Arte Sacro
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  • viernes, 02 de diciembre de 2022
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La dolorosa del Santo Ángel


José Fernando Gabardón de la Banda. Cae la noche. Cae la noche sobre la ciudad. Las calles calladas, sin muestra de presencia humana. No se escucha ni voces de los borrachos que regresan a casa. No se cruza nadie en el camino. No se mueve ni las hojas de los árboles. No sé qué ha ocurrido hoy en la ciudad. No se llenan los caminos del público que aclaman los vítores de una plaza. No se oyen ni las campanas de la iglesia de la Magdalena, que un día fue llamada a cabildo de los dominicos del antiguo convento dominico que un día habito Bartolomé de las Casas. Solo se oyen los sonidos de una plaza callada, inquieta, que me vislumbra, que me inquieta. Es como un cuadro de la muerte, de aquellos que me invitan a la meditación de mi existencia, de la vida llevada. Solo se oyen los sonidos eternos, del tiempo indefinido, de esos que ahogan a la propia alma, que no produce dolor en las carnes, que te entra un temblor fuera de la medida de la resistencia, que te soslaya. Cae la noche. La ciudad está vacía. Como si le hubieran arrancado el alma. Solo diviso una plaza ensombrecida, de contraluces, en el que colorido ha quedado reducido a unas pequeñas manchas blancas ensombrecidas por tonalidades grises. Solo observo como ha desaparecido en estos últimos años el antiguo barrio de Murillo, donde residió en sus primeros años, o el de Martínez Montañez, donde había instalado su taller. Un barrio de ancestral pasado, de olores a eternidad, barrido por esos aires de modernidad en la que instalan modernos hoteles y destruyen todo a su paso, caseríos, pórticos e incluso iglesias. Cae la noche. Mi vitalidad va disminuyendo, no puedo dar un paso, mis fuerzas disminuyen como si fuera el último que pudiera dar ese día. Se me va acabando la vida, lo sé, mi reloj de arena avanza, pero quiero seguir viviendo. Quiero verla por última vez. Vengo de cruzar el puente, de aquel que era de barca y hoy es de hierro, que me ha traído a intramuros. Mis pasos me han traído hasta aquí. Es mi último consuelo. Cae la noche. Y el tiempo se va escapando. Pero tengo que coger fuerza. Tengo que verla aunque caiga desvanecido y no vuelva a levantarme.

Cae la noche. La iglesia está cerrada. Una sólida portada pétrea, que respira austeridad, de bellas proporciones, con un frontón triangular presidiendo, en cuyo vértice un bello ángel te observa. Un ángel bellamente modelado de la mejor escuela sevillana, quizás Duque Cornejo, su artífice. Un ángel acompañado, quizás el ángel compañero, el protector de tu vida terrenal, camino hacia el cielo. La iglesia está cerrada. Y tengo que entrar. No puedo detenerme en el camino. Es preciso mi entrada. Estoy buscando consuelo y nadie me lo da. El camino se me alarga. La noche cae al vacío. La calle está “desajelada”. No tengo ninguna esperanza. Es un valle sin destino. Es un valle sin distancia. Es un valle en que ya no sé qué busco en esta vida sin respuesta. Cae la noche. No sé qué hacer. Volver a desandar lo andado. Volver a recorrer la vida sin mirar hacia adelante. Volver a mirar a la distancia sin saber que busco o que me encontrare al final de mis días. Cae la noche. Vivo aterrado una noche oscura. Otra de esas múltiples noches que me desvelo y aterrado miro al cielo. Esa noche que nunca va a culminar en esas vías angostas que aterrorizan al alma. Cae la noche. No sé lo que me ocurre. Necesito verla y no puedo. Las distancias han cambiado, mi rumbo se distorsiona, el día ya ha caído y el final no se ha cumplido. Cae la noche. Cae la noche sobre la ciudad. Cae la noche sobre mí mismo. 

Una puerta se ha abierto. No es solo una tabla de madera. He pasado al interior. Todo está sombrío. Solo una pequeña luz al fondo ya me devuelve el destino. Se va abriendo el día. No sé en qué hora vivo y no puedo calcular el tiempo en que llevo caminando por el interior del templo. Una pequeña luz encendida me vislumbra quizás lo que mi interior viene buscando. Y por fin la estoy viendo, las distancias van cayendo, mis pasos se recuperan, no doy crédito, pero es real, es ese paso de palio que siempre soñé en pintar. No es un paso de palio cualquiera, armónico en estructura, grandiosa composición de bellos bordados, los más antiguos de Sevilla. No es un paso de palio cualquiera, es un trono celestial, digno de ser exaltado en el Cantar de los Cantares, o quien sabe en algún poema de David. No es un paso cualquiera, digno de mencionar cualquier tratadista del arte, sin que pueda lamentar ningún trazado amorfo. No es un paso de palio cualquiera, es la base ornamental de portar a esa Dolorosa que quizás tallara Martínez Montañés. Una puerta se ha abierto. Mis pasos recobraron el ímpetu, mi alma volvió a gozar. Estoy contemplando esa imagen de María que habita ese valle de tristeza, pero en el fondo de alegría. Estoy contemplando a imagen que sería reproducida por todo tipo de artistas, pintores y grabadores. Estoy contemplando a esa imagen que cantaron los poetas observando su belleza, al contemplar sus bellos ojos. Estoy contemplando a esa imagen que le compuso su armonía musical el maestro Vicente Zarzuela. Estoy contemplando a esa imagen que le instalaban sus priostes todos los años su majestuoso altar de culto. Estoy contemplando a esa imagen que en torno a ella se fundara en el siglo XVI una cofradía de nazarenos en el convento del Valle. Estoy contemplando a una imagen que nunca dejo de llevarme a la historia de mi familia, a todos mis familiares que ya muerto, están con Ella en el cielo. Estoy contemplando a una imagen que vivió en el Santo Ángel un tiempo de esplendor, con la orden carmelita, entre Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Estoy contemplando a una imagen que me ha llevado a los sueños. Es la Dolorosa del Santo Ángel, la que me llevó a mi destino. Cae la noche. He vuelto a mi camino. 

 

José Fernando Gabardon de la Banda. Profesor de la Fundación CEU San Pablo Andalucía. Doctor en Historia del Arte. 

Fotos: Román Calvo Jambrina

Ilustraciones: Bliblioteca Nacional de España










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