Arte Sacro
  • Noticias de Sevilla en Tiempo Ordinario
  • miércoles, 10 de junio de 2026
  • faltan 284 días para el Domingo de Ramos

Adiós, PADRE. Antonio Gila Bohórquez.


 Y decían que por el arrabal se movía dulcemente la agonía del Prelado de un Santo Padre, que sin negarlo ni evidenciarlo, era el elegido de Dios en la Tierra, para comandar un barrio pobre, un barrio de pobres, un barrio de modestia sin fin y caridad por doquier.

No era igual a los demás. Su tinte negro diario, y sus ganas de luchar por un mundo injusto, eran dos puntos notables, y por qué no, sobresalientes, de un Reverendo que se asomaba a la esquinita estrecha de la Calle Santo Rey, para recibir, como buen sacerdote, al Prelado de todo un Barrio. Él era Prelado, e hizo Prelado al Barrio de San Bernardo.

La lejana voz de la periferia sevillana no era más que un alarde de palabras que voloteaban en sentido estricto, por la atmósfera de sus vecinos. San Bernardo, se reconocía suave y delicado en sus amaneceres, mientras que sus atardeceres, eran rugosos y cálidos. No había esfera igual a San Bernardo. Era un barrio por ser barrio, era la casa de muchos y el sueño de otros. La bienaventuranza que se asomaba al puente sin río y escribía en los anales de la historia: soy de Sevilla y soy de San Bernardo.

Ése era el lema que por bandera, llevaba aquel Párroco que dormía a los pies de una Salud, refugiada en el angosto dolor de su Madre. Ésa era la cercanía de una mirada a veces perdida en sus ojos, que al dar la comunión, te decía sin cesar: soy de San Bernardo. Aquel Párroco era, sin lugar a dudas, el confesor de sus vecinos. Historias, anécdotas, y numerosísimas muestras de afectos han pasado por los oídos que ahora yacen sobre el Paño de Ánimas de una Hermandad creciente.

Decorados eran sus ropajes, nunca perdiendo la línea clásica de un gran Padre que buscaba en sus hijos feligreses, la confianza para ser aún más Padre que el día anterior. Negro, largo, silencioso, y finamente planchado, era lo que envolvía la vida de aquel Prelado de San Bernardo.

Cada día era perfecto en el cerco que concentraba su presencia. Ordenado, pulcro, absolutamente inmerso en sus asuntos parroquiales, y siempre, y digo, siempre, guardando un silencio sepulcral para la soledad de la vieja Parroquia.  Paseaba, y con el devenir del tiempo, su figura, algo demacrada, seguía paseando. No se cansaba, no se agotaba. Quería seguir recibiendo la bendición de un Dios dormido hasta que su cuerpo dijera basta.

Y así fue. El tentáculo de la muerte vencida, no se lo llevó. Sino que fue el báculo que tantas veces sacó en Estación de Penitencia, el que brilló en la mañana del quince de Noviembre, para que durante la Función al Patrocinio de María, nos anunciara otra Buena Nueva. Que otro Santo, subió al Reino de los Cielos. Pero esta vez, no iría de blanco, con áurea celestial y rayos soleados. Sino de negro y morado, con su sotana bien puesta, y una cabeza que mirando al frente, evoca el más sentido pensamiento de un cristiano: Soy de Dios, y a Dios me entrego.

Nos dejó corporalmente un buen Padre y Prelado. Un magnífico sacerdote y mejor persona. Nos dejó un Hermano cuya medalla era el Sacramento de los muchos que fuimos bautizados por sus manos. Nos dejó el amante de un barrio entristecido ahora con cánticos fúnebres desde su campanario. Nos ha dejado, una sonrisa incansable que era el apoyo de muchos deprimidos. Pero es ahora, cuando nos toca demostrar lo que hemos aprendido de aquel que murió diciendo SOY DE SAN BERNARDO.

Adiós Hermano. Adiós Don José

Foto: Alberto García Acevedo









Utilizamos cookies para realizar medición de la navegación de los usuarios. Si continuas navegando, consideramos que aceptas su uso.