Arte Sacro
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Lo que yo se de usted. J. M. "Silva"


 ¡Qué difícil se me hace poner letra a la compleja melodía que entrelaza notas de recuerdos, sensaciones y sentimientos! ¡Qué difícil, ante esta máquina perversa! Por ello, Rafael, me voy a sentar con usted en un banco, en San Lorenzo, ése de donde se ve bien el azulejo, al laíto de la estatua. Quiero, hoy  -que ya me he despojado de la impresión primera, helada- hablarle poco a poco, sin elevar la voz -como siempre le vi hacer en las delanteras.

Cierto es que le traté muy poco: quizás algún saludo -con sonrisa incluída- y últimamente -sin contar éste que ahora nos damos- algún abrazo en San Esteban y en la Soledad; en la O, un par de actos compartimos. Sucede, en cambio, que en los aprecios no siempre el tiempo es proporcional a la intensidad, ni el contacto a la admiración. Para conocer su historia y la de su prestigiosa saga ya están los papeles, los hablares y esa cadena de eslabones grises de plata que les forjó el Sr. Martín Cartaya.

Lo que yo sé de usted no se lee, no se escucha, se observa a prudencial distancia, se paladea y se guarda en la humilde cajita de cartón donde revolotea lo sublime de nuestras experiencias, donde el olvido pasa de largo porque es ciego a la Belleza. Lo que yo sé de usted es que mi Soledad, ese día del año en que nunca está sola, anda sobre sus pies, Rafael, con la cadencia de sus años, con la solera de sus silencios, con su presencia imperceptible que todo lo llena. Lo que yo sé de usted es que la Reina Morena de San Esteban y la Humildad hecha hombre en su Hijo, ese día del año en que su barrio les ampara en multitud, regalan sus lágrimas a la emoción de su Capataz, cuando los brazos de la sabiduría logran vencer lo imposible. Lo que yo sé de usted es que el Nazareno de Triana derrama azúcar cande, cuando gira del Alcázar a Contratación; que el Señor de San Julián virtió su Buena Muerte y recogió su vida para hacerle aún más grande, si cabe, en la memoria de Sevilla. Y tantas otras cosas, Señor Ariza, que ahora puede usted leer en las hojas de mi libro cerrado.

Lo que yo sé de usted, voy a seguir sabiéndolo. La escuela sigue abierta: los alumnos, maestros serán. Los maestros, alumnos, por siempre... alumnos.

Gracias, Rafael.

Foto: J.M. "Silva"