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Cíngulo y esparto. Septiembre, las Glorias y la gran familia. Esteban Romera Domínguez


 Después del verano y todavía con la resaca de la singular procesión de la Virgen de los Reyes de este año, la cual no dejó a nadie indiferente, el pasado mes de septiembre comencé de nuevo, a disfrutar de las Glorias de Sevilla, y al igual que yo, muchas son las personas que volvieron a contemplar las distintas procesiones de carácter letífico de nuestra ciudad, que hacen estación procesional en estas fechas, proclamando a los cuatro vientos y en sus respectivas feligresías el amor a la Madre de Dios, de unos cristianos, representados por un puñado de cofrades, los cuales trabajan de forma ardua para que este milagro continúe, se consolide, incluso crezca poco a poco, lo que hace sólo unas décadas, era ciertamente una utopía. Nunca le agradeceremos tanto a tan pocos en nuestra ciudad este trabajo constante, para mantener la llama encendida de estas devociones. Además este año también ha sido un mes de septiembre muy especial, ya que pudimos admirar una Dolorosa bajo palio. La feligresía de Santa Genoveva se vistió de gala para que por las calles de su barrio, la Virgen de las Mercedes procesionara conmemorando el L Aniversario de la fundación de esta Hermandad.

Obviando todo lo bello, singular y profundo de nuestras tradiciones más arraigadas representadas en estas Vírgenes y sus barrios correspondientes, de vuelta de una de estas procesiones pensé que todo lo que rodea a este rito, el que nos lleva a varios cientos de cofrades, quizás los más hartibles, de forma cíclica a ver estas procesiones, era algo parecido al encuentro de una gran familia, en este caso, después de un paréntesis, el de las vacaciones estivales, y me explico.

En estas procesiones te encuentras con personas que son parte no sólo de tus experiencias cofrades, sino en el fondo de tu propia vida, con unos cruzas más palabras, a otros los conoces sólo de vista, y con algunos de ellos existe una amistad forjada a ley, después de muchos lustros, que ha traspasado lo meramente formal del encuentro en este tipo de celebraciones. Pero todos, unos y otros, están presenciando de forma cíclica, una de las tradiciones más hermosas y profundas de nuestra ciudad, aunque a algunas personas les pese. Simplemente ellos se lo pierden, prefiero obviarlos. 

Las personas que formamos nuestro “mundillo cofrade”, sobre todo el que se vive durante todo el año, salvando lógicamente la celebración de la propia Semana Santa por la diversidad de personas que rodean a esta celebración universal, son realmente un colectivo similar a una gran familia, tanto para lo bueno como para lo no tan agradable, siendo algo de lo que muchas veces no nos damos cuenta. En este tipo de encuentros informales, al conversar con determinadas personas, nos hemos podido enterar en alguna ocasión de las alegrías o las penas de determinadas personas, no permaneciendo ajenos a éstas, nos hemos tomado algún refrigerio juntos o hemos conversado de forma banal sobre temas de todo tipo que nada tienen que ver con la celebración que hemos contemplado, pero siendo la que nos ha unido de alguna manera. Y esta si que una circunstancia lo suficientemente interesante y que quizás muchos de los que estáis, leyendo estas líneas, a lo mejor no se ha parado a meditar.

Las celebraciones alrededor de nuestras Cofradías, prefijadas lógicamente en los fines propios de las corporaciones, además de cumplir estas premisas fundamentales, quizás sean el motivo de unión de una serie de cofrades que durante todo el año forman una gran familia. Muchos de ustedes habéis podido comprobar durante todo el año, esta afirmación por mi parte, aunque el pasado mes de septiembre el que suscribe lo cotejó y escribió en este artículo, para intentar rendir un pequeño homenaje a esta gran familia cofrade.       

Artículo publicado en el Boletín de las Cofradías de Sevilla de octubre 2006