El cofrade playero a estas alturas. Mariano López Montes
“…dedicado a mi amigo Joaquín Moreno Gutiérrez, que con su insistencia persuasiva ha conseguido que, al final del verano, escriba este artículo…”.
Aunque todo parezca lo mismo, no siempre es igual. Existen muchos tipos de veraneantes, como se les decía antes, que disfrutan de sus vacaciones anuales, como se les dice ahora, con ese carácter antiestrés con que se conciben actualmente.
La terapéutica playera se idealiza cuando se ve de cerca, pero en muchos casos se convierte en una pesada losa, como un mes de la antigua mili, cuando la tenemos en lo alto y, sobre todo, cuando pasan los días, la monotonía vence a lo novedoso.
Esas “mudás” diarias de sillas, sombrillas y trastos, acompañadas por esas homilías anodinas que nos ofrecen los vecinos del “campamento sombrillero” que más o menos tenemos asignado, como el orden y recorrido de nuestras cofradías que, aunque no nos guste demasiado, hay que cumplir; en este caso sin mediar Consejo ni Cecop que valga, ya que aquí “la parienta” es la que manda y en las inmediaciones tiene a sus amigas de todos los años. Además, los niños hacen una convivencia diaria con sus amiguitos de siempre, pero no como ocurre en las convivencias cofrades, donde además del pescao, el salchichón más o menos serrano, las croquetas de paquete, la cerveza y el tinto mitigan y/o anestesian una sociabilidad más o menos cordial, aunque asista gente a la que no tragamos y nos fundamos en continuos abrazos sonoros (Tradicional Sociedad Cofradiera Sevillana de bombos mutuos).
Aquí, sobre la arena playera y caliente, la única marcha que suena es el estruendo de los gritos de los niños y algún pelotazo involuntario de las dichosas pelotitas. Otro elemento a tener en cuenta son esas canciones machaconas de Spotify que escucha una y otra vez aquella muchacha adolescente que ya está en edad de merecer, que salen de esos modernos móviles, en los que nunca suena Tejera, sino un tipo o una tipa, mezcla entre meloso y epiléptico, que con sus reiterativas composiciones las tiene totalmente abducidas.

Y la masificación playera del fin de semana y otras fiestas, a veces de guardar, no es terrible a estas alturas del verano: ver gente apiñada “cual sardinas en lata”. En estos momentos nos parecen maravillosas hasta las bullas del Domingo de Ramos.
El cofrade playero, cuando el día a día, tras muchos días, ya se cansa, busca en esos paseos que justifica deportivamente. “Vamos a dar un paseíto”, “a estirar las piernas”, o a andar, que siempre viene muy bien. Sus itinerarios con horarios incluidos, como en las cofradías, y busca a otros cofrades playeros, sobre todo para huir de los parones, sabiendo por experiencia y de antemano la feligresía de arena o de chiringuito en la que suelen hacer estación estival.
Desde este momento se empiezan a despertar las habilidades y comportamientos cofrades al uso, y el hombre, claro, ya se encuentra en su hábitat preferido, que practica el resto del año: sabe que, a la altura del puesto del vigilante y socorrista playero, acampa un verdadero erudito de “la chismología cofradiera” que, en un periquete, le va a informar de todo lo que acontece en los entresijos más profundos de las cofradías. Y, a pesar del morbo que produce esta información privilegiada, sea cierta o no, siempre va adornada con cierto matiz marinero y playero relacionado con el calamar: “Esto lo sé yo de buena tinta”. Además, la información cumple el secreto profesional con la coletilla final: “Y esto te lo digo a ti, pero no se lo digas a nadie”. Por regla general, si es más de media mañana, el secreto profesional del agente secreto cofradiero ya lo saben más de doce.
