Arte Sacro
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Ya queda menos. La sangre en el costado. Alberto De Faria Serrano


 El ocaso navega por la cornisa de Castilleja de Guzmán y dibuja en el aire un tibio y perdurable pentagrama incandescente. Desafía la desapacible y gélida vertical. Cala los huesos hasta el vestigio de la insondable memoria de un barrio que se entumece cada noche de quinario. Es el rito iniciativo cuaresmal que se renueva por la Puerta de Córdoba antes que en ningún sitio. La garrucha trabaja a destajo en lo alto del coro de San Julián y  eleva a las alturas la intacta fe de los hermanos. Hoy sin embargo, la posa a sus pies para hacer un nudo marinero de sus gargantas y de su soga atada al estípite. Las del crucero se convertirán en hombros entregados para soportar la carga de cada semana y para llevar sobre si el lacerante dolor de las llagas y la sangre del costado.

¿Díganme si no qué es el dolor terrenal? ¿Cuál si no la abstinencia de piedad en el fiel devoto? ¿Qué espíritu fraterno no se redime al honrar la misericordia del Señor? O ¿qué longeva y servicial virtud no se ennoblece al rezar con la Buena Muerte una noche destemplada de enero? Cuando quizás veas su sombra reflejada en una de las caladas paredes de Santa Paula o de Siete Dolores de Nuestra Señora comprenderás que el fruto de este ejercicio pondera la precisa magnitud de la condición cristiana. La ritual y atávica iniciación con la ofrenda a la divinidad y el sacrificio personal de los pueblos latinos. Ayer se inicio sí ocasionalmente por la Plaza de los Carros. Pero es aquí donde anualmente el cofrade se reencuentra consigo mismo. Se reconoce como tal y se encardina en su naturaleza practicante.

Alegraos cuando el cortejo pise el empedrado simetrico de Santa Isabel porque el roce de los dedos inertes de Cristo insuflará de inmaculada vida los naranjos de la plaza. Rodeará la fuente con el mismo sigilo y humildad con que llegó a San Marcos hace 75 años e inundará de lágrimas calladas la clausura. Tras cada oración le seguirá la estación cruda del martirio. El fuego de la fe quema las entrañas caducas de la postergación y de los sinsabores. Arde sin remisión y libera las ataduras del espíritu. Ya no pesa el crucero ni por San Luís ni por Santa Marina, fieles hospicios de su aun no lejana singladura.

Cuando busques al cobijo de la ojiva de San Julián, el calor de la mirada de la Magdalena y el amparo ya hebraico de la Madre Hiniesta sentirás el presagio del raso cielo intenso y se mezclarán en tus oídos el fagot y una trompeta  arahelense. No sabrás dilucidar si suena en cada bóveda Cristus factus est o Alma de Dios; una visión de caoba y plata caoba iluminada por cuatro hachones te conducirá definitivamente más allá de su Buena Muerte hasta una tarde de Palmas. Ya queda menos.

Foto: Alberto García Acevedo