Balcón de mi adolescencia. Antonio Sánchez Carrasco
Balcón de mi adolescencia,
balcón de todo lo que yo he sido
sólo tu altura quedó.
.jpg)
Aquellos versos de Rafael Montesinos siempre me parecieron el perfecto ejemplo del paso del tiempo, y más en esta Ciudad en la que el escenario es tan impresionante que aún nos hace más efímeros a los sevillanos.
El tiempo pasa por cada uno de los rincones de nuestra memoria y los actualiza sin desprenderse de la actualidad y la inmortalidad que tiene cada parte de Sevilla.
Así nos adentramos en la semana que terminaba en el tercer domingo de adviento, de esa espera para que nazca el Gran Poder, en esa inaudita eternidad que tenemos en nuestras calles, del nacer y morir bajo la cruz de nuestros días en tan poco espacio de tiempo y lugares, mientras nuestra vida se va difuminando como una nube de incienso que se dispersa en los laterales de los respiraderos de nuestra existencia, y nuestra Ciudad continua etérea impertérrita, casi sin mirarnos.
Volvieron los días de la patrona de España, aquella Virgen que Pacheco vistió de celeste y blanco y esos días en los que la Ciudad va tomando esa luz que acoge a los días más bellos del año. Porque si la Semana Santa son los días más hermosos, y la Feria los más alegres, la Navidad los más bellos, esos días en los que es más fácil ser buena gente.
Esos días que huelen a matalahúga, a aguardiente de Rigo y a besos de abuelos. Días de nacimientos que empiezan a crecer y a adornos navideños más propios de Star Trek que de Belén y es que parece que la iluminación navideña va por el siglo XXII, mientras los horarios y recorridos cofrades siguen en el XVIII. Pero no voy a seguir por ese sendero que lleva al castillo de Herodes Antipas, mejor al que lleva a Belén. Y si los besamanos del día de la Pura y hasta la vuelta de los tunos, con mascarilla eso sí, nos fueron devolviendo al sendero que pisábamos en 2019, la obra en San Pedro nos trajo para aquellos que fotografiamos la hermosísima imagen de Madre de Dios de la Palma en besamanos venerativo, toma término nuevo, con el Cristo de Burgos detrás y con unas luces que te enganchaban y que con la luz natural que entraba de la calle te obligaban a fotografiar.
Sevilla se abre al paso del tiempo y a la llegada de los días hermosos. Una semana que termina en Esperanza, en ese rincón de verde donde todo es posible. En ese momento en el que podemos ver el final de lo malo, aunque no haya terminado. Se va el tiempo y vuelve, siempre se va y vuelve y el escenario, la Ciudad, Sevilla, permanece. Siempre permanece como aquel balcón de Montesinos.
#LosLunesalSol
Foto: Antonio Sánchez Carrasco.