Arte Sacro
  • Noticias de Sevilla en el Mes del Carmelo
  • domingo, 26 de julio de 2026
  • faltan 238 días para el Domingo de Ramos

Calles que hablan: Recaredo-María Auxiliadora. Álvaro Pastor Torres


 Tres puertas de la vieja muralla (Carmona, Osario y Sol); otros tantos conventos (San Agustín, El Valle y Santas Justa y Rufina, vulgo la Trinidad); una parroquia (San Roque); una capilla con hospitalito para negros (Nuestra Señora de los Ángeles); la Real Fábrica del Salitre, con el que se fabricaba la pólvora; un ambulatorio de arquitectura racionalista donde hasta no hace mucho tiempo el personal llevaba las muestras de orina para los análisis en botellines de La Cruz del Campo sellados con un tapón de corcho y plástico tomado de una botella jerezana de fino; el laboratorio

 municipal, con perrera incluida en la que estaba la siniestra cámara metálica donde se gaseaban muchos chuchos callejeros; el arroyo Tagarete, que antes de su entubamiento corría casi paralelo a la muralla y que tantos disgustos dio con sus avenidas; un mercado de ganado vacuno y porcino conocido como el perneo (trasladado desde la céntrica plaza de Ponce de León), y hasta un cine con nombre poco políticamente correcto en la actualidad, El Alcázar, que ha terminado convertido en un supermercado de nombre ilegible para un latino, y cuyo último lleno hasta los agujeros de la sala de proyección como recinto cinematográfico fue para ver en diferido (cuando en España sólo había dos cadenas de televisión) un Barcelona-Betis en el que el glorioso esquipo de las trece barras derrotó por goleada a los culés en el mismísimo Nou Camp. Todo ello, y mucho más (un hospital militar para enfermos de cólera en el desamortizado cenobio trinitario, un casino para la instrucción de la clase obrera llamado El Hispalense, un mostrador de mármol sobre el que doña Lola despachaba los mejores pedacitos de toda Sevilla en la freiduría Nuevo, la raída sotana de don Ricaldone, uno de los primeros salesianos que arribó a la Trinidad o las futuras promociones de maestros que iban al edificio de la Escuela Normal de Magisterio para sacarse su carrerita) conocí yo en esta vieja ronda.

Tiempo ha –mucho tiempo ha, vamos, hace siglos- estos mis predios fueron lugares tremendamente peligrosos, plagados de ladrones y contrabandistas que intentaban  eludir las casetas de impuestos a las puertas de la ciudad haciendo agujeros en las casas adosadas a ambos lados de la muralla. Por esa inseguridad la Hermandad del Gran Poder recogió sus bártulos del convento del Valle y emigró a la calle Sierpes. Antes había estado en Santiago de la Espada, al final de San Vicente, o sea, a Vicentillo, pero salieron pitando también de allí por culpa de los muy estirados frailes santiaguistas; hay que ver lo que siempre hizo al ego una venera roja bordada en el pecho, y si no que se lo pregunten a Diego Velázquez.

 Pero dos días al año, en verano, esto se ponía muy concurrido. Primero el 17 de julio, festividad de Santas Justa y Rufina, cuando riadas humanas venían a beber el agua del pozo que mana en las sagradas cárceles donde según la tradición estuvieron presas las hermanas trianeras tras su arrebato iconoclasta contra la imagen de la diosa Salambó. El otro día era justamente hoy, festividad de Nuestra Señora de los Ángeles, la virgen de los negros de Sevilla desde el siglo XVI, cuyo hospital fundó en 1400 con la advocación de la Virgen de los Reyes el cardenal don Gonzalo de Mena, antes de que la peste se lo llevara al jardín, que diría El Beni. Eruditos y arqueólogos han buscado bajo mis entrañas el anfiteatro de Sevilla. La añeja toponimia no puede mentir: degolladero de los cristianos, prado de Santa Justa –la pobre Rufina, que pasó las mismas penas que su hermana y sufrió las mismas putadas por parte de sus paganos torturadores romanos se quedó sin rótulo y sin estación de tren-, o campo de los mártires. Unos dicen que puede estar enterrado bajo el jardín del Valle –donde jugaban las niñas bien de Sevilla cuando aquello era colegio chic al cargo de las hermanas del Sagrado Corazón-, de ahí el extraño giro que hace la muralla donde hoy dan sus primeras carreras los más pequeños del barrio, entre muros de tapial con torreones almenados. Otros apuntan que puede estar bajo los pisos de Pinillos, una peculiar manzana en la que convivían vecinos y talleres.

El Tagarete, con su cauce salobre y a veces trágicamente desbordado, y también los muladares y escombreras que jalonaban buena parte de mi perímetro, hicieron el lugar de lo más insalubre. Por ello siempre fue barrio de gente popular, pero también brava, como lo demostraron en el motín que se originó por la venta de unos cuadros de Murillo que estaban en el convento de San Agustín o con la destitución del cardenal Ilundain como hermano mayor de la cofradía de los negritos, en virtud de unas normas que el mismo prelado había dado, lo que le costó a la corporación una gestora –al no aceptar el purpurado un hermano mayor republicano-, pero quizá también la salvaguarda de sus imágenes la trágica noche el 18 de julio del 36 en la que de la parroquia de San Roque sólo quedaron las paredes.

______________________________

NOMENCLÁTOR

 Recaredo: Desde 1665 es conocida como Ancha de San Roque. En 1859 se rotuló con el  nombre del rey visigodo que se convirtió al cristianismo. Aunque con “La Gloriosa” (1868) se afinó más y se llamó Ronda de Recaredo, pervivió siempre el título abreviado.

María Auxiliadora: sus extremos se denominaron desde la Edad Media con los nombres de las cercanas puertas de la muralla: Osario y Sol. En 1863 recibió el nombre de calle de la Revolera, y un lustro después, ya como paseo arbolado, pasó a llamarle Arrebolera. Desde 1917 hasta la actualidad –salvo en la II República que volvió a su nombre decimonónico- es conocida como María Auxiliadora, por la titular del templo salesiano.

VECINOS FAMOSOS

 

Pedro Salinas: el poeta y ensayista español vivió un tiempo en la calle María Auxiliadora, justo frente al jardín del Valle, durante su estancia en la ciudad como catedrático de Lengua y Literatura española, donde impartía clases en preparatorio de Derecho –allí tuvo como alumno a Luis Cernuda- y Filosofía y Letras.

Salvador José de la Cruz: esclavo “de color” que llegó a Sevilla “ya mayor” y fue bautizado en la parroquia de Santa Cruz. Hombre piadoso, fervoroso y muy caritativo, gozó por igual de la simpatía y favores del alto clero (en especial del cardenal Solís), la nobleza y el pueblo llano. Durante más de tres décadas ocupó los cargos de mayordomo y capiller en la hermandad de los negros. Murió el 10 de febrero de 1765 a los 116 años en un cuarto paredaño a la capilla de los Ángeles.

Publicado en el Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, Lunes 2-VIII-2010

Fotos: Álvaro Pastor Torres.









Utilizamos cookies para realizar medición de la navegación de los usuarios. Si continuas navegando, consideramos que aceptas su uso.