A través del antifaz. Sacramento de dolor. Alberto De Faria Serrano
Has llegado presuroso, altozano de la Cuaresma. Has depositado un ramo de claveles en la capillita del Puente que separa la Esperanza del Traspaso. Has abierto de par en par los balcones para que se impregnen del azahar exuberante, el que ya nos va consumiendo, cada rincón de tu corazón, y que su aroma nos inyecta del sentimiento de amor que conlleva. La Calle San Jacinto es como un zaguán familiar donde se cruzan vecinos del Corral que llegan a consolar las Penas de su Señor. Allí mora el testimonio vivo del amor que ayuda a afrontar el dolor. A enfrentarse con su agonía. A ofrecerle el beso compasivo y piadoso. Ver cómo se acercan es encontrarle sentido al sufrimiento en la Cruz de Cristo; Atenta y hospitalaria, te recibe una cálida y pontificia sonrisa amiga, la de beatitud de un hombre que bajo el pesado solideo de su destino supo sufrir y padecer; ser rechazado, condenado y casi crucificado por las balas de la irreflexión, para poder continuar su misión y acabarla con esplendor.
Implorante, con la mirada perdida en el dictado de la Misión del Padre, Jesús sufre y muere por amor. Da un sentido a nuestro sufrimiento, un sentido que muchos hombres y mujeres de todas las épocas se han comprendido y hecho propio, como los hermanos de las penas de Triana bien saben. Es el sufrimiento adquirido y experimentado en la dureza de las pruebas físicas y morales que a diario nos vemos inmersos.
La Sangre que desprende cadenciosamente por su divino rostro, se densifica por el sufrimiento de quienes se empeñan cada día por dar sentido, respuesta o aliviar las penas y dolores de todos nosotros, sirviendo a la vida en cada una de sus fases; padres, operadores sanitarios, sacerdotes, religiosos, científicos, voluntarios y otros.
Siempre, pero hoy más que nunca, la recoleta capilla de San Jacinto es la morada sacramentada de su dolor. Sus penas las hacemos nuestras porque allí depositamos por entero nuestras promesas y anhelos. Los próximos y los lejanos. Los asumibles y los imposibles. Hoy su besapié es la reliquia anual que se imprime a fuego en la memoria. Como la de la semana que viene en la que tu camino se guiará por las reconfortantes señas de la Estrella de las estrellas. Del zaguán trianero de las alboradas, saldrás repleto y enaltecido. En cierto modo con sus manos entrelazadas, reza por ti. Te espera. Acude y no faltes.
A veintitrés golpes de llamador para que nos implore en el pedestal del Altozano.
Foto: Mariano Ruesga Osuna.
