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Lealtad Institucional. Carlos García Lara


 Hay cualidades que dicen mucho del ser humano, pero el valor que adquieren algunas las hacen estar por encima de otras: honestidad, honradez, capacidad de trabajo y resolución de los problemas que la vida pone en tu camino.

Todas estas virtudes se aúnan en la persona de Adolfo Arenas, quien durante muchos años ha trabajado de forma desinteresada por el mundo de las hermandades y eso me consta de muy buena tinta. Me gustaría poner al descubierto algunas charlas, discusiones y negociaciones que tuvimos en el pasado y cómo a veces consiguió ante el Ayuntamiento de Sevilla lo que se propuso y otras no, pero siempre afrontó sus ‘victorias’ o sus ‘derrotas’ como un verdadero caballero. Por eso ahora, unos días después de su dimisión como presidente del Consejo y tras reflexionar sobre ello, echo en falta oír algunas voces –que no sean siempre la de los periodistas (y ahí me incluyo yo)- que digan algo, bueno o malo, pero que se expresen. Supongo que callar también puede considerarse otra virtud del ser humano, pero siempre que se utilice correctamente y en tiempo y forma.

A Adolfo no le ha tocado vivir buenos tiempos como presidente de la institución cofradiera, porque muchos han sido los problemas que se ha encontrado en el camino y algunos nada fáciles de resolver, ya vengan de las administraciones como de las propias cofradías. También las reclamaciones que están haciendo los hermanos mayores y juntas de gobierno distan mucho de las de otros tiempos. Y también las formas... Y no podemos olvidar que la dichosa crisis llama a todas las puertas, si no, que se lo digan a las cofradías de penitencia y, sobre todo a las hermandades de Gloria, que están sufriendo realmente sus consecuencias. Y cuando falta el dinero, todos sabemos qué pasa...

Y aún así, frente a las adversidades de los primeros cuatro años de gestión, en su reelección, los cuatro cargos generales recibieron el apoyo de casi el 74 por ciento del electorado, que ya lo querrían muchos en sus respectivas casas.

Pero, evidentemente, el mayor problema lo ha tenido en su propia ‘casa’. A nadie se le escapa la dificultad de regir una institución donde el presidente apenas tiene capacidad de designar al equipo con el que debe trabajar durante cuatro años. Pero eso es lo que marcan los estatutos, esos que deben cambiar por el bien de la institución. De ahí el concienzudo trabajo de la Comisión que se creó en su día. Que a nadie se le escape que Adolfo Arenas ha sido el único capaz de coger el toro por los cuernos -a sabiendas de los problemas que le generaría- gusten más o gusten menos las conclusiones a las que se han llegado. Pero el trabajo está ahí.

Y en mi parecer, las filtraciones sobre las votaciones de pregoneros o de cartelistas son peccata minuta... Esto no es un ‘calentón’ del presidente por un tema concreto, sino algo meditado. Porque si algo he aprendido durante tantos años de Adolfo es su capacidad de reflexión y análisis, de mediar para intentar arreglar las cosas. Y si esta vez no lo ha conseguido, es que es un hito imposible. Es difícil evitar filtraciones en una Junta Superior conformada por tantas personas, pero lo que no es ni deseable ni aceptable es organizar una Semana Santa o trabajar en el día a día mientras algunas personas de tu equipo, o el que se supone que es parte de tu personal de confianza (ojo, no son todos), te pone permanentemente piedras en el camino.

Echo en falta qué piensa el Arzobispado de este tema, una institución que ha comenzado a ‘aconsejar’ al Consejo en determinados asuntos en los que antes le dejaba total libertad. Que sea capaz de mostrar una actitud intervencionista en la elección del pregonero y se quede mudo ante la dimisión de un presidente del Consejo de Cofradías –la primera en la historia de este órgano cofradiero- me provoca confusión.

La solución es complicada. Como el papel del vicepresidente, Carlos Bourrellier, otro hombre capaz de asumir verdaderas misiones imposibles, como poner orden y cordura en la hermandad de los Reyes Magos tras la brutal crisis vivida en el Ateneo. Pero la raíz del problema que ha provocado la dimisión del presidente seguirá latente y vigente, aun cuando Adolfo ya no esté. En esta ocasión, la solución no radica en cambiar el nombre del presidente. El jaque mate está servido.

Foto: Francisco Santiago