Opinión. La hermandad del Claret. El Diputado de Cruces.
Ahora que se acaba el curso y que los cofrades empezamos a afilar (más de lo que lo está usualmente) a “la sin hueso” para “ponernos guapos” a pie de mar o de piscina (según los gustos), quizás es buen momento para repasar algunos asuntos de esos muchos que siguen pendientes, ya que parece que eso de buscar soluciones rápidas y eficientes es algo que no va con nuestros dirigentes, sólo diligentes a la hora de “desactivar” reuniones que, vaya usted a saber por qué, temen profundamente.
Anda la Hermandad del Cristo de la Misión y la Virgen del Amparo de Parroquia de San Antonio María Claret enfrascada en una lucha titánica a fin de convencer a los que se creen los dueños de la Semana Santa para que la dejen cumplir con lo que está plasmado en sus reglas: hacer su estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral. Y escribo esto porque, por lo que se lee, la hermandad, cansada del desprecio e incomprensión recibidos desde la institución (me refiero al Consejo General) que debiera representarla, allanarle el camino y buscarle soluciones, se está dedicando a llamar directamente a los hermanos mayores. Dicho sea de paso, una estrategia que la experiencia ha demostrado es muy peligrosa, pues en este mundillo hay mucho “perro del hortelano”, ése que ni come ni deja comer: no te ayudan, no hacen nada, pero como te los saltes, se dedican a ponerte todos los obstáculos del mundo por delante.
Alguno se preguntará el por qué de este empeño. Al fin y al cabo, ¿no están mejor el Viernes de Dolores, cuando media Sevilla se desplaza a Heliópolis para verlos? ¿Por qué cambiar este baño de multitudes por una procesión larga y seguro que dura y penosa? Habría que decirles que sus razones son las mismas que ya hace varios siglos tuvieron las cofradías de extramuros para adentrarse en la ciudad, recorrer sus estrechas calles y llegar a la Catedral. Las mismas que, más recientemente, tuvo la hermandad de La O y luego todas las de Triana, para arriesgarse a cruzar un inestable puente de barcas, muchas veces padeciendo auténtico peligro físico para los componentes del cortejo y así abandonar la seguridad y comodidad del arrabal y la visita a Santa Ana. Las mismas por las que la Macarena no se queda en la huerta donde nació la hermandad o el Gran Poder no visita las viejas calles de San Lorenzo. O habría que decirles que se colocaran el Martes Santo ante el Banco de España para ver llegar al barrio del Cerro, vestido con sus mejores galas, acompañando a su Virgen de los Dolores, presentándose, barrio y cofradía en un todo perfecto, ante la ciudad de la que forman parte. O que intentaran andar por la amplia avenida de La Soleá contracorriente de un gentío enorme que ha dejado vacío su barrio para acompañar a su Cautivo y, juntos, recorrer el camino que los llevará a la Catedral.
Las hermandades de penitencia, en Sevilla, se fundan para, entre otras razones y sin dejar de ser una de las principales, hacer, siempre que sea humanamente posible (no confundir procesión con romería), estación de penitencia en la Santa Iglesia Catedral (aunque, como ha ocurrido en muchas ocasiones y no sólo en años recientes, esto no quede explícito en sus primeras reglas), debido al beneficio espiritual que dicha estación produce en sus hermanos y, también, por qué no decirlo, debido a diferentes causas de tipo histórico y socio-cultural. El que no lo acepta así es porque, o simplemente no quiere entenderlo, o no conoce Sevilla y su Semana Santa. Y está mucho más claro, como en el caso que nos ocupa, si viene reflejado ya en las primeras reglas aprobadas por Palacio. Por ello, todos tendríamos que ayudar y apoyar a los nuevos hermanos que se nos van incorporando para que puedan hacerla como la hacemos nosotros.
Ahora bien, una cosa muy distinta es pasar por La Campana, punto representativo máximo de un modelo obsoleto y agotado, inicio (no se olvide, sólo desde principios del siglo pasado) de una carrera oficial que nació para responder a la necesidad de ordenar los cortejos para entrar a la Catedral ante un viario mucho más estrecho y tortuoso que el de hoy en día y que se mantiene parece que sólo por razones recaudatorias. Punto que provoca que bastantes más de la mitad de las hermandades tenga que dar un rodeo, en algunos casos, muy importante, en su camino a la Catedral (tanto como pasar por delante de la misma y entrar más de dos horas después en ella). Y punto donde casi nadie está dispuesto a ceder un minuto de esa presentación ante ¿quién?, minuto que algunos emplean en intentar batir el récord mundial de cambios en el paso costaleril o de número de marchas en la revirá (o, lo que es lo mismo, de tiempo empleado en dicha revirá). Por supuesto, con esta solidaridad, es muy difícil que entre nadie más.
Por todo lo dicho, me voy a atrever a hacer una propuesta. ¿Se imaginan que el Miércoles Santo (por ejemplo, aunque hay otras posibilidades), el Claret llegue a la Puerta de San Miguel directamente desde su barrio por la Avenida, haga su estación de penitencia en la Catedral y salga por Palos hacia Heliópolis, todo ello inmediatamente antes que lo haga el Carmen Doloroso? Creo que sería la solución perfecta para todos. Para la hermandad claretiana porque podría cumplir con sus reglas y sus anhelos. Y para las hermandades del día elegido (y aquellos de sus dirigentes que se creen los dueños del mismo) porque no tendrían que aumentar los tiempos totales de la carrera oficial, salvo en la Catedral, lo cual a muchos ni les preocuparía (total, para la importancia que le dan a su paso por ella y la compostura y orden que guardan es su interior…).
E, incluso, para los que andan tan preocupados en que nadie les meta mano en la cartera (más les valiera ocuparse de otras cosas) para, según dicen (y hay que creérselo, ¿verdad?), no tener que disminuir el dinero empleado en obras asistenciales (y yo añado, en su aportación al Fondo Diocesano), porque podrían aplicar ese criterio que se han inventado acerca de quiénes generan el dinero obtenido de sillas y palcos: los que pasan por la carrera oficial, que son a los que ven los abonados (aunque hay una hermandad que participa en las subvenciones y nadie la ve en la carrera oficial, sencillamente porque a su paso ya no hay sillas y no dejan a nadie ocupar los palcos). Con esta idea, a la hermandad del Cristo de la Misión no le correspondería ninguna subvención (no habría que dividir entre más), ya que no haría la susodicha carrera y, así, ninguna cartera correría peligro. Yo no creo que esto preocupe lo más mínimo por Heliópolis. ¿O sí?
Artesacro no se hace responsable de la opinión de sus colaboradores; en cualquier caso, pueden dirigirse a ellos directamente usando la dirección de correo electrónico que aparece en la página.