Puerta Osario. Margot. Álvaro Pastor Torres.
Como dejó escrito Antonio Núñez de Herrera la Semana Santa pasada pertenece ya “a la Historia, es decir, al recuerdo, y toda memoria se va, desaparece”. Por ello, y aunque mañana es la dominica in albis – cabo del año en que los hermanos de la Archicofradía Sacramental del Sagrario acercan a su Titular con gran pompa y boato a los enfermos e impedidos de la collación-, viene bien mirarlo al contrario, no lo poco que ha transcurrido desde que se cerraron las puertas de San Lorenzo para dejarlo todo en la más tremenda soledad, sino lo que tiene que pasar para que vuelva a ser domingo de Ramos blanco: 372 días con sus noches. O 53 semanas y un día, que parece una condena.
Por ello, antes de que la memoria flaquee, vamos a hacer somero balance de esa Semana Santa que ya amarillea en los programas arrugados que aún yacen encima de alguna mesa y hasta dormitan en los reportajes gráficos colgados por la red.
De palabritas vacuas, buenas intenciones y promesas electorales incumplidas están las hemerotecas y los infiernos llenos. Pero el fenómeno de las sillitas ha ido alarmantemente a más ante la pasividad de las autoridades que prometieron ponerle coto; en cambio mano dura con los carritos de los niños en la carrera oficial, y relajación absoluta con aquellos –y aquellas- que asientan sus reales en el sitio que les da la real gana y se niegan a moverse pase lo que pase. La cosa pinta mal y el día que pase algo –Dios no lo quiera- será el llanto y el rechinar de dientes. La calle no es de Fraga pero tampoco del que primero pone su silla de los chinos, de director o de camping-playa.
Y vamos con las novelerías, que para ello los sevillanos nos pintamos solos. Bajan enteros en el ibex músico-cofradiero las marchas clásicas, léase Soleá dame la mano o Virgen del Valle, una auténtica pena, y sube como la espuma la instrumentación para banda de Margot, el drama lírico compuesto por Joaquín Turina. Y más concretamente la música del segundo cuadro del segundo acto, cuando el sevillanito José Manuel, mientras espera el paso de una cofradía, se encuentra un Jueves Santo de repente con Margot, la cabaretera francesa que conoció en Paris, mientras su novia-de toda- la-vida, Amparito, se arranca a cantar una saeta. Vamos, un ramón casposo en toda regla.
La otra novedad es la tiranía del diseño. Cuando la Semana Santa es la acumulación secular de elementos que al final terminan casando, ahora nos quieren vender que lo moderno y el futuro pasa por el diseño total… pero el del Ikea cofrade, no el de Juan Manuel. Otro dramón.
Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado, 10-IV-2010
Foto: Álvaro Pastor Torres.
