria…, aunque le añadamos a tus tinieblas el susurro de Coronada, el perfume de tu oscuridad será por los siglos de los siglos el de una eterna cigarrera.

 

Fotos: Mariano Ruesga Osuna y Fco Javier Montiel










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