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Artículo de opinión sobre el fallecimiento de Juan Moya Sanabria. Javier Rubio, redactor-jefe del Mundo en Andalucía


Juan Moya

«En los partidos políticos y en las cofradías tendría que haber muchos como Juan Moya», me tiene dicho un buen amigo que ayer estaba desolado por la muerte del que fue senador por Sevilla, consejero del Consejo Consultivo de Andalucía y hermano mayor de los Estudiantes además de bético recalcitrante. Cuando me lo dice, asiento con la cabeza con aire circunspecto mientras pienso para los adentros: ‘Es que en los partidos políticos y en las cofradías no encaja gente como Juan Moya’.

Mi amigo lo dice con ese aire regeneracionista de quien cree de verdad que la caballerosidad, la generosidad y el saber estar ventilarían el endogámico y opresivo mundo cerrado de los partidos políticos que, desde hace unos cuantos años, cabe atribuirle también a las hermandades sevillanas. Lo que me guardo tiene todo el aire escéptico de quien cree, igualmente de verdad, que la independencia está reñida con la militancia hasta el punto de que en nuestra democracia es harto improbable que un senador recoja en silencio sus bártulos y pronuncie la frase que más daño hace a los aparatchiks que gobiernan los partidos por dentro: «Ea, pues ya estoy yo en mi casa».

Porque lo primero que hay que tener es casa. Y a ser posible, pagada. Sin hipotecas que limiten la independencia de criterio, sin cargas que anulen la libertad de pensamiento, sin gravámenes que reduzcan el margen de maniobra. Juan Moya Sanabria tenía de todo eso y estaba en política porque lo consideraba una misión a la manera democristiana del compromiso con el bien común. Por eso, cuando le cerraron el paso para repetir como senador en las elecciones del año 2000 se volvió a su despacho sin deberle nada a nadie. Ese perfil se acentúa al coincidir macabramente su muerte con la promulgación de la lista de paniaguados con que el PSOE concurrirá a las elecciones municipales.

Moya no tenía necesidad de comulgar con ruedas de molino, así que hizo mutis por el foro cuando en su partido no supieron o no quisieron valorar sus méritos profesionales y políticos. Esa es una lección difícil de asumir, pero que cuando se aprende ya no se olvida. Él la aprendió de su padre y seguro que se la ha transmitido a sus hijos.

Ayer, el Partido Popular en el que militó y al que sirvió ejemplarmente como senador olvidó emitir un comunicado de condolencia con su familia. Al menos una nota pública que diera cuenta de su fallecimiento, una mención de pasada de alguno de sus líderes, apenas un recordatorio a pie de página en Internet. Pero no hubo nada. Como si ya se hubiera muerto para ellos antes de morirse para los demás.

Esa es la medida de un comportamiento mezquino que con pasmosa facilidad se ha trasladado a las cofradías, donde hoy los hermanos se reparten los papeles de gobierno y oposición como lo más habitual del mundo: unos a proponer y otros a replicar.

Me lo crucé por última vez, acompañado de su familia, a primeros de mes por el parque de María Luisa andando todo lo despacio que un hombre camina hacia la muerte. Pero con esa lucidez que debe de dar alejarse de tantas intrigas miserables como anidan en las sacristías de los partidos y en los cabildos de las cofradías.

javier.rubio@elmundo.es

Nota: Publicado en El Mundo de Andalucía el 23 de enero de 2007.










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