Los temas reservados tienen variopintas temáticas: la gestión de las juntas, sus cambios y sus escándalos más ocultos; lo que le han hecho a tal y cual y la gente no lo sabe, etc. La estética y estilismo de algunas vírgenes, sobre todo dependiendo de la sensibilidad del discurso, etc. También la mordaz crítica al Consejo, al Cecop, a los munícipes y a los curas, como responsables de todo lo que ocurre. Y si al final a la reunión se unen más cofrades playeros, cada uno saca un método que lo soluciona todo y que se expresa con la consabida frase: “Esto lo arreglo yo solito en media hora”.
También, y no puede faltar, un tema a tratar que tiene muchas aristas: “El Deporte Sacro”, con su pléyade de aficionados, practicantes y buscadores de martillos sin que se desempeñe el oficio de carpintero.
Otro tema es el económico, sobre todo si afecta a nivel personal: “Con lo que me estoy gastando en el veraneo, y este año me tengo que hacer un traje para mí, que estoy más gordo, y para los niños, que ya me han pegado el estirón, porque a Los Quinarios, la Función Principal y al Corpus no podemos ir vestidos como unos mamarrachos; y además, a mi Enriquito y a mi Javi hay que hacerles túnicas nuevas, que con las del año pasado se les ven las canillas”.
Todo cambia cuando se introduce, o es introducido, en estos interesantísimos debates no emitidos por las televisiones locales un hermano mayor, un miembro de junta de reconocida reputación o cualquier gestor de cierta raigambre en el organigrama social cofrade. Surge casi espontáneamente, por parte del más avisado del grupo y en tono algo imperante: “¡Hombre, Hermano Mayoooor, cuánto bueno por aquí!”, a lo que normalmente acompaña el abrazo sonoro y el reflejo cérvico-lumbar, acompañado de esa sonrisa comedida y nada estridente (bisagra sacra) reservada para el protocolo de reconocimiento de la vara áurea o la ostentación de algún cargo en el escalafón cofrade.
Ahora toca poner la pasada Semana Santa patas arriba, llevar al cadalso a algunos dirigentes y la puesta en común de las iniciativas de los más atrevidos, o trepas de algún tipo de liderazgo, sobre todo si les impulsan a ese estrellato que ellos creen que existe y, además, si beneficia a su hermandad.
Otra reacción anímica ante los cofrades más machistas y algo retro: cuando ven pasar ante sus ojos, mitad lascivos y mitad inquisidores, a una chica de impresionante “palmito” y atrevida y escasa indumentaria, la reacción no se hace esperar, como buenos “viejos verdes” que son la mayoría: “¡Habéis visto cómo va! ¡Qué vergüenza! ¡Enseñándolo todo!, y después la veo compungida, vestida de nazareno con el escudo de la Hermandad, justo donde ahora luce ‘las domingas’ ”. Este es el momento justo en que salta a la palestra el milagro de la resurrección de los antepasados: “Si mi padre y mi abuelo levantaran la cabeza y vieran lo que hay que ver, se metían otra vez en el hoyo para no salir más”.
La verdad es que, como todo en la vida, llega a su fin, y ya queda muy poco para volver a lo de siempre, que también cansa. Ahora viene el periodo de reflexión de cómo dar envidia a los compañeros de trabajo y, por la tarde, a otros de los que van apareciendo por la Hermandad. “¡Qué maravilla! ¡Si hasta se me han hecho cortas este año! ¡Yo, cuando me jubile, me compro una casita en el pueblo y me llevo allí todo el año! ¡Y mis sobrinos, qué niños más cariñosos, aunque a veces no me dejaban dormir la siesta! ¡Y esas gambas y langostinos así de grandes que me he comido en un chiringuito baratísimo y casi sin gente!”.
La mente humana es muy prolífica en la idealización veraniega a posteriori del veraneo, sobre todo si llega la hora de competir coloquialmente en el bar que la Hermandad monta los viernes con fines benéficos y sin ánimo de lucro, porque mejor es vender a los demás una felicidad pasada, aunque exageremos y olvidemos los malos ratitos.
Porque lo que al buen cofrade le gusta de verdad es una nube de incienso, una marcha y una túnica bien planchá, y donde estén estas cosas, que se quite la brisa marina y “el pestorrio” del humo de las sardinas.
Fotos: Mariano López Montes