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El pabellón que Sevilla nunca vio. Antonio Chamorro. Diario de Sevilla.


El Pabellón de los Descubrimientos de la Exposición Universal de 1992 forma parte del imaginario colectivo de los sevillanos desde que una espesa columna de humo apareció sobre la zona sur de la Isla de la Cartuja ese 18 de febrero para anunciar a los futuros visitantes que no podrían contemplar el interior del pabellón destinado a ser la estrella de la exposición.

Ahora, cuando ya tienen fecha los trabajos para el derribo de este emblemático espacio, se recuerdan los pabellones de la Navegación, Canadá, Marruecos, España, incluso los deshollinadores de Eduardo Arroyo que intentaron disimular el rastro negro que dejó el fuego sobre la estructura del edificio. Sin embargo, muy pocos conocen el contenido final que los creadores del pabellón habían diseñado. Una hora de recorrido en la que el visitante hubiera contemplado "desde la experiencia de novedad ante el encuentro con la flora americana y la sorpresa por el descubrimiento de culturas desarrollada allende los mares, hasta los recientes logros de la física nuclear, la genética o los vuelos espaciales", según explica el documento que mostró una "idea descriptiva" del pabellón en enero de 1992, tres meses antes del inicio de la Muestra y días antes de que la chispa de un soplete pusiera punto y final al proyecto.

Pocos después de que Sevilla venciera a Chicago en la disputa por albergar la Exposición que conmemoraría el 500 aniversario del descubrimiento de América, los organizadores ya poseían un primer borrador en el que se planteaban ocho secciones para mostrar "cómo los sucesivos descubrimientos permiten ir aumentando nuestro poder sobre lo que nos rodea". El descubrimiento de los astros, los inventos mecánicos o las primeras investigaciones en profundidad sobre el cuerpo humano formaban parte de este primer proyecto.

Con el tiempo, la idea inicial se fue perfilando y los ocho sectores se quedaron en cuatro, algunos de ellos con diversos subsectores. Cada una de las salas, además, estaría conectada por pasillos y pasadizos tematizados para facilitar la transición entre un espacio y otro: un telescopio para pasar del Nuevo Mundo a la civilización occidental o una mina para representar la entrada a la era industrial.

El primer espacio –Nuevo Mundo, Mundo Nuevo– derrama sobre el visitante un importante material visual, en el que se incluyen objetos, artilugios, películas o diapositivas, que tratataban de mostrar "cómo afectó a Europa el ingente volumen de información natural y antropológica con que se acrecentó el conocimiento del nuevo mundo". El espectador caminaba alrededor de la recreación de la bodega de un barco y, al final de la sala, entraba en el ojo de un telescopio que le llevaba al "mundo de los instrumentos".

El sector dos –El orden de las cosas– mostraba una gran biblioteca donde destacaba una esfera armilar –un instrumento astronómico que representa el orden del universo– que representaba la llegada de la experimentación con la realidad, en lugar de su observación directa. A ambos lados de la esfera, unos cuadros mostraban los cambios que se producen durante esta época del despertar científico.

Otro pasadizo tematizado como una mina da paso a la revolución industrial. El sector tres se dividía en dos subsectores, correspondientes a la primera y segunda revolución industrial. En el primero aparecía como protagonista la primera máquina de vapor y se recreaba un taller de trabajo del siglo XIX. El segundo subsector se desarrollaba en una estación de ferrocarril, donde se contemplaba maquinaria y objetos del segundo impulso industrial de la humanidad.

El cuarto sector –Nueva estabilidad– se centraba en el siglo XX, desde la inestabilidad de sus primeros años a la nueva cultura de la ciencia, el espectáculo o el consumo. La sala se dividía en tres partes y en ella se sitúan algunos de los referentes de la exposición: la reproducción de un telescopio, uno de los primeros coches de la historia o un gigantesco ordenador. También en esta sala está el símbolo que ha quedado del pabellón: el avión triplano del Barón Rojo, calcinado por el fuego. Un fuego que no sólo acabó con un edificio; acabó también con "una reflexión sobre el significado y las consecuencias de quinientos años de descubrimientos".

www.diariodesevilla.com










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