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Liturgia. La Solemnidad del Corpus Christi. Jesús Luengo Mena


Comenzamos aclarando que, litúrgicamente, la solemnidad está trasladada al domingo, por lo tanto este año se celebra el domingo 19 de junio. La solemnidad es una fiesta variable, que depende del domingo de Pentecostés. Antes de la reforma litúrgica, se celebraba a los diez días después de la solemnidad de Pentecostés. No obstante, en Sevilla y en otras ciudades, como Toledo y Granada, continua saliendo la solemne procesión en jueves, debido al gran arraigo popular de la celebración, procesión a la que se suman representaciones de todas las instituciones y hermandades de penitencia, gloria y sacramentales de la ciudad. Su nombre es el de Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Es una fiesta de origen medieval. Hay dos hechos que influyeron en la creación de esta fiesta: las revelaciones de la beata Juliana de Lieja y el milagro eucarístico acaecido en Bolsena (Viterbo, Italia) en 1263 que consistió en la caída milagrosa de la Sagrada Forma de gotas de sangre al dudar el sacerdote de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, cuando oficiaba misa junto al lago de Bolsena, lo cual hizo aumentar mucho el fervor eucarístico que se produjo a partir del siglo XII.  El papa Urbano IV, mediante la Bula Transiturus de hoc Mundo de 11 de agosto de 1264, la extendió a toda la Iglesia, centrándola en un culto popular. Así pues, la festividad del Corpus se remonta al año 1264, cuando el papa Urbano IV la instituyó por la Bula, siendo Aragón el primer reino español en celebrarla.

La solemnidad se centra en la adoración de la eucaristía en la que Cristo está presente verdadera, real y sustancialmente. Una presencia que se prolonga fuera de la misa en el sagrario. No tiene el mismo sentido que las procesiones eucarísticas que llamamos de «impedidos», en las cuales, de manera solemne, se lleva la comunión en tiempo pascual a los enfermos que la pidan. En el Corpus no se reparte la comunión, es un acto de adoración y reconocimiento de la presencia real y verdadera de Cristo en la Sagrada Forma.

Ese día la colecta se dedica, obligatoriamente, para la caridad.

Peculiar de ese día y la octava, en la catedral de Sevilla, es el baile de los niños seises, vestidos de rojo, que ya aparecen documentados desde 1508 aunque tal como hoy los conocemos datan de 1613 como 10 niños que bailan ante el Santísimo, gracias al clérigo Mateo Vázquez de Leca, quien constituyó una fundación para tal fin. Por cierto que queda pendiente la asignación de una calle para este personaje al que tanto le debe Sevilla y que perdió su calle, hoy llamada Párroco don Eugenio, en Triana.

En 1665 se incorporó este baile a la Inmaculada y en 1695 se introdujo en el triduo de carnaval. El baile que interpretan los seises, con forma de villancico, aun siendo un sólo baile, tiene como cuatro partes: introducción (con genuflexión descubierta la cabeza), estribillo, copla y repetición del estribillo. El estribillo termina siempre con el toque de castañuelas por parte de los niños seises.

En la liturgia de esa solemnidad es característica la Secuencia Lauda, Sion, Salvatorem que se lee o canta actualmente antes del Aleluya. En la Liturgia actual sólo han quedado cuatro Secuencias: de la Pascua, Pentecostés, Virgen de los Dolores y la del Corpus. La Dies Irae para las misas de Requiem de difuntos se suprimió tal vez por su sentido apocalíptico.

Y termino con una anécdota referida precisamente a la Secuencia.

El papa Urbano IV dispuso que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa de la solemnidad. Solicitó a los más brillantes teólogos que elaboraran una composición en honor del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo y la presentaran días después, con el fin de escoger la mejor. Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás de Aquino. Serena y tranquilamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él.

Fray Buenaventura, franciscano, al escuchar aquella composición de fray Tomás tomó su composición y la rasgo en dos. Los demás teólogos lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera a fray Tomás de Aquino con su hermosa composición. Dicha composición es la que comienza así:

Alaba, Sión, a tu Salvador;

alaba a tu guía y pastor

con himnos y cánticos.

Fotos: Juan Alberto García Acevedo y Miguel Ángel Osuna.










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