Los primeros años de la Feria de Sevilla. Reyes Pro Jiménez
Esto escribió Manuel Chávez Rey en su folleto “El primer año de Feria en Sevilla, apuntes históricos”, publicado en 1914, pues como buen cronista oficial de la ciudad gustaba más de datos históricos que de fantasías. Vamos a tratar de seguir su camino y ofrecer el conocimiento de hechos históricos contrastados, que son más interesantes que cualquier leyenda.
Sevilla en el siglo XIX presentaba una deteriorada situación económica y social: grandes inundaciones, desamortizaciones, situación política inestable, malas condiciones de navegabilidad del río, escasez de industrias, marginalidad poblacional, deficientes condiciones sanitarias, etc. todo esto marcaba negativamente la realidad de la ciudad, por ello varias personas nacidas o afincadas en Sevilla tratarían de remediar o paliar estos problemas revitalizando la economía sevillana.
En este contexto, un día de pleno verano (que seguramente sería caluroso, como siempre en esta Ciudad) concretamente el 25 de agosto de 1846, José María Ybarra y Narciso Bonaplata, apoyados por un grupo de concejales liberales, presentaron al Ayuntamiento una propuesta para se autorizase una Feria de carácter comercial ganadero, que se celebraría de forma anual y que ayudaría a la economía sevillana. No estaban solos en la iniciativa, pues varios agricultores y ganaderos apoyaban la idea de esta Feria, que vería su primera edición en 1847.

Andrés Cortés Aguilar, la Feria de Sevilla en 1852, Ayuntamiento de Sevilla. Con el detalle de José María Ybarra, de pie en traje corto, y su esposa de su brazo, con el traje típico popular. Además entre los monumentos del fondo puede verse la efímera torre de telegrafía óptica en Fábrica de Tabacos.
No fue algo fácil. En Andalucía se celebraban en esa época y coincidiendo en el mes de abril varias Ferias importantes: Carmona, Andújar, Vejer, Cartaya… y ante todo Mairena del Alcor, que era “la más rica y espléndida de todas” en palabras del citado Chávez, y que tenía gran prestigio e incluso un origen medieval, pues se inició en 1441 durante el reinado de Juan II por concesión de Pedro Ponce de León, señor de Mairena.
Quizás por ello se encontraron dificultades y se tuvo que recurrir, por los organizadores y quienes les apoyaban, a recomendaciones e influencias, como tantas veces nuestra Historia. Además, los documentos de solicitud se apoyaban en varios puntos (que hoy llamaríamos “ideas fuerza”) para explicar y justificar los objetivos de la iniciativa de celebración de esta Feria en Sevilla, que, no olvidemos, nació con carácter comercial. En la solicitud dirigida a la reina se explicaba que “esta Feria lleva el doble objeto de promover las transacciones mercantiles…y dar aliciente a los labradores y criadores de ganado para mejorar sus productos”, y debía tener lugar en Sevilla pues “…por su población, su influencia y la posición que ocupa, puede reunir todas las noticias tanto de los adelantos que se inventan… como de las necesidades de todos los mercados”.
Curiosamente entre las justificaciones señaladas para la solicitud de autorización de la Feria en 1846 se hablaba de “recuperación” de la Feria de época medieval, basándose en un permiso para celebrar mercado o Feria otorgado a Sevilla por Alfonso X el Sabio. Habían sido numerosas estas ferias y mercados ya desde el siglo XII: como las de Valladolid, Sahagún, Palencia, Cuenca, Cáceres… y Alfonso X autorizó el 18 de marzo de 1254 dos ferias mercantiles anuales en Sevilla: una en abril y otra por San Miguel o sea en septiembre:
“Doles é otórgoles para syenpre, que fagan en Sevilla dos feryas: la primera, que sea por cinquesma, quinze días ante o quinze días después; e la segunda ferya, que sea por la Sant Miguel, quinze días ante o quinze después”
El resultado de todas las gestiones y solicitudes de Ybarra y Bonaplata llevadas a cabo en 1846, incluyendo las recomendaciones de personas influyentes, fue que el gobierno de la nación de la época dio su autorización mediante la Real Orden firmada por la Reina el 5 de marzo de 1847, y así la Feria de Sevilla se celebraría por primera vez los días 18, 19 y 20 de abril del mismo año.

