Calles que hablan: Eduardo Dato. Álvaro Pastor Torres
Sueños y pesadillas en noches de verano
A finales de julio de 1568 dieciocho moriscos cargaron sobre sus hombros la figura de metal “que tiene por nombre la fe, triunfo de la Iglesia”, y la pasearon por este lugar que pasados los siglos se terminó llamando –gracias sobre todo al acierto de los 20 disparos hechos por unos anarquistas desde un sidecar- Eduardo Dato. La diosa de bronce aún no tenía nombre; Cervantes la llamaría poco después en el Quijote Giganta de Sevilla, otros Santa Juana, y los más, confundiendo el género, Giraldillo. Terminaba así la pesadilla del fundidor Bartolomé Morell, al que el encargo por poco le cuesta el dinero (tuvo que pedir al Cabildo catedralicio una gratificación adicional que comparada con los reformados de las setas de la Encarnación es pecata minuta), el taller y hasta la vida (pues su casa salió ardiendo el día que se fundió la imagen).
Un poco más allá, en dirección a la Gran Plaza que sobrevoló el Zeppelin, hay otras resonancias de sueños pasados. De algunos no queda más que el lejano rumor de las salmodias latinas entonadas en el coro de su iglesia por los frailes dominicos del convento de Santo Domingo de Portaceli, y algunas obras maestras de Zurbarán (el beato Diego Susón y San Luis Beltrán) o Martínez Montañés que allí moraron y hoy se exhiben en el museo de Bellas Artes.
Pero el eco más fuerte, en la historia y en el nomenclátor, lo aporta la Buhayra (laguna en árabe) que tras la reconquista pasó a llamarse Huerta del Rey. Un edén plagado de almendros, encinas, olivos traídos del Aljarafe y frutales, regado con las mismas aguas que venían desde Alcalá por los caños de Carmona. Primero fue el rey poeta Al Mutamid el que me escogió como lugar de recreo, y más tarde el califa almohade Abu Yacub Yusuf mandó a Ben Baso edificar aquí un palacete, que evidentemente no es la construcción neomudéjar levantada en 1892 a instancias de María de los Ángeles Medina Garvey al que hoy pomposa e inadecuadamente le llaman palacio.
Y frente a la Buhayra está enterrada, nunca mejor dicho, otra bella quimera que derivó en horrible pesadilla: la plaza de toros monumental de Sevilla, el sueño de José – así a secas, sin necesidad de apellidos, sólo hubo uno en Sevilla, pero si quieren
le añadimos su apodo familiar, Gallito- y del empresario nazareno José Julio Lissén Hidalgo, un emprendedor enriquecido por la neutralidad de España en la I Guerra Mundial. Su construcción comenzó en 1916, un año después de que Aníbal González terminara la reforma de la Real Maestranza. Los arquitectos José Espiau y Francisco Urcola firmaron los planos de un recinto colosal con un aforo para 23.000 espectadores sentados en barreras, tendidos, gradas y andanadas descubiertas. Esos mismos diseños se utilizaron para levantar entre 1920 y 1922 la actual plaza de toros de Pamplona. La idea de las plazas monumentales tenía un fuerte acento populista: cosos con muchas localidades que permitieran abaratar el precio de las entradas para que todas las clases sociales pudieran ir a los toros, el espectáculo de masas en esos tiempos, y más durante una época donde muchos empeñaban hasta el colchón para poder asistir a una corrida.
