La bola de cera: una tradición que crece en manos de los más pequeños
José Luis Martínez. Hay tradiciones en la Semana Santa que no aparecen en los programas ni se anuncian en los carteles, pero que forman parte esencial de la memoria de Sevilla. Una de ellas es la de los niños pidiendo cera a los nazarenos para crear su propia bola, ese pequeño tesoro que se va formando poco a poco durante el paso de las cofradías.
Es una escena que se repite cada año en calles y plazas: manos pequeñas que se acercan con ilusión, nazarenos que, con un gesto sencillo, dejan caer una gota de cera caliente que se suma a muchas otras. Así, casi sin darse cuenta, comienza a tomar forma esa bola irregular, llena de colores, capas y recuerdos.
Un juego que es mucho más que un juego
Lo que empieza como una petición inocente se convierte en una experiencia que acompaña a generaciones enteras. La bola de cera no es solo cera, es tiempo compartido, es espera, es emoción. Cada capa guarda un momento, cada color recuerda una cofradía, cada forma cuenta una historia.
Esta tradición no es exclusiva de un barrio ni de un día concreto. Se extiende por toda Sevilla y su provincia, formando parte del paisaje humano de la Semana Santa. Es un lenguaje propio que los más pequeños aprenden sin que nadie se lo explique.
Herencia viva de la Semana Santa
Con el paso de los años, muchos de esos niños que pedían cera se convierten en nazarenos, costaleros o simplemente en espectadores que siguen buscando en las calles aquello que vivieron de pequeños. Y la bola de cera permanece como símbolo de esa infancia cofrade que nunca se olvida.
Porque en Sevilla, la Semana Santa también se construye así: poco a poco, gota a gota… y siempre desde la ilusión de los más pequeños.
Fotografías: Mariano Ruesga (portada) y Luis Manuel Fernández.
