'La tarta’’ del Señor del Poder. Moisés Viretti Fernández
Acercándonos al ecuador de esta ansiada cuaresma, cargada de actos y cultos cofrades, los via crucis de nuestra mariana ciudad, hacen eco de su presencia haciendo manifestación de fe en Cristo, una fé marcada en este caso, por la trayectoria de la vía dolorosa hacia el monte la calavera y terminando en el sepulcro, aunque algunos, prefieren tener la decimoquinta estación de la resurrección.
Creyentes y curiosos salen a contemplar tan venerables, magníficos y hasta me atrevería a decir, organizados cultos externos a la perfección; todos esperan un paso, una sagrada imagen en la calle tras dos años sin verlas, y aunque las glorias ya hicieron eco de su maravillosa posición en septiembre al igual que otras extraordinarias, me inclino más por aquellos que parecen ser olvidados e incluso ignorados por muchos.
Sin irnos más lejos, el pasado viernes, cuando la primera borrasca ultimaba sus últimas lluvias en nuestra localidad, más que algún vía crucis de barrio se pensaba más de dos veces hacer su culto externo, y en este caso me refiero al de la hermandad de la Anunciación de Juan XXIII.
Las campanas de la torre marcaron las ocho y cuarto y el Señor del Poder se disponía a salir; publico, muy poco... ¡poquísimo!, apenas nadie, pero lo justo y necesario; su estandarte como santo y seña abriendo paso, aquellos hermanos que pudieron acudir, y para más ejemplo, personas muy mayores y jóvenes de corta edad (niños), su junta de gobierno al frente, y el delegado de glorias a la diestra del Hermano Mayor.
Vasallo con sus ‘’vasallos’’ eran el caminar de Dios en una noche fría y húmeda, donde la voz de la catequista rompía el silencio con la lectura de las estaciones; la música sacra a son de capilla hacía más recogido cada alma humana que acompañaba a la sagrada imagen, y los cirios entre los naranjos de sus andas, incitaban a rezar al verdadero compás del mover de su túnica morada. Muchas casas cerradas al igual que sus ventanas cuando el Dios del Poder pasaba, pero el aura de los pocos que allí se encontraban ofrecían un ecosistema divino, sobrenatural... algo que a los que se lo encontraban por causalidad, quedaban perplejos, admirados, como si quedaran en paz.
Podíamos contar fácil el público y el cortejo, la muchedumbre no reinaba, pero si la fuerza y el poder de una verdadera religión, de una verdadera creencia, de unas verdaderas almas... lástima decían algunos de la poca gente que participó, sin embargo, y en verdad os digo, que aquel vía crucis fue para mí como la tarta de un bendito y precioso cumpleaños: ‘’quien no venga, él se lo pierde, porque el entrega su cuerpo y su sangre para la salvación del mundo, y si la tarta es grande, y éramos pocos, cabremos a pedazo mayor del pastel ...’’
Foto: Arte Sacro.