Arte Sacro
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Sardinas en lata. Álvaro Pastor Torres


 Pocas experiencias hay más espantosas en la Semana Santa de Sevilla que pasarse dos horas –o tres, o cuatro- en una silla de la carrera oficial. Si acaso aguantar veinte minutos la revirá que dicen ahora de un pasocristo mientras la agrupación musical de turno encadena seis marchas seguidas, o quizá verse metido de repente en la bulla de un palio popular sin que tu mujer, novia, compañera sentimental o amiga con derecho a roce esté detrás cubriéndote la espalda, y sobre todo, lo que está un poco más abajo.(En cambio si la bulla es de un misterio o de un palio de cajón el que tiene que estar detrás, por lo general, es el varón ante la abundancia de rabinos heteros).

Es verdad que el libro de los gustos está en blanco, pero yo aún no le he encontrado el punto g a eso de ver cómo pasan ante tus narices miles de nazarenos mientras la vecina de localidad engulle como una endemoniada paquetes y paquetes de cacahuetes (vulgo arvellanas), cuyas cáscaras tira al suelo; el personal habla de los temas más variopintos (despellejamiento del próximo o cotilleos varios) y los niños van a lo suyo: a dar por saco. Y si es en primera fila de la calle Sierpes, la experiencia alcanza tintes épicos, pues tendrían que dar con cada abono un seguro para las rodillas y un bote de linimento a los nazarenos que, con dificultades, pasan por allí.

Aún así, hay colas, guantadas, sofocos y seguro que hasta tráfico de influencias para conseguir una silla en la carrera oficial (no digo ya un palco, eso parece que queda reservado a ilustres ex). Una silla en la Campana –donde da la impresión que muchas cofradías hacen estación- o como mal menor en la Avenida, es el oscuro objeto de deseo para muchas familias sevillanas, lo cual explica ya muchas cosas que pasan en esta ciudad.

El Ayuntamiento quiere ahora –a buenas horas, mangas verdes- poner un poco más de orden en algo que casi siempre fue un coto sin vallado. Bienvenida sea la iniciativa – que para eso la calle es suya y no de Fraga-, antes de que un año pase algo –más grave aún de lo que ya se ha visto- y vengan entonces las lamentaciones y el rechinar de dientes. Solo el tiempo dirá si la reducción de 7.000 sillas por motivos de seguridad es una bravuconada estival –un agosto caluroso provoca calentones así-, un globo sonda para el inicio de una negociación conflictiva o si responde a un verdadero interés por arreglar uno de los temas más peliagudos de la Semana Santa de Sevilla.

Publicado en El Mundo edición Andalucía el sábado 29-VIII-09

Foto: Francisco Santiago.