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El Señor ha resucitado ¡Aleluya! Mons. Ramón del Hoyo López, Obispo de Jaén.


Desde la noche santa de la Vigilia Pascual hasta el Domingo de Pentecostés, el Cirio encendido en nuestros templos marca visiblemente la presencia del Señor Resucitado, que nos entrega su Espíritu.

Las siete semanas de Pascua, cincuenta días, son como un solo y largo día de fiesta y de gracia. Son una primavera renovadora y de nueva vida teológica, no sólo cósmica. Después de dos mil años celebremos que el Resucitado esté presente entre nosotros para vivificarnos con su Espíritu, alimentarnos con su Palabra como a los de Emaús, fortalecer nuestra fe como a Tomás, alimentarnos en la fracción del pan eucarístico y enviarnos “en su nombre” como misioneros del Evangelio a la parcela que tenemos asignada en esta viña.

La resurrección es como el foco que ilumina y da sentido a la vida del Señor. Sin la resurrección, escribió aquel sacerdote periodista que muchos aún recordamos, José Luis Martín Descalzo, Jesús “quedaría reducido a un genio del espíritu o quizás simplemente a un gran aventurero, por no decir a un loco iluminado”.

Sin la resurrección de Jesús nosotros creeríamos en vano, nos alimentaríamos como de sueños, esperaríamos sin fundamento sólido. No exagera, en absoluto, San Pablo cuando afirma que “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe... somos los más desgraciados de los hombres” (1 Cor 15, 14-20). Pero no es así, y aquí radica nuestra alegría. Como las mujeres que acudieron al sepulcro para embalsamar mejor el cadáver de Jesús en la mañana de Pascua, hemos hecho nuestras aquellas palabras del anuncio gozoso del ángel: “No temáis. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado” (Mt 28, 5-6). Y, a lo largo de veinte siglos, la Iglesia ha proclamado y trasladado esta singular noticia hasta los últimos rincones del mundo: “No busquéis entre los muertos al que vive. Jesús ha resucitado. ¡Aleluya!”

Nuestra fe cristiana se fundamenta y tiene como centro a una persona viva, que ha resucitado, y está sentada a la derecha de Dios Padre. Vive para siempre, intercede por nosotros y nos comunica su misma vida. Nuestra fe no es una mera doctrina o un código de normas de conducta, pervivencia de un recuerdo de Jesucristo en el corazón de sus discípulos. El resucitado es certeza y manantial de nuestra futura resurrección y fuente desbordante de alegría, alimento y sustento de caminantes que ponen su mirada en “el fin sin fin”, que escribía San Agustín.

No está lejos Mayo, mes de las flores, mes de María.

Nuestra Madre fue testigo valiente y decidido en el camino de Cristo a al muerte y de su resurrección, y luego de la venida del Espíritu Santo. Su “sí” unido siempre al de su Hijo. Ella es la mejor maestra de nuestras vidas y comunidades cristianas para vivir la plenitud de esta Pascua y recibir los dones del Espíritu. Mujer pascual y pentecostal, Madre del Resucitado, que a todos sus hijos nos lleva de su mano ante su Hijo “que no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos ante Ti. Inmolado, ya no vuelve a morir, sacrificado vive para siempre” (Prefacio III de pascua).

Feliz Pascua para todos los cristianos de Jaén.

Mons. Ramón del Hoyo López,
Obispo de Jaén









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