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La sagrada calma de tu Amargura. Francisco Javier Segura


Te prometo, Madre, que soy el mismo que hace ocho años se propuso escribirte una carta cada dos años en este día. Han ocurrido muchas cosas, se me han trastocado muchos planes, he sido feliz y he llegado a entristecerme sobremanera... pero mi promesa y tu amor, barrotes de una reja inamovible... sigues cumpliendo su pacto. Me veo ahora, en mitad del tráfico de la calle Torneo, camino de Santiponce para ensayar con el coro de la Hermandad de Jesús Nazareno -hermandad a la que quiero sinceramente-, machacando mi smartphone a base de sinceridad y estrés...y sólo pensar en tí me consuela.

Tienes la capacidad que tienen todas las madres: de hacerte olvidar de un golpe toda la negatividad que cargas en tus hombros. Esas manos rechonchitas, de señora mayor, curtida en la pena y en el desencanto, se me aproximan y mi sombra de ciprés y de quejido se disuelve neblinosa como cuando arrancan indecisas las mañanas de agosto junto al mar.

No me faltan motivos para venerarte, ni se me agotan las palabras. Cincuenta y nueve años tiene tu corona de azucenas, y muchos menos la mía, de falsas ilusiones que no podemos cumplir.

Estoy en camino al trabajo, a la obligación, al compromiso. Y cuando el mundo que nos rodea, nos invita a dejarlo todo, hedonistamente, sin complejos; recordarte es como tomar conciencia de nuevo del papel que nos corresponde.

Tú no necesitas mis piropos, pero yo sí preciso de tu misericordia grande. Mírame, cansado, derrotado, nervioso...tan entregado a ganar algo para mi familia que ni siquiera puedo salir de acólito mañana, como he hecho todos estos años en ese día.

Tú perdonas mi ausencia, como perdonas que no vuelvan las rosas portuguesas ni los encajes de la reina Fabiola, ni las condecoraciones tipográficas de la infanta. Estamos ahí, a tu lado. Y tú nos ves. Y con eso estoy feliz. Gracias por todo, Amargura.

Foto: Mariano Ruesga Osuna