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Los costaleros y los capataces de Sevilla. Manuel Enríquez Becerra


Los costaleros y los capataces de Sevilla son los verdaderos artífices de que haya una bonita Semana Santa y también de días de Vísperas.

Si no hubiese costaleros y capataces, la Semana Santa no tendría la idiosincrasia que tiene por naturaleza, con ese vaivén que lleva el paso de los costaleros.

De los costaleros y del capataz, depende el buen transitar de los pasos de misterio y de palio de las hermandades y cofradías, de la Semana Santa de Sevilla, que es donde se sabe mover un  paso, tanto de misterio cómo de palio, todo comandado por un capataz.

Sobre los hombros de unos jóvenes y hombres recae todo el peso cuando transitan los pasos por las calles de Sevilla, que es donde se saben llevar cómo en ningún sitio de España.

Los costaleros se llevan desde ya, haciendo igualas y ensayando con los pasos, para hacerse a ellos para cuando lleguen los días grandes que salgan las hermandades, y todo salga a pedir de boca.

Se llevan dos meses ensayando con los pasos, montando encima de ellos viguetas de hormigón, o sacos de arena, para soportar el peso como si estuviesen las imágenes y los candelabros, jarras de flores y los palios, y se vayan acostumbrando al peso.

Se suelen vestir, liados en una faja que los sujeta por el cuerpo para no deformar la columna vertebral, o tener deshinche corporal. Y se cubren la cabeza con un tocado de saco de costal, hecho una corona de trapo,  gruesa que llevan sobre la cabeza y los hombros, abrazando el cuello, que es donde recae todo el peso, para apoyarse en los hombros del cuerpo, es decir bajo la nuca de la cabeza.

Con todo el peso que cargan acuestas les suele salir una llaga de sufrimiento que les suele durar hasta que le sale una postilla y se van curando poco a poco.

Todo un sacrificio el trabajo de los costaleros y que sin ellos no sería nada nuestra Semana Santa, la más hermosa de todas las Semana Santas del mundo entero. Cómo en Sevilla ninguna.

Hay costaleros que pagan dinero por salir de costalero es decir cómo los nazarenos su papeleta de sitio cuando habría que pagarle a ellos.

Ya llevan tiempo haciendo igualas y ensayando para cuando llegue la ocasión, y siguen hasta que llegue la fiesta ensayando por las noches con un aparato de música que les sintoniza la música  de Semana Santa, cómo si llevarán una banda de cornetas y tambores detrás de ellos.

Son dignos de ver esas igualas y ensayos, con todas las calles en silencio por donde ensayan, y por donde discurrirá la cofradía, normalmente ensayan de noche.

Los costaleros y los capataces, son la base principal de que los pasos de misterio y de palio se pongan y echen a andar por las calles de Sevilla, andando al son de la música y haciendo toda clase de delicias bajo los pasos.

De calzado van lo más cómodos posible suelen ponerse unas alpargatas de loneta para ir racheando por el suelo los pies.

El trabajo de costalero tiene un mérito digno de admirar.

Cómo lo es, el de ser capataz de llevar un paso andando de espaldas, y dirigiendo a los costaleros que van ciegos, sin ver ya que los pasos van recubiertos por unos faldones que solo les dejan unos respiraderos para que puedan respirar los costaleros.

Los capataces también tienen su mérito, el saber llevar andando con la música y dándole encanto a las sagradas imágenes, que parecen verdaderos altares andantes. Que siga y no se pierdan nuestras tradiciones.

El capataz llama a los costaleros con un llamador que lleva en el frontal el paso, como si fuesen golpes de martillo. Y los avisa para levantar el paso. Con tres toques, ya que los costaleros como os decía anteriormente no ven nada, solo llevan unos agujeros bajo las trabajaderas para respirar.

El capataz suele vestir de traje oscuro muy elegante para la ocasión. Y va diciendo frases como: ¡Al cielo con Él o con Ella! O despacio no correr, la derecha alante la izquierda atrás, ¡bueno, bueno no correr!

Sin los costaleros y los capataces, la Semana Santa de Sevilla no sería lo que es, una pura belleza de espectáculo andante.

Manuel Enríquez Becerra. 

Fotos: Juan Alberto García Acevedo y Francisco Santiago.










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