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Caridad Cristiana y Eucaristía. Un punto de vista desde la historia de la Santa Misa. F.J. Barragán de la Rosa


El mandato de prestar asistencia a los pobres y necesitados, ha estado presente siempre en la Iglesia pudiéndonos remontar su cumplimiento a sus orígenes. Así el libro de los Hechos de los Apóstoles narra las colectas que para esa misión se hacían. Siete diáconos fueron elegidos los Apóstoles en Jerusalén para atender el “servicio de la mesa”, para que ellos pudieran atender a “la oración y al ministerio de la palabra”.

La generosidad cristiana viene de la conciencia de que Dios es Padre, nos ama, y nosotros somos realmente hermanos, y debemos atender como tales a los más necesitados. Ese convencimiento del debido amor fraterno implicaba que los diáconos se encargaran de hacer las colectas y distribuirlas entre los pobres y las necesidades del culto (la misión que hoy desarrolla Cáritas). Dicha costumbre, que como vemos se remonta a los orígenes de la Iglesia, ha ido variando con el paso del tiempo. Aquí vamos a centrarnos a la vinculación de las limosnas con la liturgia eucaristía, en especial su presencia en la Santa Misa como un acto litúrgico o rito de la misma, refiriéndonos a su dimensión histórica y reparando en como la inclusión de donaciones durante la celebración del Santo Sacrificio para socorrer a los pobres y para el mantenimiento del clero, fue cambiando en el transcurso del tiempo.

La concepción cristiana de la Comunión como medio de asociarse íntimamente todos los miembros al sacrificio de su Maestro, le da sentido también a la necesidad de compartir los bienes con los pobres. Por eso se pone en íntima conexión la Eucaristía con la Caridad que la Iglesia ha querido transmitir también a través de la liturgia en fidelidad al testamento que le dejó Jesús con este Santo Sacramento.

Vamos a tratar con este artículo de comprobar como las aportaciones caritativas se fueron integrando en la liturgia de la misa a través del tiempo, dejando algunas curiosas huellas en ella. 

Las ofrendas eucarísticas y las ofrendas de bienes en la Iglesia durante el ofertorio de la misa 

En los primeros siglos, la forma de recoger fondos era pasar una bolsa. Existía además la costumbre difundida entre las primeras comunidades de cristianos de ofrecer al celebrante de la misa, las especies necesarias para el santo sacrificio de la misa (el pan y el vino), pero también se aportaban en una cantidad mayor que la estrictamente necesaria para el rito de la comunión, por eso quedaba un remanente que se apartaba con destino a los pobres.

Más adelante ya cesada la persecución de los cristianos durante los s. IV-V se aportaba también alimentos de diversos tipos huevos, miel, legumbres, granos, aceites hortalizas, aves de corral, piezas de ganado etc todo ello durante la “procesión del ofertorio de la misa”. Todos esos dones eran tomados por las manos del celebrante bajo el presbiterio y se colocan en un sitio apropiado para que no molestasen a lo que es el altar eucarístico y a la celebración sagrada que allí se efectuaba (este es el motivo por el que en sus inicios el sacerdote se lava las manos, pues anteriormente había recogido los alimentos que se las podía manchar). Esta colecta siempre se ha realizado en el mismo momento de la misa, es decir durante el Ofertorio, es cuando la presentación de ofrendas se empieza a hacer a modo de procesión hacia el altar acompañada por cánticos. En el Ofertorio al presenta el pan y el vino que se va a consagrar en el altar, se manifiesta una vinculación entre los dones en la Eucaristía y el compartir fraternal en la Iglesia. Así pues desde el s. V-IX al mismo tiempo que los dones del altar también se presentan los dones materiales cuya finalidad era sufragar las necesidades del clero y la caridad con los pobres. El modelo seguido en las eucaristías dominicales era el de la misa papal de Roma, donde se apartaba una pequeña fracción del pan y del vino para la consagración.

