Arte Sacro
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Puerta Osario. Diálogos. Álvaro Pastor Torres


 Ni Joaquín Caro Romero con sus décimas y romances magistrales; ni Montero Galvache en su olvidado pregón del XXV aniversario de la Coronación; ni Blasco Ibáñez o Pérez Lugín imaginando descripciones pintorescas; ni Muñoz y Pabón con su pluma (de oro); ni Manuel Machado al escribir su saeta (menos famosa que la de su hermano Antonio); ni los Álvarez Quintero en compañía del maestro Joaquín Turina que puso música al célebre himno “¡Dios te salve, Macarena,/ Madre de los sevillanos,/ Paz y vida!”; ni Juan Sierra encadenando hermosos versos a la Virgen de San Gil en su casa del Barrio León; ni el olvidado Enrique López Alarcón, que colocó lágrimas de verdad en sus mejillas tras la tragedia de José en Talavera; ni Rodríguez Buzón enardeciendo el Teatro San Fernando con el “pero como Tú, ninguna”; ni dos Manolos, Lozano y Pareja-Obregón, mano a mano componiendo la Salve para la Coronación; ni Rafael de León hilvanando los versos de una saeta para que la cantara una muchacha de Chipiona en el balcón del capiller; ni Antonio Burgos con su mejor prosa sevillana. Lo más bello que se le ha dicho a la Esperanza -la Esperanza Macarena, claro-, está grabado en mármol y embutido junto a otras lápidas en ese arco que se salvó milagrosamente de la piqueta revolucionaria durante el siglo XIX: Hija del Eterno Padre, Madre del Verbo Divino, Esposa Inmaculada del Espíritu Santo, Amor de los Amores de Sevilla y Esperanza única de los mortales.

 La Esperanza ha bajado otro diciembre más al presbiterio –no en vano los macarenos fueron los que inventaron los besamanos allá en San Gil- y sus muchos fieles hacen cola para acercarse a Ella. Cada uno lleva una petición, un anhelo, un agradecimiento. Y la Macarena es más Reina que nunca porque este año el prioste de la Esperanza ha querido montar un salón del trono a lo divino donde no faltan ángeles, coronas reales, terciopelos y hasta nardos cuyo olor recuerda una procesión de agosto.

Ahora que los exámenes están de capa caída en la Universidad,  y se aprueban muchas asignaturas al más puro estilo del “ya se pagará”, o sea reuniendo créditos, muchos de ellos sólo por asistir a cursos de auténtico chichinabo, podían organizar uno de corte interdisciplinar que sirviera, como mínimo, para Psicología, Historia del Arte, Filosofía y Bellas Artes: teoría y práctica de la contemplación de la Esperanza. No harían falta ni sesudos conferenciantes, ni lista de firmas. Tan solo bastaría con sentarse en un banco delantero de la basílica, ver pasar la fila incesante de devotos y analizar las reacciones de cada uno ante la imagen. Seguro que a nueve de cada diez se le escapa eso de “pero como Tú, ninguna”.

  

Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado 19-XII-2009

Fotos: Álvaro Pastor Torres.









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