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Advocaciones marianas de Gloria de la Colegiata del Salvador (II). José Roda Peña


 Virgen del Voto. La devoción y el culto continuado a la Concepción sin Mancha de María en el seno de la Hermandad Sacramental del Salvador se remonta a los años fundacionales de la citada corporación eucarística. De hecho, en su primitiva Regla aprobada el 2 de junio de 1543 por Juan Fernández, Provisor y Vicario General de Sevilla y su Arzobispado, se consagra todo el capítulo treinta y ocho a tratar de la fiesta de Nuestra Señora de la Concepción. Allí se expresa cómo con anterioridad a la citada erección canónica ya existía un buen número de hermanos que consagraban todos los miércoles del año una Misa cantada en honor "de la Limpia Concepción de Nuestra Señora en el altar donde está la ymagen", habiéndola dotado con munificencia hasta entonces. A estas celebraciones semanales pronto se unieron otras de carácter anual, coincidiendo con la festividad de la Concepción. Ello pudo llevarse a efecto gracias a las dotaciones y mandas testamentarias que, con dicho objeto, y desde fines del siglo XVI, instituyeron cofrades y devotos en favor de la Hermandad.

Un verdadero hito en la historia inmaculadista de esta Archicofradía Sacramental lo constituye sin duda el voto o juramento público que sus miembros pronunciaron el 1 de junio de 1653, Pascua de Pentecostés, en defensa del misterio concepcionista. Este juramento, del cual nos queda testimonio impreso, se hizo para "sentir, afirmar, publicar y defender, en quanto alcançare nuestra capacidad, y sabiduría, que la siempre Virgen María, Nuestra Señora Madre del hijo de Dios, en el instante primero de su generación natural, fue concebida, limpia, y sin mancha de pecado, que fue privilegiada, libre, y exempta de la culpa original, por los méritos, passión y muerte de su santíssmio Hijo, Iesuchristo, Nuestro Señor...". No se trata, por tanto, de un voto de sangre como el que 38 años antes había proclamado la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla (vulgo "El Silencio"), en el que se juraba dar la vida si ello fuere preciso por defender esta misma creencia. Lo que sí se afirma, en cambio, es el carácter vinculante de dicha promesa, de tal manera que ningún individuo podría ingresar en las filas de la corporación "de aquí adelante para siempre jamás... sin que el mismo día que aya de ser admitido en ella, haga el mismo voto, y juramento". Asimismo, y quizás sea ésta la decisión más trascendental, se estableció el rememorar anualmente este piadoso acto con una fiesta consagrada a la Purísima, "que sea memoria de los venideros, deste nuestro Iuramento y público testimonio de el voto que a su limpieza original oy le consagramos", que rápidamente se convirtió en la principal de la Hermandad, acaeciendo regularmente el segundo día de Pascua de Pentecostés.

Al calor de este renovado fervor concepcionista, la Cofradía del Santísimo Sacramento decidió adquirir en 1654 una efigie mariana, a la que desde finales del siglo XVII otorgaron el título del Voto, pagándose por su hechura 300 reales a un escultor cuya identidad desconocemos. La efigie de Nuestra Señora del Voto es una imagen de candelero para vestir de tamaño natural (1.57 ms.), erguida y concebida para procesionar. Toda la talla, en madera policromada, queda imbuida de una severa majestad, resaltada por su marcada actitud hierática y acusada frontalidad. El óvalo craneano presenta los mechones del cabello ligeramente señalados partiendo de una raya central, pues la cabeza está pensada para lucir cabellos naturales. Las orejas acusan un intenso naturalismo, quedando horadadas por sendos pendientes. El rostro de la Virgen, con la mirada ligeramente entornada y los labios cerrados, se presenta como ensimismado en los pensamientos que le produce la lectura del libro devocional que porta entre sus manos. Desde el punto de vista iconográfico, la imagen no presenta todos los atributos que antaño insistían en su talante concepcionista, caso de la desaparecida ráfaga de plata con pedrería de Ginebra, labrada en 1694, o de la argéntea luna, también perdida, que se situaba a sus pies. Afortunadamente, sí se conservan otras piezas muy representativas de su importantísimo ajuar, tales como un vestido -compuesto de vistas de sobremanto, corpiño, saya y mangas- bordado en oro, plata y sedas sobre lamé por Frutos García en 1677, un manto bordado en 1687 por Felipe de Morales en oro sobre tisú celeste y dos coronas de plata: la más antigua, cincelada en 1689, está sobredorada y cuenta con piedras falsas engastadas; la segunda, de estilo rococó, está punzonada por el orfebre zaragozano José Alexandre y Ezquerra en 1771.

