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Letras de Cambio. Hermandad de Penitencia. César Rufino. El Correo de Andalucía.


Cuando a los quince me asaltaba algún sentimiento con nombre de cofradía me encerraba a tramitarlo a solas; lo amasaba lo fundía lo destilaba y lo mezclaba lo lloraba según le fuese haciendo falta lo diluía en cafés cargados lo sudaba y por fin después de unas cuantas sesiones de estar quitado de en medio salía como nuevo y no se había enterado nadie. Por lo que sé la gente de mi edad siempre ha purgado a solas sus penas sus pasiones sus soledades sus calvarios sus amores y sus amarguras de adolescente a los que daban el pudoroso tratamiento de las prendas íntimas. Sólo al amigo del alma se le mostraban esos paños zurcidos del mismo modo que sólo ante el médico se quedaba uno en calzoncillos.

Ahora entre las primeras juventudes está muy de moda enseñarlas penas porque también lo está el enseñar las bragas. Las neuronas encargadas de la gestión son las mismas. Así que la niña te pone por delante el elastiquillo del tanga y las tripas de su corazón para que tú le digas si combinan o no para que le alabes el gusto o el disgusto según de lo que se trate. Y al niño que sentado le saca una cuarta al trinquete del Sebastián Elcano te lo encuentras en gayumbos llorando sobre el pollo de la cena porque ha peleado con la novia.

La socialización de las pasiones efímeras de los adolescentes está consuegrando a tiempo parcial a gente que no tendría por qué conocerse siquiera y enfrentando a familias que antes a lo más que llegaban era a saludarse levemente por la calle. Tíos primos padres abuelas y concuñados dirimen en caldeado sanedrín los pesares y las efervescencias de la impúdica infantería de la casa proporcionando luego a los interesados las más variopintas y folclóricas sugerencias terapéuticas a cual más espeluznante.

Los hogares son desde que esto sucede pequeñas hermandades de penitencia cuyos miembros adultos van como cireneos de acá para allá tras una cruz que no es suya al pairo de la advocación del día y según la marcha que suene. No es pienso yo una cuestión de psicólogos. Por lo que tengo visto se puede crecer en público pero únicamente se puede madurar a solas. llorar no es ninguna tragedia; no en vano con los añicos del corazón construye el alma sus alas. A esa labor ayudan los cupidos de la carpeta cuando atraviesan nombres que nadie más conoce; las fotos de la excursión cuando se tienen en secreto y no en fotocopias para lanzarlas desde una avioneta; y las cartas de amor y de olvido ocultas en los libros no las que se dejan rodando por el pasmo para que opine el charolista. Eso es lo que pondría en el libro de reglas de la hermandad si la cruz de guía no la llevase un niño en calzoncillos. Sobre todo si ese niño aspira a ser feliz. Por lo que tengo visto se puede crecer en público pero únicamente se puede madurar a solas.