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Puerta Osario. Capitulaciones. Álvaro Pastor Torres


 Casi todos los que estudiaron Historia –por supuesto con la EGB y el Bachillerato de 6º y reválida-, oyeron hablar alguna vez de las capitulaciones de Santa Fe en las que los Reyes Católicos prometieron a Cristóbal Colón el oro y el moro (al que intentaban vencer en Granada), aunque después, ante la  magnitud que tomaron los descubrimientos colombinos, Isabel y Fernando usaron el acuerdo para lo mismo que el papel “La Pajarita” y si te he visto no me acuerdo.

Pero hay otras capitulaciones más nuestras y cercanas en el tiempo, las de Torreblanca de los Caños (sólo en Educación le siguen llamando por su nombre correcto a este barrio de Sevilla), “negociadas” –si ello es posible con un ejército apabullante instalado a las puertas de tu ciudad- hace ahora justo 200 años. Ante el avance imparable de las tropas napoleónicas, y a pesar de estar Sevilla defendida por recias murallas y una buena artillería, los dirigentes de la ciudad buscaron lo que hoy llamarían los pedantes una salida dialogada, que más bien fue monólogo, ya que los franceses dijeron a todo que sí y luego hicieron lo que les dio la gana. Al igual que ocurrió con el acuerdo colombino, también aquí el monarca intruso aprovechó el papel del concierto para un fin escatológico. En la delegación hispalense estaba el chaquetero de Goyeneta, mandamás municipal antes, durante y después de la invasión gabacha, lo que ya tiene mérito, pues ni Pío Cabanillas ni Fernández Ordóñez en sus mejores tiempos llegaron tan lejos. Por entonces hacía ya una semana que los miembros de la Junta Central se habían ido a Cádiz echando leches.

El 30 de enero de 1810, con los franceses en Alcalá de Guadaira y todo el pescado vendido -mientras muchas familias escapaban por el río o campo a través-, se organizaron rosarios públicos, exposiciones con el  Santísimo y demás actos devotos que sirvieron para bien poco; y con el alboroto la Virgen de la Hiniesta gótica se quedó compuesta y sin procesión a la catedral. El 1 de febrero, que ese año cayó en jueves, hizo su entrada triunfal el monarca usurpador con sus tropas, comandadas por el ladrón de Soult, y faltando a las capitulaciones comenzaron a hacer de las suyas.

A Sevilla le faltó tiempo para practicar lo que tan bien se le ha dado durante siglos: aliarse con el poder establecido y reírle sus gracias. Por ello en honor a José I –al que parece que fue aquí donde lo motejaron como Pepe Botella- repicaron las campanas de la Giralda, y en Semana Santa hasta le sacaron los pasos las hermandades de los Panaderos, el Gran Poder y la Carretería.

Publicado en El Mundo de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado, 30-I-2010










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