A pesar de haber ocupado desde siempre un lugar preferente en el interior de la Capilla Sacramental, la imagen de Nuestra Señora del Voto se sitúa desde hace unas décadas, por imperativos litúrgicos, en la embocadura de dicho recinto, venerándose en el lado del Evangelio del colosal retablo-portada ensamblado por el portugués Cayetano de Acosta entre 1756 y 1760. Además de los cultos de Pentecostés, la efigie mariana preside el altar que todos los años instala la Hermandad Sacramental de Pasión en la puerta principal del templo parroquial, al paso de la procesión del Corpus Christi.

Nuestra Señora del Rosario. El auténtico impulsor de esta devoción en la Colegiata del Salvador fue el canónigo José Navarro, quien el 13 de enero de 1668 vio cumplido su deseo de entronizar una imagen de Nuestra Señora del Rosario, de propiedad familiar, en la capilla del Obispo de Tiberia. En junio de ese mismo año y para este mismo recinto, los devotos que allí se reunían para rezar el Santo Rosario costearon un retablo, parte de cuya ensambladura se aprovechó para el actual de Santa Ana.

A partir de 1670 podemos considerar formalmente erigida la Congregación de Christo Crucificado y de Nuestra Señora del Rosario, que a finales del siglo XVII llegó a organizar diariamente dos rosarios públicos, el primero de "prima noche" y el segundo de madrugada, amén de celebrar la fiesta de la Invención de la Santa Cruz el 3 de mayo. Dicha Congregación, en virtud de las Reglas aprobadas por el Real Consejo de Castilla el 21 de agosto de 1829, se transformó en la Muy Ilustre Hermandad de Cristo Señor Nuestro Crucificado y María Santísima del Rosario. Tras una serie de altibajos en la vida corporativa, ésta se sumió en la más triste postración a finales de la centuria decimonónica, llegando incluso a pedirse la fusión con la Archicofradía Sacramental en 1883, la cual nunca llegó a ratificarse por parte de la autoridad de la autoridad eclesiástica, pero que sí debió consumarse de hecho, pues el patrimonio documental y artístico de la Hermandad rosariana pasó a depender desde entonces de aquélla.
La imagen que fue titular de la corporación rosariana fue ejecutada en 1779, muy probablemente por el escultor Cristóbal Ramos. La Virgen aparece erguida (1,50 m.), llevando al Niño Jesús sobre la mano izquierda y portando el cetro y el rosario en la diestra. Ambas figuras están modeladas en barro, después cocido y policromado, material característico en la producción de Ramos. Los rasgos que configuran la faz mariana nos remiten indefectiblemente a los de otras creaciones suyas: frente amplia y despejada, finas cejas arqueadas, ensoñadores ojos de cristal tamizados por pestañas postizas, nariz recta, labios cerrados que dibujan una dulce sonrisa, barbilla redondeada provista de grácil hoyuelo y suave papada. El óvalo del rostro se enmarca por una abundante cabellera que cae en expresivas ondas dejando al descubierto buena parte de lo pabellones auditivos. La encarnadura es de una exquisita palidez que adquiere tonos sonrosados en mejillas, labios y barbilla.

La juguetona actitud del Niño (0.40 m.), de movimiento contrapuesto entre la cabeza y torso con respecto a las piernas, es asimismo un lugar común en las anatomías infantiles plasmadas por Cristóbal Ramos. Como es habitual, sostiene la bola del mundo en la mano izquierda, al par que bendice con la diestra.

