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Opinión. Una palabras muy duras. El Diputado de Cruces.


 "Acepto que los sevillanos tengan ese ansia por las hermandades, pero ser cristiano es otra cosa. No se pueden denominar creyentes si no son practicantes, y hay quien sólo pisa la iglesia cuando toca el rito de las hermandades. Eso de que la iglesia la llenan las hermandades es mentira, la llenan los feligreses y parroquianos".

Estas durísimas palabras no han sido pronunciadas en la vorágine de las últimas semanas, sino que las dijo el párroco del Parque Alcosa (y fueron publicadas por El Correo de Andalucía) en el contexto del contencioso que mantuvieron la hermandad del Divino Perdón y la comunidad de monjas de la iglesia en la que reside con respecto a la negativa de éstas a la salida del nuevo paso de palio. Por cierto, ¿qué fue de ese asunto? Porque como aquí parece que discreción y secretismo son términos sinónimos, pues, claro, los mortales normales sólo nos enteramos de lo que pasa cuando a alguien le interesa sacarlo a la luz.

Bueno, volviendo al tema que nos ocupa, esas duras palabras debieran habernos hecho reflexionar a más de uno y, desde luego, a todos los cofrades. ¿Qué debe pensar el señor cura párroco y a la luz de qué hechos lo hace, para pronunciarse así? ¿Qué motivos pueden tener cuatro monjitas para negarse a la salida del paso de palio? Y en la misma línea, ¿por qué cuatro (son cuatro y muy denostados) frailes dominicos de San Jacinto mantienen la actitud que muestran ante las cofradías? O, si quieren, metan aquí las palabras (y palabros) de Monseñor Asenjo ante la negativa de la Hermandad de la Esperanza de Triana a trasladar la imagen del Santísimo Cristo de las Tres Caídas para participar en el Vía-Crucis de Madrid presidido por el Papa o las dichas en la homilía de la Eucaristía de bienvenida a la imagen de Jesús del Gran Poder una vez restaurada. Pero, en vez de hacerse estas u otras preguntas similares y, quizás, plantearse que, a lo peor, no todo se está haciendo bien, la respuesta del mundo cofrade ha sido la de siempre, mirarse el ombligo y tirar palante: no son de aquí, no nos entienden, no tienen ni idea, están equivocados, las cofradías son otra cosa, nosotros sí que sabemos lo que hay que hacer y como hacerlo,….

Tengo un amigo que se ha llevado más de cuarenta años vistiendo la túnica de su hermandad (sale en la segunda mitad de la Semana Santa) y que desde hace tres, ya lo ha dejado. ¿Por qué? Se va fuera de Sevilla, de convivencia, a celebrar la Pascua con su familia y amigos. Me dice y tiene razón, que el Tríduo Pascual es la celebración litúrgica más importante de la Iglesia Católica (ahí es nada, se conmemoran la Última Cena del Señor, Su Muerte y Su Resurrección) y que, en Sevilla, es imposible hacerlo con un mínimo de recogimiento.

Mi amigo exagera. Todavía es posible encontrar templos (pocos y sin pasos, eso sí) en el centro y, desde luego, en los barrios periféricos (y aquí no importan los pasos), donde celebrar la Pascua con tranquilidad. Ahora, también entiendo a mi amigo. Él, que es de los pocos que va con bastante frecuencia a la misma semanal de su hermandad, iglesia vacía todas las semanas, añora esas celebraciones en su parroquia a los pies de los pasos de las imágenes de su devoción. Y eso ahora es imposible. Lo que estos últimos años hemos vivido en las iglesias con pasos no tiene nombre. Parece que los que entran a ver un paso se creen con todos los derechos: pueden hablar y comentar en voz alta, echar fotos, comer, beber, hacer todos los ruidos del mundo, independientemente de lo que se esté celebrando en el interior del templo. Y si se le pide algo de compostura y silencio, te sueltan aquello de “es que hemos venido a ver los pasos”. Entre todos, les hemos dejado creer que ellos son la Semana Santa y así nos va (y no se enfaden los que guardan el respeto debido; yo también lo hago, pero somos los menos). Además, mi amigo está también harto de la falta de respeto que debe sufrir vestido de nazareno, empujones, pisotones, parones interminables y demás.

Sé que mi amigo sufre por no acompañar a sus titulares en Semana Santa, aunque sabe que está haciendo lo que quiere y lo que debe hacer, según su conciencia  y sé que ha pedido le amortajen con su túnica, pero, como no cambien mucho las cosas, quizás no la volverá a vestir en vida. Y esto no es más que un reflejo de a dónde hemos dejado, entre todos, que llegue la situación. Preguntaba hace unos días Paco Santiago si los cofrades queremos ser parte de la Iglesia (Católica, se entiende) y, caso afirmativo, qué estamos dispuestos a poner de nuestra parte para conseguirlo. Yo soy un poco más pesimista. No estoy seguro y menos a la vista de los acontecimientos recientes, que la primera pregunta fuera a tener una respuesta positiva (en conciencia, no de cara a la galería ni pensando en posibles conveniencias, claro) en una gran mayoría de ellos, con lo que la segunda quedaría vacía de contenido.

Por eso, insisto, es necesario un debate esclarecedor para que todos, al igual que hizo mi amigo, podamos tomar las decisiones que creamos convenientes.

diputadocruces@yahoo.es

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