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“Al Señor Pilatos siempre le ha gustado la Semana Santa”. Mariano López Montes


Todos aquellos que tenemos la suerte o la desgracia, según se mire, de vagar por ese desierto calcinante y sin dunas de esta Sevilla estival en la que los autóctonos sevillanos han emigrado a los mares cercanos o a esas sierras que, a modo del Atlas, aunque estén muy lejos de África, de siempre han dado el avío, sobre todo si se va uno a la casa de un familiar ... que es su primo. En su lugar han tomado la ciudad caravanas de turistas sin rumbo que buscan al doblar cualquier esquina el espejismo de la ilusión de encontrar al sevillano típico y tópico que le han vendido en su agencia de viajes y en esas guías que escribieron otros guiris de gitanas, flamenquitos, bandoleros y algún torero que otro que sería el premio gordo.

En estos días que para el sevillano que aquí se queda, se puede hacer fácilmente un maravilloso trabajo de campo sobre el folklore, la etnología, las identidades, incluso del poder del vestido regional de cada región y etnia, con la salvedad que en estos días el calor o la calor como aquí se dice ha igualado a todos por igual con aquel uniforme o atavió  muy ligero, sus gafas de sol, la camiseta y la botella de Fontbella, la gorrita o pamela para aliviar la cabeza y sobre todo las calvas que son sensibles sobre todo a la hora de pensar.

Antiguamente las cámaras fotográficas disparaban más que en la batalla de Leningrado, pero en la actualidad se utiliza como armamento ligero los móviles, haciendo instantáneas a todo lo que se menea como suelen hacer los buenos frikis de cofradía desde que sale el primer nazareno.

Lo más normal es que el sufrido guiri, que ha tomado ese color rojizo y ardiente del marisco recién cocido de Casa Emilio, no se entere de nada o casi nada, ayudados por esas leyendas, trolas y medio trolas que sus directores espirituales en sevillania les cuentan apasionadamente y que al final suele arrancarle una ligera sonrisa al saber, a través de sus consagrados maestros, lo muy raritos y rocambolescos que somos por aquí abajo.

Esta mañana sin ir más lejos en el tiempo, en La Glorieta de Bécquer del Parque de María Luisa, una enjuta guía con paraguas al estilo de Mary Poppins explicaba a un grupo de impávidas sudamericanas el significado del monumento y enfatizaba con total convencimiento que aquí el Señor Gustavo Adolfo era el patrono y benefactor de los enamorados y a las tres mujeres que había justo en el suelo al lado de las raíces eran las mujeres enamoradas de Sevilla y aquí era costumbre que las novias después del casorio les llevaran los ramos de flores para que mi antepasado, El Santo Becqueriano, les diera la felicidad y el amor eterno. He de suponer que tras tan magistral y exótica aseveración el otro Santo que lleva la misma representación y se llama Valentín estará en las colas del famoso paro en demanda de empleo y el 14 de febrero El Corte Inglés, las joyerías, perfumerías, floristerías y demás parientes y afectos dejarán de hacer su agosto.

Es una anécdota no de todos conocida, las doctas notas de divulgación histórica que han hecho a menudo los cocheros de coche de caballos al transitar con sus cuadrigas a la sevillana manera por el grandioso Palacio de Los Medinaceli, conocido por todos como “La Casa de Pilatos”. Un foro pequeño de hasta cuatro invitados reciben las cortas y a la vez ilustradas afirmaciones del cochero con cara de entender muy poco y el cuello girando hacia arriba, hacia la izquierda o la derecha según las explicaciones que le ofrece su improvisado profesor. Una melodía surge del pavimento parecida al choque acompasado de dos cocos de feria interpretado por el gracioso de turno, un olor penetrante que nada tiene que ver con el incienso o el azahar emana de vez en cuando, muy relacionada con el tracto intestinal del equino. Bueno, acompañando a la partitura musical y olfativa interpretada con las notas musicales del “sooo” y el “arreee”, el guía y conductor de las nuevas experiencias culturales y folclóricas exclama tajante: “Oiga Míster!!, ahí está La Casa de Pilatos. Que es donde viene todos los años Pilatos en Semana Santa para ver las cofradías que le gustan mucho”. Total, uno satisfecho y los guiris convencidos de que saben ya algo más de esa ciudad idealizada que es Sevilla, aunque su historia sea muy distinta de la que conocemos los sevillanos.

Bueno no todo es mentira porque Pilatos pasa ya de noche cada Martes Santo, pero antes de quedarse en casa prefiere seguir a tomarse unas cervecitas en el Bar Jota, que después del calor de la tarde y la caminata, es lo que pega.

Maravilloso el artilugio inventado por un industrial de la tierra compuesto por tres trajes de flamenca o faralaes para mujeres y uno con cierto aire campero y ganadero andaluz para el caballero. Una vez más se demuestra la diferenciación de valores sexo genero por el atuendo como criticarían alguna que otra feminista. Total, que por poco más de un euro los guiris paseantes con caras congestionadas por el sol, tienen la genial experiencia de convertirse, aunque sea por poco tiempo, en un sevillano de verdad flamenco y como Dios o Buda, si es oriental, manda. El milagro inmediato se produce cuando asoman sus cabezotas por el cuello y el caballero se pone el sombrero de ala ancha. Sonríen y exclaman con sorpresa:  ¡Oh my God! o  ¡Surprendre! según se sea anglófilo o francófono , ya que si ahora somos unos sevillanos auténticos como los que veníamos buscando y no aparecían.

De esta forma tan sencilla y a la vez barata puede recrearse la imaginación y convertirse en sevillano feriante empedernido, pudiendo invitar a los amigos y compromisos a su exclusiva caseta a tomar “unos pescaditos” regados con “unos rebujitos” en su caseta de Pascual Marquez cincuenta y tantos o la otra de mi cuñao que está en Joselito El Gallo noventa y pico, donde solo asisten “gente guapa” y además tenemos un portero campeón de Taekwondo en su barrio, que nos mantiene a raya a los macarras, a los frikis y a los que tienen el entendimiento confundido por eso de la priva.

Del mismo modo si se es más romero puede hacer el camino como un rociero de postín que cruza las benditas arenas de la raya en su jaca torda cerca del Palacio del Rey.

 

Fotos: Archivo de Mariano López Montes










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