Posteriormente esa costumbre de recoger donativos en especie, en ciertas ocasiones puntuales, se va sustituyendo progresivamente por ofrecer donativos en dinero, pues el dinero presentaba menos inconvenientes. De esa manera el acto de ofrecer el pan y el vino eucarístico que se mantiene (aunque ahora son aportados por una familia de la parroquia designada de manera rotativa), se separa del ofrecimiento de las especies que progresivamente se van sustituyendo por la entrega de dinero en un cesto. Este cambio produjo una cierta tensión pues planteaba un problema ya que el pueblo asistente a la misa no solía disponer de moneda líquida, sino del fruto de su trabajo como campesinos, en su mayor parte.

La situación se resolvió empezándose desde principios del siglo VI con la entrega del diezmo en especies, pero ya fuera de la celebración de la misa. Lo que hasta entonces había sido una entrega voluntaria se convirtió en una obligación anual de diezmar de acuerdo con las producciones agropecuarias de cada fiel, es decir proporcionalmente a la riqueza de cada uno. Esta obligación de pagar el diezmo acabó por ser muy frecuentes en Francia a finales del s. VI después de ser proclamada a través de diverso sínodos y concilios. A partir de aquí, se fue extendiendo la costumbre que se introducen poco a poco en los reinos cristianos del norte de España en el s VIII. Los diezmos se generalizan en toda la Iglesia Occidental en tiempos de Carlomagno s. IX con el fin principal de sostener las necesidades del personal y de culto de la Iglesia, estos productos se recogían en los almacenes que los obispos disponían en distintos puntos de su diócesis. Este hecho influiría, pues a partir de entonces la “limosna de la misa” se destina principalmente a atender las obras de caridad que se sostenían con esos ingresos monetarios.

No obstante ese cambio que supuso el declive de la presentación de las ofrendas físicamente durante el ofertorio de la misa, ello no significó que se dejase de hacer totalmente. En ocasiones singulares que solían coincidir con solemnidades y fiestas religiosas se invitaba a los fieles a traer especialmente panes que elaboraban en sus hornos con destino a los pobres. Esos panes eran bendecidos también durante el ofertorio y luego a las puertas de la iglesia una vez acabada la santa misa se repartían a los pobres que también estaban “registrados” en la parroquia (de ahí que se les llamase “pobres de solemnidad”). De esa forma se unía el compartir en la fe en la liturgia de “la solemnidad”, con la alegría en el compartir material y la fiesta civil que seguía luego de la misa fuera del templo. 

El cambio en el ofertorio de la misa al prescindir de los bienes en especies 

A mediados del siglo IX se produce la reforma litúrgica emprendida en tiempos de Carlomagno por teólogos eruditos que ese primer emperador del Sacro Imperio había reunido de diversas partes de Europa, ellos formaban parte de la llamada “Capella Pallatina” .A partir de ese momento la teología cristiana impuso una visión mucho más sacralizada de la Eucaristía y se desarrolla el concepto de la Eucaristía como Cuerpo Místico de Jesús digno de toda adoración. Se produce entonces una creciente reverencia ante el Santísimo Sacramento, que debió de influir mucho en la preferencia por el pan ácimo para las formas sobre el pan común fermentado, ese tipo permitía obtener mucho mejor puras y blancas hostias en forma de obleas, además estas podían partirse fácilmente sin desperdicios y conservarse mejor. Con las formas ya preparadas con pan ácimo se prescinde también de la fracción del pan dentro de la misa tal como se había hecho hasta aquel momento. Por otra parte entonces en lugar de en la mano, la comunión se distribuye sobre la lengua, lo que anteriormente con el pan fermentado común tenía más inconveniente. Todos estos cambios se fueron extendiendo paulatinamente a lo largo del s. IX-X a toda la Iglesia

