A través del antifaz. Cruz Alzada en San Leandro. Alberto De Faria Serrano
Nada como la sencilla y armoniosa hospitalidad de quien apenas tiene para mantener en pie su casa y te acoge cuando la tuya amenaza ruina. Nada equiparable a la bondad personificada. Nada semejante al amor devocional. Nada como el exquisito y humilde gesto. Nada más bello como la hermosura de darles cobijo al Señor y a su Madre. Como si del misterio de la Natividad se tratara, las hermanas agustinas de San Leandro dan el silente e inapreciable testimonio de lo que precisamente estos días poco o nada se dice; la abnegación y la infatigable devoción de unas mujeres laboriosas que ofrecen todo y más a quienes más lo necesitan.
Y el mejor reconocimiento que podemos hacerles es ir a honrar al Santísimo, limosna aparte, claro está, que sus necesidades no son pocas para mantener el soberbio convento e instalaciones en pie. Si la dulzura de sus manos y la ternura de sus divinas obras conmueven nuestro gusto cuando sus exquisitas yemas explotan en nuestro paladar, bastante más alimento espiritual debe aportarnos asistir en el mediodía de este domingo a la votísima e íntima procesión Claustral con el Santo Crucifijo de San Agustín en el interior de la Iglesia.
Henchidas de gozo, serán siempre las oferentes anfitrionas las que honren el culto cuaresmal desde su claustro permanente y durante toda la jornada del día del Señor, al venerado Crucifijo. En besapié y en el íntimo y solemne Via Crucis bajo el majestuoso crisol de yeserías barrocas que diseñara Juan de Oviedo; bajo los impresionantes tapices de Dios y Oro que dedicara Montañés a los Juanes más reconocibles de las Sagradas Escrituras; con el abatimiento hecho carne y la mansedumbre de las Penas del Señor y el cálido amparo de la Gracia y la bendita Esperanza del regreso a San Roque, como testigos.
La imagen de Sánchez del Cid concentrará en el mediodía todas las peticiones y promesas. En él se focalizarán todos los besos de los fieles durante la mañana y la tarde, como en otro tiempo era objeto de culto en las calles; al legendario y místico Santo Crucifijo de San Agustín perdido y devorado por las llamas, le encomendaban siempre desafiar las más terribles dramas de la Sevilla medieval y moderna: atroces sequías, voraces epidemias como la de la peste, algún que otro desolador terremoto, velar por el fin de las guerras locales o cercanas. E incluso repetía multitudinarias procesiones y estaciones al templete del Humilladero de la Cruz del Campo como a la Santa Iglesia Catedral desde el antiguo y desaparecido Convento de San Agustín. El Santo Crucifijo, pues, se convirtió en la devoción y en la atracción cristiana por excelencia de la ciudad muy por encima de lo que hoy puedan suponer en la actualidad sendas devociones basilicales que están en mente de todos.
Hoy día no se podría entender la Semana Santa sin lo que fue el Santo Crucifijo de San Agustín. Si no hubiese sido pasto de las llamas, no es descabellado pensar que para cualquier buena causa solidaria universal, nacional o local, habría sido aclamado multitudinariamente por twitter o por facebook y por las llamadas y emails a los programas de la prensa morada, para que saliera a las calles en rogativas, porque ya lo fue en su momento por la propia Corporación Municipal.
Hoy como ayer, decenas de sevillanos estarán a sus pies. En el momento exacto se entonará el canto celestial; se invocará al Padre y la Cruz Alzada nos guiará el camino. Como hace quinientos años. Como hace ochocientos años cuando llegaron las laboriosas y abnegadas mujeres agustinas a San Leandro. El camino de la humildad, la sencillez, y el dar posada a quien lo necesita.
A treinta cinco días para que la Cruz Alzada vuelva a estar bajo el cielo abovedado del paraíso terrenal.

Foto: Eduardo Fdez. López.