Feria de Sevilla, una de las primeras fotografías. ICAS, fondo Serrano.
La Semana Santa de 1847 había tenido lugar los últimos días de marzo y primeros de abril con un tiempo inseguro, en el que no faltaron las lluvias y ni siquiera la amenaza de inundaciones, pero nada iba a disminuir el entusiasmo de los sevillanos para concurrir a la nueva Feria.
Los actos comenzaron ya en la víspera de la propia Feria, el 17 de abril, (¡cuánto nos gusta una víspera en Sevilla!), con una exhibición de ganado en la Plaza de Toros de la Maestranza de Caballería, institución que la prestó para este fin. Esta exhibición fue amenizada por una banda de música mientras se presentaban ganados selectos y ejercicios de caballistas (con premio de unas espuelas de plata para el mejor) delante de un jurado.
El día 18 de abril se inauguró la Feria en el Prado de San Sebastián, aún sin las casetas particulares que se instalarían en años posteriores, cuando se seguiría para comenzar a levantar casetas el ejemplo de los Duques de Montpensier y del Ayuntamiento, principalmente. Estas casetas de la segunda mitad del siglo XIX serían de muy variadas apariencias y estilos… las hubo de todos los tamaños, decoraciones y formas (incluso circulares o como pabellones orientales). Hasta 1919 no se conseguiría cierta uniformidad en dicho estilo, basándose en el diseño del pintor Gustavo Bacarisas.

Francisco Leygonier, caseta de los Duques de Montpensier en la Feria de 1859.
Museo de Bellas Artes de Sevilla
Los lugares de descanso de los asistentes a la Feria en sus primeros años de celebración se limitaban a unas filas de sillas, cubiertas con grandes toldos o “velas” (como siempre los hemos llamado en Sevilla). Estas sillas eran instaladas delante de la Puerta de San Fernando, la más reciente de las murallas de Sevilla y que aún se levantaba (fue derribada en 1869) al final de la calle Nueva de San Fernando. Además ya en esos años iniciales se dispusieron puestos o tenderetes de diversos objetos y de productos alimenticios, sin faltar vinos (de Sanlúcar y Villanueva, los aguardientes y guindas…en Palabras de Chávez) y los buñuelos de las gitanas, presentes en la Feria desde sus comienzos.
Otro cronista sevillano, José Velázquez y Sánchez, (Anales de Sevilla: reseña histórica de los sucesos políticos, hechos notables y particulares intereses de la tercera capital de la monarquía, metrópoli andaluza de 1800 á 1850) nos cuenta detalles curiosos esta primera Feria de Sevilla. Nos habla del concurso de ganado con premios a “toros, bueyes, carneros, caballos sementales y yeguas”, que podían pastar “en Tablada y el Prado de San Sebastián, (donde) se construyeron dos abrevaderos o pilones en San Bernardo y frente al foso de la Fábrica de Tabacos, situándose un café y repostería en tienda espaciosa para comodidad de tratantes corredores y dependientes de los ganaderos”.
Vemos ya desde sus inicios la existencia de la idea de diversión y sociabilidad en la Feria, aquello de “tomar algo” mientras se hacían los tratos y negocios, pues evidentemente era un recurso que los facilitaba. De esta forma “se establecieron (…) puestos de juguetes, frutas y dulces, y en la acera del Prado, desde el Tagarete hasta San Bernardo, las tiendas de buñolería, bodegones y tabernas; hallándose acomodadas en la calle Nueva (San Fernando), en zaguanes de sus casas, joyerías, roperías, despachos de efectos de modas, novedades y exhibiciones”, no faltaba nada para la diversión de los asistentes a la Feria, incluso se celebró una corrida de ocho toros.
En 1848 las fechas de celebración de la Feria, que también se extendió por tres jornadas, coincidieron con los primeros días de Semana Santa. No juzguemos el hecho según nuestro complicado presente de horarios e itinerarios de cofradías, porque el Domingo de Ramos sólo hacían estación de penitencia dos hermandades (Amor y Amargura) y Lunes y Martes Santos no salía ninguna, no hubo por tanto ningún problema.
Un dato curioso es que ya muy tempranamente se pensaba en el traslado de la Feria, que además iba cada vez más acrecentando su lado lúdico sobre el comercial. Así, en el año 1856 se pensó en trasladar la Feria al Campo de Marte (entre Plaza de Armas y la Barqueta). Rápidamente la alta burguesía y la nobleza se implicaban más en la organización y en disfrute de la Feria, sobre todo desde la visita de la reina Isabel II, con ello la Feria va adquiriendo prestigio social y carácter de centro de diversión ciudadana. En 1858 la Feria ya tenía más de cien casetas, y desde la calle San Fernando, a la Enramadilla y hasta la puerta de la Carne, se encontraban numerosos puestos de comidas, bebidas y toda clase de objetos como telas o juguetes, como hemos mencionado.
La Feria nacida como mercado de ganado cedía su espacio a la fiesta. Desde ese momento se comienzan a explotar sus posibilidades como polo de atracción de los visitantes, de un incipiente turismo, presentándola como elemento representativo de la ciudad.
Así en 1890 se edita el primer cartel anunciador de la Feria de Abril verdaderamente artístico y no solo con una relación de actos y festejos (fue realizado por el pintor García Ramos) y en 1896 se inaugura la Pasarela, factor llamativo del recinto ferial. Esta construcción de hierro, tan innovadora para la Sevilla del momento, le dio tanto carácter a la zona que aún se la recuerda y da nombre al lugar donde se levantaba (aunque se vendería como chatarra en 1921). La Pasarela para toda una generación de sevillanos fue testigo de “los mejores tiempos”, como decía mi abuelo Miguel.