La pesadilla de esta plaza comenzó el 11 de abril de 1917, trece días después de efectuada la prueba de carga, al agrietarse primero, y hundirse después, casi un tercio del graderío, hecho con un material por entonces novedoso: el cemento armado. Pero quizá el gafe viniera de antes, desde el mismo momento en que la Sevilla-de-todala- vida-de-Dios no vio con buenos ojos un recinto que podía ensombrecer a la Maestranza, no en belleza –el crítico taurino Gregorio Corrochano dijo de la Monumental que era una jamona, guapa pero jamona”- mas sí en
protagonismo, ya que fue la niña minada del todopoderoso José desde su inauguración el 6 de junio de 1918 (con toros de Contreras para el propio Gallito, Curro Posada y Diego Fortuna) hasta la cogida mortal del diestro. Allí triunfó repetidamente el genio de Gelves, que incluso hizo de picador, cuando aún los caballos no llevaban peto (en un festival a beneficio de los por entonces muy castigados varilargueros), organizó un festejo a beneficio de su hermandad de la Macarena y brindó un toro a la reina Victoria Eugenia -una inglesa que según las malas lenguas usaba en los toros gafas de sol totalmente opacas para no ver lo que sucedía en el ruedo- la segunda y última vez que toreó con Juan Belmonte en esta plaza (abril de 1920). Pero la estrella del coso declinó una vez que José expiró y al año siguiente de la tragedia de Talavera dio su último festejo antes de ser clausurada por orden del Ayuntamiento. De ella sólo pervive hoy, alineado con mi calle, un breve muro porticado.
Y otro sueño fugaz, en este caso del arquitecto Aníbal González y de los jesuitas, que apenas subió algunos metros del suelo: la basílica frustrada y neogótica de la Inmaculada Milagrosa, incluida en un faraónico proyecto de colegio para el que los hijos de San Ignacio habían comprado 28 hectáreas de la vieja Huerta del Rey. Casi ochocientas mil pesetas de la época invertidas –una fortuna- para acabar hoy siendo un restaurante. Tras bastantes años de letargo los jesuitas retomaron en 1946 el proyecto del colegio Portaceli, si bien muy simplificado en relación a un nuevo diseño de Illanes del Río, y a principios de la década de los cincuenta fueron inaugurando paulatinamente diversas fases del recinto, donde llegaron los alumnos desde Villasís.
Pero “cuentan las lenguas antiguas/ que un 14 de octubre nació una ilusión”, la más popular sin duda de mi calle, la que viste de blanco y rojo (bueno, en realidad carmesí) por ser estos los colores de la ciudad y a la que profesa devoción –y hasta veneraciónla mitad de la ciudad. Fue en 1928 cuando los sevillistas recalaron por Nervión. La inauguración de su primer estadio se vio ensombrecida por una hiriente derrota ante el Betis (1-2), que se repitió con otra más abultada (2-4) en el primer encuentro oficial que se disputó en el Ramón Sánchez Pizjuán. En la zona deportiva aledaña al viejo campo vi entrenar a numerosos toreros, entre ellos Antonio Ordóñez, que vivía en Nervión, Pepe Luis y Manolo Vázquez o Tito de San Bernardo, que usaban como improvisado carretón para entrar a matar la palmera que aún pervive en mi esquina con Luis de Morales, cuyo tronco agujereado da fe de sus aciertos con los estoques.
Pasado el estadio del Sevilla F.C. y los pisos de la Diputación se levantó el último gran sueño en mi avenida, en este caso gracias a los Hermanos de San Juan de Dios y a la generosidad de muchos sevillanos: el Sanatorio Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, al principio un chalet para niños minusválidos, y después un complejo de arquitectura muy hispalense (con cúpula y espadaña) diseñado por Gómez Millán que sólo recuerda ya su origen por los azulejos de la portada donde los niños de la polio juegan a la lotería.
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NOMENCLÁTOR
Desde el fin de la calle Demetrio de los Ríos
hasta la Gran Plaza el único nombre que he
conocido desde el 24 de marzo de 1922 -
cosa rara en esta ciudad tan dada a cambiar
el callejero según soplaran los vientos o los
huracanes políticos- ha sido el de Eduardo
Dato, político conservador y presidente del
Consejo de Ministros que murió asesinado
en la madrileña Puerta del Sol el 8 de marzo
de 1921, víctima de un atentado anarquista,
siguiendo así la trágica estela de Prim,
Cánovas y Canalejas. La zona más cercana a
San Bernardo sí tuvo otras denominaciones:
Monte Rey (siglo XVIII), paseo de las
Cañadas (1868) y de nuevo Monte Rey.
Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Lunes 9-VIII-2010
Fotos: Álvaro Pastor Torres.