En el tema que aquí nos ocupa, una consecuencia fundamental es que el cambiar la clase del pan llevó tras de sí que la entrega de las ofrendas del pan y el vino u otras durante el ofertorio se fue convirtiendo definitivamente en una entrega de donativos en metálico. El ofertorio se simplifica reduciéndose a una oración y el sacerdote ya no baja del altar a recoger las ofrendas que presenta el pueblo. No obstante queda dos rubricas de esas ofrendas en la misa solemne tridentina del s. XVI-XX. La primera concierne a que el oficiante se lava las manos mientras pronuncia la oración Lavabo en recuerdo histórico a las ofrendas que se las hubiese podido manchar al haber tocado alimentos. La segunda reliquia incrustada en la liturgia trata de que mientras el sacerdote en el altar eleva el pan y el vino pronunciando la oración Hanc Igitur Oblationen, un poco más abajo permanece el subdiácono con la patena vacía pero elevada en alto y velada con el paño superhumeral. De ello nos ofrece una explicación la enciclopedia Espasa cuando trata de la voz superhumeral indicando que se usa para velar la patena en ese momento pues “tiene su fundamento histórico en la antigua práctica de las ofrendas. Los fieles, en efecto, presentaban panes que los subdiáconos recogían en grandes vasijas, denominadas por ello patenas. Reservada la parte necesaria para la consagración, los diáconos llevaban lo restante a la sacristía, destinado a los pobres; luego regresaban con las patenas envueltas en paños para que sirviesen en la distribución de la eucaristía."

Debemos señalar que cuando los fieles ya no suministraban los panes de altar, surgió especialmente en Francia la costumbre de llevar los fieles en los días festivos unos panecillos o tortas de pan común a la iglesia con el propósito especial de que fuesen bendecidos y distribuidos entre los presentes como señal de mutuo amor y unión. Costumbre que se mantuvo por mucho tiempo, especialmente los días festivos de compartir el pan bendecido (ojo, no consagrado) llamado “panis benedictus”. Generalmente ese pan era presentado con alguna solemnidad en el ofertorio de la Misa parroquial, y el sacerdote lo bendecía bajo las gradas para luego subir al altar y continuar con la oblación de la hostia y el cáliz, y proceder a la consagración eucarística de la misa. La bendición del pan y las tortas es una reminiscencia medieval que en localidades particulares cuenta aún con una formulación propia bajo la invocación de ciertos santos que son sus patronos y se hacen usualmente en los días de sus fiestas, con el fin de obtener favores especiales mediante su intercesión. Así existe aún el pan de San Antonio en Chiclana de la Frontera, San Marcos en Jaén, San Antón en Cádiz, San Blas en Campillos de Arenas etc.

Una costumbre general desde la Edad Media y mantenida en algunos sitios de España hasta mitad del s. XX ha sido el reparto de pan a los pobres por parte de la Iglesia el Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía, por cierto día también del lavatorio de los pies a los mismos pobres. Una vez más esto vincula Caridad y Eucaristía como se ha tratado de mostrar en este artículo con las huellas en la liturgia que quedaron. 

Bibliografía : Jungmann, José A. El Sacrificio de la Misa. Tomos I y II. ED. Herder- Católica S.A. Madrid (1951).

Figuras

 

Fig. 1 Escena de la misa tradicional de Trento s. XVI-XX correspondiente al marco del Ofertorio. Se observa como el oficiante se lava las manos en recuerdo de que ha tocado los alimentos que se ofrecían antiguamente y el subdiácono permanece con la patena cubierta con le velo suprahumeral en recuerdo de las especies ofrecidas y que se han llevado a la sacristía para luego darlas a los pobres. El diácono procede a incensar la patena simbolizando “lo ofrecido” por los fieles.

 

Fig 2 Escena del ofertorio en una misa actual. Se observa que el celebrante baja del altar a recoger de los fieles que llegan en procesión a través de la nave, diversos elementos necesarios para la celebración de la misa sacrificial tales como el pan y el vino, los vasos sagrados, velas etc.










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