Puerta Osario. Iglesias. Álvaro Pastor Torres
JOSÉ GESTOSO, el polifacético erudito que da nombre a la calle más céntrica, rancia –en el buen sentido de la palabra, acepción segunda del DRAE- y navideña de Sevilla, la de la Venera, necesitó tres tomos así de gordos –y perdonen que está feo señalar, pero sus lomos tienen cada uno cuatro dedos de los míos (cinco si son de mi mujer)- para condensar el arte que encerraban los templos sevillanos a fines del XIX. Alejandro Guichot, el primogénito de don Joaquín, lo hizo en sólo dos con El cicerone de Sevilla, obra que rescató “de cara al 92” el Colegio de Aparejadores en esa exquisita colección donde las portadas reproducen azulejos antiguos. Y a González de León -cuya vida daría para una buena novela, dos o tres folletines y hasta un serial radiofónico de los de antes- le bastó para el compendio un solo libro, la Noticia artística, joya bibliográfica e histórica, pues don Félix conoció el patrimonio de los templos antes de que los chicos del “Tirano de la Europa”, con el mariscal Soult a la cabeza, aparecieran por Torreblanca de los Caños.
Pero Manuel Jesús Roldán –y Salgueiro por su señora madre que debe estar disgustadísima ante la desaparición del segundo apellido en la portada del volumen- , sevillano cabal y transparente, documentado y ameno a la vez, en la estela de Santiago Montoto, sólo ha necesitado un libro con formato de guía, Iglesias de Sevilla (Almuzara) para compendiar las 114 “históricas” que aún permanecen abiertas en este valle de lágrimas patrimonial cuya última perla para rematar la corona condal de las desgracias ha sido el saber que la pasarela de las setas no será abierta al público “por motivos de seguridad”. ¡Manda c… después del dinero que allí se lleva enterrado! Y las reclamaciones, ya saben: al maestro armero.
Antaño hubo muchas más iglesias, por eso Sevilla fue motejada como la ciudadconvento por sus más perspicaces visitantes, pero los franceses, Espartero, las desamortizaciones, las revoluciones –más o menos gloriosas-, la furia iconoclasta, y también muchas veces la dejadez e incapacidad de la propia Iglesia para gestionar un patrimonio tan vasto, fueron esquilmando la arquitectura religiosa. Aún así, y si lo comparamos con otras ciudades, el espacio sacro de Sevilla con interés artístico supera con mucho el de casi todas las metrópolis católicas. Y en esto tienen un papel muy importante las hermandades que mantienen abiertas parroquias, capillas, basílicas y santuarios bajo la premisa de que como en casa de uno no se está en ningún sitio. En otros parajes muchos templos han acabado de tanatorios (Portugal) o cosas mucho peores.
Publicado en EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla, Sábado 18-XII-2010
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