Puerta Osario: "Tragedia". Álvaro Pastor Torres
Carlos Costero Izquierdo –más conocido entre sus muchas amistades como “Carlitos Manigueta”, por su afición a ir siempre en las procesiones pegado a los pasos, y entre sus no pocos detractores con el críptico apodo de “Alfileritos blanditos”- salió de su casa la otra mañana muy temprano con el café bebido y la cabeza plastificada de gomina, tras haber dado un rápido repaso a los portales semansanteros, con especial detenimiento en el blog “Alcantarilla Kofrade”, donde leyó con regocijo los comentarios generados por una entrada explosiva que había colgado la noche anterior bajo el anonimato del nick “mamá_ni_trabajo_ni_estudio_sólo_semana_santa”.
Calzaba alpargatas de loneta a juego con la correa y un polo verde esperanza del cocodrilo, comprado en el Charco de la Pava y más falso que la palabra de un político en campaña electoral. Bajo el brazo llevaba la carpeta, forrada con un collage de imágenes variopintas de la Semana Santa donde se apiñaban desde añejas fotos en sepia con los titulares de varias cofradías de postín hasta detalles mínimos e indescifrables de orfebrería o talla, que harían las delicias de los participantes en un concurso televisivo de cultura cofrade.
Camino del instituto recibió un toque (telefónico) de su buen amigo Pepe Ciriales y en el silencio de la amanecida irrumpieron con saña desde el último modelo de iPhone 4 los compases de una marcha para cornetas y tambores que había compuesto otro conocido común con el sugestivo título de “Tus dolores son mis penas siempre que no me pises porque llevo chanclas”. (Su padre, al que consideraba un carrozón, llevaba como melodía en el móvil “Coronación de la Macarena”, y su madre, a la que adoraba, el “No me mires” de Mecano). Era la señal convenida para saltarse ese día las tres primeras clases ya que debían acudir a casa de Luisito Guarda Brisas para vestirle una virgencita de dos cuartas de altura –a medio camino entre la geyperwoman y la muñeca de comunión- comprada en “La Casa del Horror Cofrade” con el dinero que le había ido dando mensualmente su tía Pepita, solterona sin convenio ni alivio.
Entre encajitos y fruncidos pronto se le escapó el rumor que le tenía quitado el sueño: el arzobispado se estaba planteando muy seriamente limitar el número de procesiones “extraordinarias”. (Y su madre creía que los suspiros se debían a que estaba queriendo otra vez, o quizás al inicio de los exámenes en el instituto, donde el profesor de Filosofía, hippilón, malhablado y poco dado al jabón, ya le había puesto los puntos sobre las íes en más de una ocasión. Et illa mater in Arcadia erat).
Publicado en EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla, Sábado 16-X-2010
