Opinión. Estación de penitencia, ¿a la Catedral? El Diputado de Cruces.
Tenía que pasar. Era sólo cuestión de tiempo que alguien pronunciara las palabras. Y fue el nombrado pregonero de la Semana Santa de 2009 el que lo hizo.
Verán. Este diputado no puede escuchar, aunque le gustaría, los programas dedicados a nuestras hermandades que ya muchas emisoras están radiando. Pero los amigos de Canal Sur Radio (por cierto, muchas felicidades por el cumpleaños) nos ofrecen la oportunidad de oir “El Llamador” cuando podamos, bajándolo desde la Bandeja de la Radio (un sistema al que podrían apuntarse otros, ¿verdad?). Iba yo el otro día a hacer unas gestiones por el centro y aproveché para coger los casquitos y escuchar el programa del día 30 de noviembre (voy con un poco de retraso, la verdad). Y en esto que en el minuto 38 y 8 segundos (ahí está la grabación), ¡zas!, se dijo. No me lo podía creer. Tuve que pararme y entrar en un portal para, resguardado del ruido de la calle, asegurarme de que se había dicho. Y sí, se dijo.
Estaba la incomparable Charo Padilla entrevistando a Don Enrique Henares (mucha suerte con el pregón, de corazón) y, en un momento de la conversación, éste defendía su postura contraria a la incorporación de más cofradías a la nómina de la Semana Santa, argumentando que ya no caben más y que las nuevas hermandades tienen una labor muy importante que hacer en sus barrios (por lo visto, las viejas, es decir, las que ya están dentro, no o, al menos, a ellas no les resulta incompatible con pertenecer a la citada nómina). Y en el fatídico minuto dijo (literalmente): “¡Hombre! Estación de penitencia a La Campana, no, ¿eh?, no, no, es que ya no cabe más nadie”.
No me cabe duda que fue un lapsus, que Don Enrique es plenamente consciente que la estación de penitencia se hace en (no a) la Catedral (sí, en la Catedral, aunque alguno todavía no se lo crea), a menos que esta frase fuera dicha en tono sarcástico y con segundas intenciones, algo que sólo sabe el que la pronunció. Pero tanto si fue un lapsus como un sarcasmo, sí es muy indicativa del por qué este empecinamiento de ciertos grupos de cofrades, algunos de mucho prestigio (y entre los que parece están los consejeros que votaron al pregonero posicionándose contra su presidente, elegido por mayoría entre los hermanos mayores de las hermandades sevillanas) en negarse a que más hermanos nuestros hagan lo mismo que a nosotros nos procura tanto bien espiritual y que llevamos haciendo ya varios siglos: estación de penitencia (insisto) en la Catedral.
Más aún, en el mismo programa (minuto 25 y 26 segundos), el hermano mayor de cierta hermandad del Viernes Santo, señera como todas, al ser preguntado por la posibilidad de que alguna nueva hermandad pasara a engrosar la nómina del día, entre los argumentos contrarios que expuso usó eso de que no caben más cofradías “salvo que sentemos a la gente en las sillas a las dos de la tarde”. ¿Ven ustedes la relación? Campana, sillas y lo que eso trae detrás…. De todas formas, a este hermano mayor se le olvidan varias cosas. En primer lugar, a una cofradía la ve más gente fuera de la Carrera Oficial que en las sillas y, por tanto, no debieran ser los ocupantes de éstas los que más le preocuparan (salvo que esté pensando en otra cosa). Por otra parte, el adquirir una silla es un acto voluntario al que no se obliga a nadie y si un abonado no ve una cofradía es simplemente porque, desde su formación cofrade y haciendo uso de su libertad, no quiere (y sé de lo que hablo), no porque haya muchas cofradías en el día y pasen más o menos temprano o más o menos tarde. Y si algún abonado no está a gusto, pues hay muchas otras personas en lista de espera, que gustosamente ocuparían su lugar.
De todas formas, en este asunto hay algo muy chocante. Creo que todos estamos de acuerdo en que en el actual modelo de la Semana Santa no caben más cofradías. Y ante esta situación, la respuesta que está dando la autollamada ortodoxia cofrade es ¡no más cofradías!, pero casi nadie se plantea la alternativa obvia: cambiemos el modelo, que, recordemos, tiene poco más de un siglo de antigüedad (cuando ya hace más de cuatro que se reguló por primera vez la estación de penitencia, otra vez lo escribo, en la Catedral) y que surgió debido a unas necesidades de crecimiento de las hermandades, tanto en el su número (como ocurre hoy en día) como en el número de sus componentes y a los problemas que presentaba el viario ciudadano de entonces. Yo me apunto a esta solución: ¡cambiemos el modelo! No me creo que todo esté ya inventado, el argumento de los mediocres. Cambiemos el modelo para facilitar que nuestros hermanos en la fe puedan hacer también lo que ya hacemos nosotros por más de cuatro siglos, aquello por lo que muchos lucharon y por lo que algunos (estoy pensando, por ejemplo, en las cofradías de Triana) llegaron incluso a correr riesgos físicos: hacer estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral.
Y así, a bote pronto, se me ocurren algunas alternativas, desde la más radical, reducir la Carrera Oficial al recorrido catedralicio, hasta otras más intermedias que supondrían el acortamiento de la misma. Incluso, ¿no podríamos probar con la supresión de las bandas en la citada carrera, como en el Santo Entierro Grande? A una media de diez pasos con música por día, seguro que ganábamos alrededor de una hora.
En fin, que todos sabemos el por qué de la obsesión con La Campana y las sillas: los dineros. Lo que nos lleva, como ya he escrito alguna vez, a la pérdida de independencia. Y en estos tiempos en que a algún juez estrella se le podría ocurrir que no hay tanta diferencia entre un paso en la calle y un crucifijo (o un belén, como hemos visto hace unos días) en un lugar público, si no somos independientes y no tenemos claro por qué y para qué salimos a la calle, cualquier día nos podemos encontrar con alguna sorpresa desagradable, ya verán.
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