El hombre que esculpió a Dios. Catarsis colectiva en el Hospital de la Caridad. Antonio Puente Mayor
Desde el fallecimiento de Jean-Baptiste Poquelin en febrero de 1673, pocas veces se ha producido una simbiosis tan amarga entre actores y público más allá de la cuarta pared. El gran Molière, además de comediógrafo y humorista, ejercía de actor en aquella trágica velada parisina que ha quedado para la historia, no tanto por su repentina desaparición como por el amarillo de su atuendo. En nuestro caso, las aguas del Sena mudaron en otro testigo de excepción, el río Guadalquivir, para servir de espejo a una de las funciones más tristes que recuerda Sevilla. Y es que el primer fin de semana de marzo de 2016 pasará a los anales como aquel en que la ficción y la realidad se dieron la mano para forjar una nueva leyenda: Fernando Carrasco.
«El hombre que esculpió a Dios» es la historia de alguien que, sin buscar intencionadamente la Gloria, supo alcanzarla plenamente con las únicas armas del talento y la fe. Primer paralelismo. Juan de Mesa y Velasco —delicadamente interpretado por Juan Collantes—, vive a la sombra de Martínez Montañés, ese dios de la madera cuya fama desmedida logra eclipsarlo todo; incluso a sí mismo y a los que lo rodean. Un personaje «de campanillas» al que pone voz y rostro Pedro G. Mendoza, en un absoluto derroche de fuerza escénica. En medio, la exquisita melodía de María Flores, la abnegada esposa de Juan de Mesa, ejecutada con dulzura y profundidad por Candela Cruz —uno de los hitos del espectáculo— cuya tragedia personal llega a conmover al espectador. Segundo paralelismo. Y como colofón, la luz de Francisco de Asís Gamazo, hilo conductor de la historia que, bajo la batuta de Mario Boraita, se convierte en el depositario del mensaje. ¡Menudo mensaje! Tercer y último paralelismo.
Y es que más allá de disputas entre artistas del Siglo de Oro, de fábrica de envidias o de conversaciones entre lo divino y lo humano, «El hombre que esculpió a Dios» es un certero retrato de la futilidad, inteligentemente dirigido por Gustavo García Mendoza, y ejecutado por todo el equipo de La Contenida con la precisión de un reloj suizo. Quizás por eso no exista lugar mejor donde llevarlo a escena que el Hospital de la Santa Caridad, ese rincón repleto de historia donde el mito de Mañara se combina con el sabio postulado de Valdés Leal.
Triste futilidad que nos recuerda, como la propia Cuaresma, nuestras frágiles hechuras de polvo. Tristes paralelismos, donde el autor habla por boca del protagonista y su compañera sufre en silencio la extinción de la llama, inexorable y repentina, con la rúbrica del aprendiz/espectador.
Si el teatro es el arte de fingir, desde el pasado 4 de marzo esta función dejó de ser teatro. Nada impresiona más que ver y sentir al Gran Poder durante ochenta intensos minutos sin tenerlo delante. Bueno, sí. El percibir como el público, puesto en pie, aplaude sin cesar a unos actores con los ojos anegados en lágrimas.
Antonio Puente Mayor