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“Luz para un Buen Fin”, el cirio de los donantes alumbrará de nuevo a la Virgen de la Palma


fjmontiel_Cirio_Donantes_Buen_Fin_2026_DSC_4923_DxOFco Javier Montiel. La tarde del pasado sábado 21 de marzo, la iglesia conventual de San Antonio de Padua se convirtió en un pequeño cenáculo de vida y esperanza mientras el Santísimo Cristo del Buen Fin y Nuestra Señora de la Palma Coronada permanecían expuestos en solemne besapiés y besamanos, como es costumbre en el último fin de semana de Cuaresma en la Hermandad del Buen Fin. En ese clima de oración reposada, la corporación del Miércoles Santo celebró el emotivo acto del encendido simbólico del cirio “Luz para un Buen Fin”, dedicado a los donantes de órganos que, un año más, arderá en la candelería de la Virgen de la Palma en su paso de palio durante la próxima Semana Santa sevillana. No fue un gesto nuevo, sino la renovación de un compromiso que la Hermandad ha asumido desde hace años, uniéndose al grupo de cofradías sevillanas que levantan cirios por la donación de órganos, verdadera llama de caridad hecha cera ante los ojos de Dios. En torno al altar, los hermanos y devotos comprendían que aquella luz no era un adorno, sino una súplica serena por tantos enfermos que esperan un trasplante y una acción de gracias por los que volvieron a vivir gracias al sí generoso de otros.

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El Hermano Mayor, Juan Antonio Díaz Rico, tomó la palabra para recordar que la Hermandad del Buen Fin no podía desentenderse del sufrimiento de los enfermos y sus familias, y que la devoción a Cristo del Buen Fin y a la Virgen de la Palma reclama obras concretas de amor al prójimo. Subrayó que el cirio “Luz para un Buen Fin” es el signo visible de esa implicación, una oración encendida por quienes entregaron sus órganos y por quienes hoy dan testimonio de vida después de un trasplante. Junto a él intervino el doctor José Pérez Bernal, referente incansable en la promoción de la donación de órganos en Sevilla, que evocó cómo, desde finales de los años setenta, la ciudad ha visto crecer una auténtica cultura de donación gracias a la solidaridad de muchas familias y al apoyo decidido de hermandades y cuadrillas de costaleros. El médico recordó que la donación de órganos es uno de los mayores actos de caridad cristiana, porque permite que la muerte de uno se convierta en resurrección de muchos, y agradeció públicamente a la Hermandad del Buen Fin su fidelidad a esta causa año tras año. Sus palabras, cargadas de experiencia y de nombres concretos, resonaron con fuerza entre los bancos del templo, donde no pocos presentes conocían de cerca la enfermedad, la espera y el milagro del trasplante.

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El momento más simbólico llegó cuando el cirio fue encendido por un grupo de trasplantados y donantes, auténticos protagonistas de esta historia de vida. Al tomar la cera y acercar la llama, cada uno de ellos representó a tantos enfermos trasplantados que hoy pueden abrazar a sus familias y mirar al futuro, y también a esas personas y familias anónimas que, en la hora más dura, supieron decir sí para que otros siguieran viviendo. La luz que empezó a arder en la candelería de la Virgen de la Palma se convirtió así en una procesión silenciosa de nombres, rostros e historias, uniendo el dolor ofrecido, la ciencia médica y la fe sencilla de un pueblo que reza delante de sus imágenes. En el silencio del templo, muchos dirigieron su mirada al rostro sereno del Cristo del Buen Fin, pidiéndole fortaleza para los que esperan un órgano y consuelo para quienes entregaron a un ser querido para que otros no murieran. Aquella llama, pequeña y humilde, parecía decir al mundo con voz clara lo que tantas hermandades han escrito en sus cirios: dona vida.

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Tras el encendido del cirio, la oración se hizo cante cuando el saetero Javier Montiel se situó ante el Cristo del Buen Fin para ofrecer una sentida saeta en acción de gracias. Su voz quebrada se elevó por los órganos y médulas trasplantadas, por los enfermos que recuperaron la esperanza y por los que, en palabras del propio acto, fueron ángeles que se marcharon al cielo dando vida aquí en la tierra. Cada verso, colgado de los varales del palio, fue un homenaje a esos donantes que nunca saldrán en ninguna papeleta de sitio, pero que procesionan escondidos en el corazón y en el cuerpo de tantos trasplantados. La saeta, derramada a escasos metros del besamanos de la Virgen, puso música a lo que muchos sentían: gratitud honda, memoria agradecida y petición constante para que no falten manos dispuestas a firmar la tarjeta de donante. El eco del cante se mezcló con el suave trajín de los devotos que seguían acercándose a besar la mano de la Virgen y los pies del Cristo, sabiendo que, en el fondo, la verdadera promesa que allí se hacía era comprometerse con la vida de los más vulnerables.

Fotos: Fco. Javier Montiel









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