García Ramos, cartel de la Feria de 1890

La Pasarela en la Feria de 1899
Con el siglo XX la Feria va haciéndose cada vez más famosa, pero aunque paulatinamente había ido perdiendo su carácter comercial de feria de ganados oficialmente no se deslindaría de ello hasta mediados del siglo XX. Se extienden los días de celebración, que en 1914 ya son cinco, y la visitan personajes famosos e ilustres, recibiendo a los reyes Alfonso XII y Victoria Eugenia en 1916.
Si la Feria sevillana actual no tiene nada en común con las ferias de mercados del siglo XIII o del XV, tampoco es hoy la que pensaron los promotores de la Feria de 1847. Como decimos muy tempranamente y de forma acelerada la diversión, el festejo, lo lúdico fue ganando terreno a lo económico, a lo comercial ganadero. Hoy el negocio que genera la Feria es muy distinto.
Esta Feria de Sevilla, que ha aguantado y sobrevivido a calamidades y guerras, que se ha adaptado a nuevas costumbres y modas, tiene además una historia llena de curiosidades, y de elementos característicos de sus primeros años de celebración que han pervivido de una u otra forma.
Como el uso del caballo y de los enganches, ahora espectáculo y antes medio de transporte habitual. O el famoso “encendido” que se inicia en 1896 con la iluminación en la Pasarela, en la que había un quiosco con globos blancos encendidos durante los días en los que se celebraba la Feria, esto fue el antecedente de la Portada y del dicho “encendido”.
Otro ejemplo es el “real”, como se ha venido llamando a su recinto de celebración. Esta denominación deriva del hecho de que desde la Edad Media (época de Ferias de comercio en muchas ciudades, como hemos visto) era un privilegio otorgado por reyes, y de ahí la palabra "real" con la que se conocía dicho recinto. Esto nos da ocasión para señalar un ejemplo típico de la picaresca: en 1893 el Ayuntamiento prohibió que los cocheros de punto (o sea de coches de alquiler) pregonaran sus servicios diciendo "al real" ya que los clientes incautos creían que hablaban del precio… aunque cuando llegaban al destino les cobraban dos reales.
En el año 1859 se canalizó en parte del arroyo Tagarete, que discurría cerca del recinto ferial del Prado de San Sebastián, lo que posibilitó la ampliación del recinto y separar la zona dedicada al comercio ganadero de la propiamente festiva con los tenderetes de buñuelos, comidas y vinos, que se alineaban hacia la Enramadilla, donde se instalaron más de doscientos de estos tenderetes o puestos. Solo se expedían bebidas comidas y se vendían objetos en los tenderetes fijos pues estaba prohibida la venta ambulante… en teoría.
La Feria iba evolucionando rápidamente, en 1864 tuvieron lugar los primeros fuegos artificiales, en 1874, el recinto contaría ya con alumbrado eléctrico y en 1877 por primera vez con farolillos de papel, algo que en nuestros días es una característica fundamental del adorno de la Feria, la idea surgió para la visita de Isabel II a la Feria en los años en que ya reinaba su hijo Alfonso XII.
Estos son ejemplos de elementos supervivientes de los primeros años de la Feria, que ha cambiado enormemente. Ya en el siglo XIX el poeta Bécquer se lamentaba, pues detestaba la música y en general la moda a lo francés que había convertido la Feria en “un enorme teatro” hecho para el gusto del visitante, en algo que hoy llamaríamos… un parque temático. En Sevilla como en cualquier sociedad nada nuevo hay bajo el sol.
“… al hablar de la Feria sevillana…no todo sea repetir elogios y
echar a volar la fantasía…”. Manuel Chávez Rey, 1914
Reyes Pro Jiménez
Historiadora y bibliotecaria
