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Opinión. Pregoneros de la vida. Juan Manuel Labrador Jiménez


 La cuaresma hispalense se caracteriza, entre otras cosas, por la gran cantidad de pregones que en estos días se puede escuchar. Se dice que ya existen demasiados, aunque quizás, ese no sea el problema. Sin duda, el pregonero que sube a un atril ha de hacerlo en paz consigo mismo, seguro de sus palabras, con un corazón limpio para que así la sinceridad brote en sus labios, porque de lo contrario, todo sería un puro y mero teatro, en el que la verdad no estaría presente, aflorando así la ficción.

Cristo nos enseñó su Palabra, y sus discípulos fueron los primeros pregoneros en el mundo en difundirla a todos, y hoy, aquellos que gozan del privilegio de pasar por un atril, han de hacer lo mismo, y aunque hagamos uso de la lírica, la retórica y, a veces, de la métrica, en un pregón siempre ha de manifestarse un mensaje claro y rotundo, para que así la disertación no sea un hueco sonido de campana.

Quien firma este artículo, porque así se lo han concedido sus hermanos, tendrá esta noche el inmenso privilegio de cantarle a la devoción más sentida desde su infancia, como es la Esperanza de Triana. Como pregonero de Ella y de su Hijo, el Señor de las Tres Caídas, uno es consciente de que nada sirve llegar a la Capilla de los Marineros a cantarle si no lo hace con el convencimiento propio de que lo que dice es un mensaje que él, el primero, ha de llevar a la práctica.

En escasos días, toda Sevilla, sin embargo, estará pendiente del gran Pregón por antonomasia, el de la Semana Santa, donde cada año, una voz desde el Teatro de la Maestranza anuncia la llegada de los días grandes, pero tratando de comprometer a todos los sevillanos ante esta celebración que se va a conmemorar, como es la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

De nada sirven los aplausos o los versos, si el pregonero no se cree sus propias palabras, o emplea unos términos de gran belleza pero sólo para vestir de barroco su disertación, sin que diga realmente nada del otro mundo. Si un pregón fuera así, estaríamos ante un discurso dotado de hipocresía y, por tanto, carecería de veracidad, y perderíamos nuestro tiempo.

Un pregón no es un sermón ni una homilía, es una exaltación, un canto glorioso que anuncia lo que está por llegar, pero jamás puede faltar en él, aún así, el compromiso, la entrega del cofrade que pone pulso a la ciudad con el vibrar de su garganta, por la cual habla el corazón desde la más profunda humildad.

Que ése, y sólo ése, sea el verdadero pregón que oigamos, ya no todas las cuaresmas, sino todos los días de nuestra vida, y que no sólo tenga que ser desde un atril, sino cada vez que hablemos de Dios o lo hagamos en su Nombre.

Foto: Martín Cartaya










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