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«Memorias de un hombre entrañable» ... A Pedro Rivera en el recuerdo. Mariano López Montes


Si porque, aunque hoy te hayas ido, creo que merecías este, para mí, bonito y sentido recuerdo de un hombre que como otros muchos jamás ha tenido ni un somero homenaje o consideración pese a haber pasado parte de su vida con la mejor predisposición de servicio a las Cofradías. Que en muchas ocasiones son faltas de memoria para esta gente sencilla de a pie o de infantería, en términos castrenses, y que ensalza y elucubra a “Esos tenores Huecos” que describía Machado.

Pedro Rivera fue un soldado de a pie, sin graduación ni títulos propios o reinventados y que sirvió a su manera de entender una realidad vivida como propia en el a veces bélico, pacifista o simplemente desinteresado mundo de las cofradías.

La ilusión nunca debe de equipararse al poder y la fantasía con la realidad, los sueños son casi siempre destellos imaginarios del alma y para Pedro hombre de pequeña estatura los sueños, la ilusión y la fantasía siempre estuvieron centradas en el mundo de las cofradías. Esa ilusión de ser sin ser, de sentir desde su interior, sin concesiones a la galería como tanto se estila en la actualidad, convertían a Pedro Rivera en un hombre en “el buen sentido de la palabra bueno”.

Un íntimo amigo acaba de comentarme que se siente muy abatido cuando muere alguien que caminó contigo durante el sendero de la vida, sobre todo porque el reloj de la existencia marca su ritmo constante al fin. Ese fin que tiene día y hora que no conocemos y que cuando llega tiene su proyección social y divulgativa en aquellos recuadros más o menos grandes con cruces y a veces títulos rimbombantes más o menos verdaderos que salen en las últimas páginas del periódico sevillano de las tres letras.

A Pedro nunca lo recordaremos como aquel hombre que vimos anunciado en esa esquela más o menos costeada porque los recuerdos nunca nos conducen a la frialdad inerte de la muerte sino a la cálida efervescencia de la vida. El siempre estará a nuestro lado con los límites que otorga la memoria, como aquel hombre que con espíritu quijotesco deshacía entuertos, luchaba contra gigantes y no molinos, en aquel mundo o mundillo que elegiste y recreaste para ti como son las cofradías.

Paseante interpretito de una ínsula tan querida para ti que flaquearan una parte de tus amores como aquella bella y lozana doncella llamada Lucia en Santa Catalina, aquella otra que se llama Piedad, que muchos la llaman de Santa Marina y ahora duerme en Bustos Tavera y la Tercera en la que te conocí y caminé contigo un tramo importante de mi vida, tu Virgen y mi Virgen de Los Dolores de la Cofradía Servitas.

Tú, Pedro, aunque con unos años más, has formado parte de nuestra juventud de ese mundo costalero que nos apasionaba y que siempre, opino, que fue un referente en nuestras vidas, aunque se exteriorizara y fuera realidad cada Sábado Santo.

Soñador imposible de un mundo de martillos y salidas difíciles con maniobras arriesgadas que vivías año tras año impulsada por el deseo y la fantasía de ser, aunque no se fuera. A veces las ideas las ilusiones y los deseos tienen la fuerza de volar para convertirse quizás en una parte de una realidad deseada.

Siempre te recordaremos año tras año, sobre todo los más viejos en el oficio, cada Sábado Santo con tu traje y tu corbata negra gesticulando con tus manos inquietas el transcurrir de tu Virgen de Los Dolores. Para mí y para muchos de los que vivíamos esos momentos guardaremos con el cariño que siempre te has merecido esos momentos del recorrido que te metías con nosotros debajo del paso y bajabas y subías la Cruz del portentoso Misterio, no necesitando escaleras como dice la ya popular saeta para subir a La Cruz.

Las realidades desaparecen y los sueños se desvanecen, con el olvido que traen los años. Solo los recuerdos, nuestro cariño y el sentimiento son capaces de devolver a la vida aquellos trozos de nuestra existencia que más nos marcaron y tú, Pedro, sigues desde hoy viviendo en ese sueño eterno apegado a esa Cruz que siempre te acompañó y que en la inmensidad de los tiempos seguirá cobrando vida a los pies de una Dolorosa que acuna el cuerpo inerte de su hijo junto a la Torre Mudéjar de San Marcos.

 

Fotos: Mariano López Montes










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