En la nueva Colegial, la Virgen del Rosario siempre presidió el retablo ubicado en la cabecera de la nave de la Epístola. Primero fue uno realizado poco después de la inauguración del nuevo templo, dorándose en 1718 por Damián de Torres y sufriendo una importante remodelación en 1779 para poder colocar en el mismo la nueva hechura mariana. En 1850 se estrenó otro, neoclásico, tallado por Antonio López y Salvador Gutiérrez, que fue pintado y dorado por Fernando Gil. Este último fue sustituido en 1870 por el que había sido retablo mayor de la clausurada parroquia de Santa Lucía, una obra fechable en torno a 1775 que desde 1922 alberga las imágenes titulares de la Hermandad del Amor.

Por desgracia, debemos lamentar la pérdida de esta señera advocación mariana dentro de la parroquia del Divino Salvador, ya que en 1987 la Hermandad Sacramental de Pasión cedió en depósito esta imagen de la Virgen del Rosario al Asilo de Cristo Rey, de la localidad sevillana de Pilas.

Nuestra Señora del Carmen. En 1822 encontró acomodo en las gradas del Salvador la Hermandad de la Virgen del Carmen, después de que en enero de 1820 se derribara la casa de la calle Sierpes, en cuya fachada había un altar donde se venía dando culto público, probablemente desde el siglo XVII, a una imagen de la citada advocación, primero en lienzo y después de escultura. A la mencionada corporación se le aprobaron unas primeras Reglas en 1735 y otras con posterioridad, en 1795, esta vez por el Consejo de Castilla.

En el mes de agosto de 1822 se asignó a la corporación una pequeña capilla, que en ese momento se encontraba tapiada, sita en un ángulo de la fachada principal de la Colegiata, de donde antiguamente salía un Rosario de madrugada. La recoleta construcción hubo de ser remozada a costa de la Hermandad, haciéndose cargo de la obra el maestro José Moreno. El traslado de la efigie a su nuevo emplazamiento se verificó el 15 de diciembre de ese mismo año.

La escultura titular, de talla completa, y tamaño inferior al natural, data, según parece, del año 1816. La Virgen se presenta erguida, sosteniendo al Niño Jesús sobre su mano izquierda, mientras porta el escapulario en la contraria. Al restaurarse la capillita en 1992, se desmontó y destruyó su retablito neoclásico, lo que ha dificultado la reposición al culto de la imagen mariana, que todavía permanece en la sacristía alta de la parroquia.

Sobre una repisa situada junto al retablo de San Fernando, se expone otra efigie de la Virgen del Carmen, también de pequeño formato (0.87 m.), ejecutada en terracota y telas encoladas, que relacionamos con el quehacer del notable barrista Cristóbal Ramos, en la segunda mitad del siglo XVIII. Su Niño Jesús fue robado no hace muchos años, habiendo sido sustituido por un flojo simulacro de Olot.

Virgen de la Medalla Milagrosa. La mediocre y moderna escultura de la Milagrosa se halla cobijada en la hornacina central de un elegante retablo marmóreo instalado en el corredor que primitivamente conducía a la Sacristía de capellanes, espacio cedido en 1922 a la Cofradía del Santísimo Cristo del Amor para sus dependencias. En realidad, dicho altar constituye el tramo central del antiguo trascoro construido por el cantero estepeño Julián del Villar a partir de 1781, respondiendo en su articulación arquitectónica a la sintaxis del lenguaje neoclásico.

Por lo que respecta a la imagen de la Virgen, sabemos que fue donada en 1930 a la Hermandad del Amor por sus cofrades José María Candau Corbacho y Antonio Romero Bennetot., llegándosele a consagrar algún que otro Triduo en el mes de noviembre. La iconografía de la Milagrosa, o de la Medalla Milagrosa, deriva de la visión que tuvo en 1830 Santa Catalina Labouré, religiosa de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, cuando se le apareció la Virgen vestida de blanco y celeste, con el globo terráqueo a los pies, hacia donde dirige sus manos de las que se desprenden sendos haces radiantes de luz, como símbolo de las gracias dispensadas.

Foto: Juan Alberto García Acevedo









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