Arte Sacro
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  • sábado, 28 de mayo de 2022
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De Nazareno. Antonio Muñoz Maestre


 Comienzas a andar y se paraliza el mundo. Todas las ataduras de la vida diaria, los sedimentos de hastío que ponían peso en la cruz de tu hombro, se desatan o se disuelven como si el lienzo de la túnica tuviese poder sobre ellos.

Observas lo relativo del tiempo. Ahora, que no tienes más objetivo que dar el siguiente paso, cada segundo se deja amar por el sol que arde allá arriba, y comprendes lo que vale su efímera duración.

El carril de pisadas que va dibujando tu recorrido es un arroyo aislado del valle. A los lados de sus riberas, el mundo sigue a su ritmo vertiginoso, vociferante, luminoso. Tu curso en cambio, lleva consigo el ritmo de la eternidad.

Y descubres quién eres realmente. Dónde se van tus pensamientos cuando el repertorio de preocupaciones, súplicas y distracciones mundanas se han acabado y sólo quedas tú mismo en un sendero de cruz sereno como un lago.

Sigues andando, protegido por tu armadura de tergal. El trayecto al ralentí empieza a parecerse a las etapas de la propia vida. Sol ilusionado al comienzo, fuego abrasador a la media tarde, tibieza cansada en el ocaso, y agotamiento de luna al final.

Apenas el cansancio aparece y camina a tu lado, empiezas a tratar con él. En este punto, te unes a toda la tradición ascética de todas las civilizaciones. Flagelantes medievales, eremitas de religiones del oriente, esenios de la tradición israelita, silentes cartujos cristianos, de todos ellos tomas algo y los vas mezclando en tu camino.

Y desperdigados en tu camino, como islotes en medio de un océano de sal, encuentras el agua dulce de las emociones. Buscas y encuentras momentos emotivos. Algunos brotan de tu interior, desenterrados de la memoria inconsciente que los trae a colación en el momento oportuno de la meditación, y se hacen líquido en tus ojos.  Otros, de la escasa relación con el exterior que permiten los estrechos túneles que perforan tu antifaz. Cualquier mirada, palabra, oración, de alguien que acaba de verlo a Él, hace presente la Divinidad de sus ojos ante los tuyos. Y te emocionas. Luego, los momentos de emoción asegurados. Aquellos rincones que el paso de los años ha convertido en palco desde el que ves pasar los gozos y los dolores de tu alma. Y ahí están esperándote. No tienes más que llegar a ellos, y dejar que tu verdadera esencia se exprese libremente.

Los instantes finales son a la vez resumen y ruptura del encantamiento. Poco a poco, vas despertando a tu realidad. Pero esa realidad ya está transformada por el cambio de tu interior, y una fuente de energía surge de tus entrañas apenas los pasos finales se abren paso en medio de tu cansancio.

Termina el paréntesis en tu vida. Quedará un año para que se pueda repetir, pero confías en que el rastro que ha dejado en tu espíritu sea lo suficientemente fuerte. Antes de marchar, dejas una última mirada en el rostro de  Dios doliente, y le confirmas que en su compañía has comprendido lo poco que significa el paso del tiempo, y has gozado la dulce sensación de no ser nadie, o de ser tú mismo por vez primera.

Foto: Juan Alberto García Acevedo










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