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Cerro y Sevilla-Sur: ut unum sit. Juan Manuel Bermúdez Requena


La memoria trae un recuerdo envuelto en sol de junio. Era la mañana de presentaciones de filiales ante la Reina de las Marismas del año 1987, cuando tres simpecados entraban al unísono en la aldea almonteña: Villamanrique de la Condesa, con su majestuosidad de siglos, amadrinando a dos noveles que el año anterior había alcanzado rango de hermandad filial, como eran El Cerro y Sevilla Sur. La capital hispalense sumaba dos corporaciones más a la nómina de la fe rociera, y la Divina Providencia quiso que el reconocimiento canónico les llegara el mismo año, 1986, para que en el siguiente Pentecostés ambas corporaciones unieran historia y devoción en el corazón palpitante de cada romero, entre abrazos, oraciones y lágrimas de emoción; una inolvidable vivencia de fe en comunión espiritual rociera, que afianzaría una fraternal relación entre las dos hermandades durante estas cuatro décadas. La madrina manriqueña presentaba a sus dos ahijadas, transmitiéndoles el profundo y varias veces centenario acervo de amor a María Santísima, para que esa semilla que reverdeció en la fértil tierra de dos barrios sevillanos de personas sencillas, creciera vigorosa gracias al agua de la devoción de los vecinos del Cerro del Águila y de Sevilla Sur.

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El sábado 10 de octubre de 2026, se formalizó un hermanamiento que ya estaba escrito en el corazón, en el transcurso de una misa celebrada en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, presidida por el párroco Francisco Javier Brazo Delgado, en el que intervinieron los coros de ambas hermandades rocieras, que se fueron alternando las diversas piezas del ordinario de la misa, para concluir con la Salve y las populares sevillanas de la coronación de un ilustre rociero como fue el hinojero Juan Francisco Muñoz y Pabón. Rubricaron los artísticos pergaminos, como representante de la autoridad eclesiástica, el citado párroco, junto a los hermanos mayores del Cerro y Sevilla-Sr, Manuel García Negrete e Isidoro Reina Domínguez, ejerciendo como testigo la Primitiva, Real e Imperial Hermandad de Villamanrique. Precioso altar efímero ideado por el prioste Ángel David Buzón Tinajero, presidiendo el bendito simpecado del Cerro enmarcado en un dosel e iluminado con varias piezas de candelería, custodiado por dos ángeles decimonónicos cedidos por la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores (al igual que las dalmáticas del cuerpo de acólitos), con los dos estandartes corporativos en el presbiterio. Además de las representaciones de hermandades y cofradías, estuvo presente también el Jefe de la Comandancia de Marina de Sevilla el capitán de navío Juan Pablo Díaz-Pache Mackinlay.

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La devoción rociera los unió en el camino de la fe, porque así lo quiso Dios que actúa a través de su Santo Espíritu para guiarnos en esos inefables senderos que el Creador traza, para que, teniendo de celestial testigo a María Santísima del Rocío, se cumpliera la Palabra del Hijo: ut unum sint (Jn. 17, 21).

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Fotos: Juan Manuel Bermúdez Requena.