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Jesús Resucitado nos regala la Iglesia. Mons. José Manuel Lorca Planes, Obispo de Teruel y de Albarracín


Acabamos de terminar la Semana Santa y todavía están las imágenes vivas en nuestra retina de la sangre del Cordero que quitó el pecado del mundo. Lo admirable es que en todos los años hemos sido testigos del dolor de la Pasión y Cruz del Señor, aceptada en gozosa serenidad. El primer dato de la vida pre-pascual de Jesús es su gozosa serenidad. ¿Cual es la clave de esta serenidad habitual y gozosa del Señor? Pues que Jesús, el Mesías, el Hijo del Hombre, tiene una experiencia singular de Dios como Padre, que le marca y le centra. Está anclado en el Padre; vive y siente a Dios como Padre que le acoge a El y a todos. Esta experiencia es fuente de gozo y esperanza. Y esta misma experiencias tan fuerte que el mismo encuentro de la gente con Jesús es fuente de gozo (Samaritana, Natanael, Felipe, la hemorroisa,...). El estado habitual de los seguidores de Jesús es el de sincera alegría, humildad, serenidad. Lo que en verdad son escasos son los auténticos seguidores de Jesús. Es hora de preguntarse si nosotros vivimos esa serena felicidad o los agobios y las prisas nos llevan a la intransigencia.

La Resurrección de Jesús es la piedra angular de la fe cristiana: "Si Cristo no hubiera resucitado, sería vana nuestra predicación, sería vana nuestra fe...", dice San Pablo (1Cor 15,14). Esto constituye el anuncio fundamental de la tradición apostólica: "Os transmito lo que a mi vez he recibido, que Cristo ha muerto por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que ha Resucitado al tercer día, según las Escrituras..." (1Cor 15,3-4). La esencia misma de toda su misión apostólica radica en ser testigos de la Resurrección (Cfr. Ac 1,21).Anuncian la Resurrección de Jesucristo, no porque la conocen de oídas, sino porque han sido testigos y por esto se sienten empujados a hablar por un impulso interno: ¡Ay de ellos si no anuncian el Evangelio! (Cfr. 1Cor 9,16). Estad atentos, porque nos vendrá bien oír esto para salir de nuestras desganas y apatías. El encuentro con Cristo resucitado no se puede callar, hace surgir el anuncio, provoca la evangelización. Por eso, la acción evangelizadora hacia otros arranca siempre de la experiencia personal de la salvación de Jesucristo vivida por los mismos creyentes en el seno de la comunidad cristiana. El cristiano de hoy debe ser intrépido y valiente, pero también debe ser, modesto, dulce, amable en su relación con los otros, sincero para decir a cada uno lo que se le debe decir. Pablo nos da ejemplo de coraje para hablar cuando nos declara que él no se ha acobardado nunca de decir lo que debía (Ac 20,20). El sentido de “no acobardarse” se entiende así: que nunca ha disimulado, que no ha tenido miedo a los inconvenientes que pueden resultar de hablar con mucha sinceridad.

La Iglesia se reconoce fundada por el Señor Resucitado y no nació por el impulso interior de un movimiento de la época. La Iglesia nace cuando los antiguos discípulos de Jesús se reúnen en torno a los testigos que afirman el hecho de la Resurrección, movidos por la fuerza del Espíritu Santo. Entre estos TESTIGOS destaca Pedro y el grupo de los Doce (Ac 1,21.22; 2,32; 3,15; 5,32; 10,39.42;...). Pedro con especial relevancia por el valor particular que dan a su testimonio sobre la Resurrección (1Cor 15,5). Alrededor de ellos vive la comunidad primitiva, que después de escuchar la Palabra (Ac 2,14-36; 2,41; 4,4;...) se hicieron bautizar.

Os recuerdo el documento de los Obispos españoles, Testigos del Dios Vivo, escrito en 1985, donde se nos decía el mensaje central de la predicación de la Iglesia: El mensaje que ha proclamado Jesús y continúa la Iglesia es la soberanía absoluta del Dios vivo. El está en el principio y fin de las cosas, tiene la iniciativa de la creación y de la salvación; en El está el juicio inapelable de nuestra vida y nuestras obras; no hay sobre la tierra ningún otro poder al que debamos someter nuestra vida ni del que podamos esperar la salvación. Para esta época de tanto relativismo y secularismo no viene mal traerlo a la memoria. Os bendice de corazón,

Mons. José Manuel Lorca Planes,
Obispo de Teruel y de Albarracín