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«¿Where is azahar?». Eduardo Barba. Diario ABC.
Los frutales de la Avenida no han sido trasplantados, como se había asegurado, sino talados a ras de suelo
Restos de ramas de naranjos y el mismo fruto de éstos estaban esparcidos aún ayer por los agujeros que iban dejando las máquinas
Darse un paseo en la mañana de ayer por el epicentro de las obras del tranvía que el Ayuntamiento quiere poner en marcha del Prado a la Plaza Nueva resultaba casi como hacer un viaje en el tiempo y adentrarse en el ambiente de una ciudad alemana nada más acabar la II Guerra Mundial, bombardeada y en fase de recogida de escombros. Dresde. Berlín. «¿Qué ha pasado?», preguntaba un turista mejicano que se acercaba a la calle Alemanes desde el frontal de la Catedral con gesto mitad de asombro mitad de decepción. Vallas metálicas, grúas, zanjas... y, lo que más llamaba la atención a todos, restos de ramas de naranjos y el fruto que quedaba de éstos desparramado por los agujeros y pisados por las máquinas. Y los tocones. con abundante serrín junto a los mismos, todavía chorreando savia. Y es que lejos de ser trasplantados, como se aseguró en su momento, los tradicionales cítricos de la avenida de la Constitución han sido talados a ras de suelo. Sin más. Sólo un par han aguantado la embestida de la sierra, en la esquina con García de Vinuesa. En su tronco cuelgan carteles con un lema: «¿Seré yo el próximo?». Los demás, muchos, son ya historia.
La tala masiva en la Avenida no pasaba inadvertida para la multitud de turistas que recorrían la zona. Muchos visitantes anglosajones conocían el reclamo de los naranjos sevillanos y, preguntados por su parecer sobre el estado de excepción de esa zona de la ciudad, devolvían otra interrogación: «Where is azahar?». Un comerciante de la zona intentaba explicarse en castellano: «Eso tendrán ustedes que buscarlo en otro sitio, que aquí el alcalde no ha dejado ni un árbol. Y si hace esto en pleno casco histórico, ¿qué no hará en cualquier parque de la ciudad o en otro sitio menos visitado?». Otra pareja británica, Paul y Gloria, lamenta en precario idioma español que los frutales hayan pagado de esta forma el peaje de las obras. «En Sevilla son típicos los naranjos al lado de la Catedral y la Giralda -comenta ella-. Ya vinimos una vez y lo conocíamos así. Estaba todo precioso. Ahora parece que hay obras, ¿no? Pero no es normal que los corten, lo que se debe hacer es plantarlos en un parque o en otras calles... Es una pena. Además, en esta ciudad hace mucho calor y con el sol es bueno que haya árboles para protegerse mientras uno pasea».
Una familia madrileña compara la situación con la polémica surgida en la capital española con el proyecto del alcalde en el Paseo del Prado. «Parece una moda, como es lo más fácil... Corto el árbol y así no tengo que podarlo más ni regarlo ni abonarlo... Es lamentable, lo de allí y lo de aquí, me da igual el partido político que sea. Es una vergüenza y punto», subrayaba uno de los componentes del grupo de capitalinos mientras señalaba con la puntera de su bota el círculo de madera sangrante que dejó la máquina taladora en el centro del alcorque. «Es que los han quitado todos, todos... Es tremendo».
También los comerciantes y vecinos de la zona mostraban su malestar, por las molestias propias de las obras en sí, por el colapso de tráfico para acceder al lugar y por mera cuestión estética y medioambiental. «Los han cortado por toda la cara -decía indignado un vecino-, sin preguntar y sin nada, y luego han puesto la excusa de que estaban enfermos. Mentira». Un viandante se sumaba a la discusión. «Aquí se ve que deben acabar esto rápido para tener algo que presentar en las elecciones y conseguir votos, y no han reparado en arrasar con todo, con los restos árabes que han encontrado, con los árboles y con lo que pillen, todo vale para inaugurar lo más rápido posible el tranvía ese».
Otro vecina alertaba de la escasa movilidad a las que se les ha condenado. «Mi madre está enferma, no puede andar bien, y para ir al médico va a tener que ir a coger el taxi a la Torre del Oro o al Cristina. Y si tiene que entrar una ambulancia, mejor ni pensarlo».
«Trabajar rápido»
Sobre la una de la tarde, algunos operarios se afanaban en las inmediaciones del horno San Buenaventura en la recogida de trozos de acera eliminada para colocar los postes de hormigón para la electricidad. No querían meterse en berenjenales, pero alguno sí que admitía que había que «trabajar rápido, esas son las instrucciones». Otro reconocía que los naranjos que se han talado «estaban más sanos que un atleta de maratón, se han quitado por las obras del Metrocentro, pero no porque estuvieran mal. Sólo hay que ver las ramas que han quedado por aquí».
Subiendo la Avenida camino del Ayuntamiento, pisando restos de naranjas y agujeros con albero, aparece la Plaza Nueva con otra imagen llamativa: frente a las jardineras con flores colocadas por el Gobierno local en el andén del edificio consistorial, las verjas metálicas y la plaza repleta de troncos de los plátanos de sombra aniquilados. Quedan unos cuantos aún, junto a las palmeras y los arbustos, con carteles colgados por la oposición y los ecologistas pidiendo el indulto. «Nos dijeron que había que quitarlos y los quitamos. Nadie dijo nada de que estuvieran en mal estado, enfermos o podridos. Enfermos no están, desde luego, eso se lo digo yo...», comentaba medio a escondidas un operario. El verdor de las hojas que aún quedaban sobre la solería evidenciaba el delito.
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