Muy Recomendado. El eclipse de la torre inclinada. Juan Miguel Vega. El Mundo
Es lugar común afirmar que el sevillano se obnubila con su ombligo. No seré yo quien lo desmienta, pero también es cierto que el ciudadano hispalense, en contraste con esa fijación umbilical, también evidencia una notable ignorancia sobre el resto de su anatomía, de suerte que apenas conoce, y por tanto valora, una pequeña parte, puede que ni la más valiosa, de su ciudad. Un ejemplo: ¿cuántos sevillanos saben que en Sevilla hay una torre inclinada? Tan pocos que no han sido suficientes para impedir que esa torre vaya a dejar de verse cuando crezcan las setas de la Encarnación.
La mayoría de los sevillanos sabe que en Pisa hay una torre inclinada; lo que no sabe esa misma, o parecida, mayoría de sevillanos es que en Sevilla hay otra. Puede que no tanto como la de Pisa, pero inclinada al fin y al cabo, circunstancia que puede apreciarse a ojos vista sin ningún tipo de dificultad. La torre en cuestión es la de la iglesia de San Pedro. En efecto, la que todavía se divisa desde la plaza de la Encarnación, al fondo de la calle Imagen. Perspectiva que es justo desde la que mejor puede apreciarse su inclinación.
La iglesia de San Pedro y su torre inclinada conforman un edificio de estilo mudéjar erigido cuando éste precisamente se encontraba en pleno apogeo, siglo XIV, para ser exactos. Sin embargo, tal y como advierte el erudito investigador José Gestoso en su imprescindible obra Sevilla monumental y artística: «Ha sido la fábrica de este templo de las más alteradas entre las parroquiales de esta ciudad». Lo cual quiere decir que no es mudéjar todo lo mucho que reluce en una iglesia tan imprescindible como poco valorada, por escasamente conocida a pesar de lo abundante de sus méritos artísticos.
Levantada muy probablemente sobre el solar de una antigua mezquita y ubicada justo en la frontera del, en tiempos, poco recomendable barrio de la Morería, la iglesia de San Pedro fue recibiendo aportaciones, tanto en su interior como en el exterior hasta bien entrado el siglo XIX.
El historiador González de León afirma que en la fachada del templo que da a la calle —hoy plaza— de San Pedro, la iglesia tenía adosado un solar guardado con rejas donde se hallaba el cementerio parroquial. Gestoso no llegó a conocerlo, por lo que sospecha que debió desaparecer a mediados del siglo XIX.
Mucho antes, en pleno apogeo del barroco sevillano, son labradas las dos monumentales portadas del templo. La más antigua es la que da a los pies, obra atribuida al milanés Vermondo Resta, es de 1612; un año más tarde, Diego de Quesada comenzará los trabajos de la portada de la nave derecha, diseñada por Diego López Bueno, que se prolongarán a lo largo de más de una década. Pocos años antes había sido erigido el remate de la torre, que trazó Martín Infante.
Sin embargo, la torre no adoptaría su aspecto definitivo hasta la restauración que hubo de serle practicada a consecuencia del terremoto de Lisboa, ocurrido el primero de noviembre del año 1755.
Fue precisamente a consecuencia de aquel movimiento telúrico que la torre quedó inclinada para siempre. Una inclinación leve, pero perfectamente perceptible y que viene a significar una seña de identidad del paisaje que la envuelve.
No obstante, tanto la torre como su inclinación pasan desapercibidas para el común de los sevillanos, a quienes no parece llamar la atención de este templo más que el gorrión que se oculta entre la oria del retablo cerámico de las ánimas benditas que hay en una de sus fachadas. Y en desentrañar ese misterio es en lo único que muchos reparan al pasar por su vera.
No saben, aunque deberían saber, que dentro hay pinturas de Pedro de Campaña, Zurbarán, Lucas Valdés o Domingo Martínez y esculturas de Felipe de Ribas (Jesús Nazareno), Juan Bautista Vázquez el Viejo (Cristo de Burgos) y Manuel Gutiérrez Cano (Madre de Dios de la Palma), Eso por no hablar de la sacristía de Vermondo Resta, donde pueden admirarse verdaderas obras maestras de la orfebrería, como las que figuran en el patrimonio de la hermandad sacramental de San Pedro, una de las pocas corporaciones ‘puras’ —es decir, sin estar fusionadas con hermandades penitenciales— de este tipo que quedan en la ciudad hispalense.
Quién sabe si el generalizado desconocimiento que envuelve este templo se verá pronto incrementado, cuando las ‘setas’ de la Encarnación eclipsen para siempre —a no ser que medie otro terremoto que las derrumbe— la perspectiva de la torre, haciendo pasar más desapercibida todavía su inclinación, lo único que todavía, aunque sólo a unos pocos, podía llamar la atención para adentrarse a conocer los secretos de un monumento para el que los sevillanos, pendientes siempre del ombligo, no parecen tener ojos. Ni ojos, ni alma.
Fotos: Francisco Santiago