Arte Sacro
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Ella es la Madre. Alberto Espinosa García


rocio pastoraLa fe es la certeza absoluta de que Dios existe sobre los cielos infinitos, y su Madre gobierna sobre la tierra en la cual tenemos la suerte de respirar.

Y teniendo esto en cuenta, que cada uno les confiese a ambos sus cositas como el corazón les permita, sabiendo que a Dios se le siente, mientras que a Ella se le nota.

A Dios se le reza. A Ella se le da las gracias. A Dios se le cuenta todo, y Ella lo sabe todo y más sin necesidad de que abramos los labios para contárselo.

A Dios se le reza.

A Ella se le da las gracias. A Dios se le cuenta todo, y Ella lo sabe todo y más sin necesidad de que abramos los labios para contárselo.

Porque Ella es la Madre.

La que cuida. Protege. Vela.

Entiende. Sufre en silencio. Ama.

Susurra. Enseña. Perdona.

Y el resto… el resto sobra porque Ella no necesita nada más para escuchar nuestros latidos bajo el sol o la luna.

Y en una marisma de Almonte, la Virgen del Rocio, entre miradas pausadas, doblega a su antojo a las manecillas de los miedos, calmando a todos aquellos que van a buscarla para fundirse en un abrazo rendido de amor

No traten de entenderlo si no lo entienden.

No busquen tratados filosóficos en lo más sencillo que existe bajo las nubes de cada día.

No me pidan que se lo explique con palabras porque aún cabalga por mi cabeza todo lo que Ella me ha regalado cuando me he acercado hasta sus plantas en una madrugada de verano.

Ella es la Madre, y nosotros somos sus hijos.

Ella es la Madre, y todo se hace por Ella.

Ella es la Madre, y un hijo por una madre tiene que hacer lo que está escrito en las teselas de la vida con los ojos cerrados: quererla hasta romper en llantos.

Y en ese llanto cabe todos los silencios, todos las salves, todos los sueños...

Y todas las esperanzas de sabernos hijo del faro más seguro que jamás se apaga en la tormenta del mundo: la mirada infinita de la Blanca Paloma.

Que fortuna haber besado a la Madre de las marismas.

Qué gracia haber escuchado el regazo del Pastorcito Divino.

Y que suerte haber visto -y sentido-, por las arenas la presencia luminosa y necesaria de la Madre de Dios.

Foto: Antonio Sánchez Carrasco.