Arte Sacro
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Triana de Esperanzas Coronadas. Juan Manuel Labrador Jiménez


Huele a mar por las calles al despuntar la mañana. El fresco aroma del viejo río Betis sube hasta el ambiente mañanero del barrio, que se engalana con los colores de fiesta. No está marcada la jornada en el calendario con tonos rojizos, pero en el alma se sabe que es un día grande, en el que se volverá a mostrar todo el encanto y la magia que se esconde en ese único lugar en el que, por peculiar que es, las avellanas pueden ser hasta verdes, como la Esperanza... 

¡Qué distinta se hace la vida con tan sólo cruzar el puente! El sevillano deja contagiarse de un júbilo que aflora a borbotones cuando se dice –sencillamente– Triana, porque allí, todo es diferente, todo tiene su misterio, ese que nos cautiva y nos atrapa en esa tierra en la que atracaban los barcos que zarpaban para las Indias. 

Tiemblan las aguas del Guadalquivir, porque volverán a ser testigo de un acontecimiento único del antiguo arrabal... El embrujo de la gracia se agarra a los balcones del Altozano, y el carmelitano faro que soñara Aníbal González dará luz cuando llegue la noche, y las sienes de una mujer deslumbren nuestra visión ante el resplandor de llamas de oro de una presea en la que dos ángeles sujetan la cruz de la vida. 

Dijeron una vez que Triana es un espacio de la urbe que se doctora en Esperanzas, y la voz de un joven gritó hace poco en la Catedral que todo es posible en el mundo, si ese mundo está Triana... Quizás sea éste el recinto más parecido a la gloria celestial, donde todo ocurre sin que se le pueda buscar explicación. 

Hace 23 años, una leyenda recorría de punta a punta las casas del vecindario, porque se sabía que estaba “Triana con su Esperanza”, porque la Señora del barrio se fue con su cabeza sólo cubierta por un tocado, pero regresaría coronada por la brisa de la corriente de la devoción más profunda. No podemos hallar explicación alguna, pero nuevamente, un 2 de junio, Triana vuelve a coronar a la Esperanza, Aquella que en cierta ocasión definieron como suspiro risueño y leve que encerraba mucho amor dentro de un nombre tan breve: O. 

Decir Triana es referirse a la Esperanza, al alfa y al omega de un Viernes Santo que comienza con la morenez gitana de una Virgen que sale a conquistar corazones de madrugada, y termina bien entrado el Sábado Santo, cuando la niña más dulce de la calle Castilla se lleva consigo el último sorbo de la Semana Santa trianera. 

En esta sociedad asqueada por la miseria espiritual, por el materialismo, por el único pensamiento basado en el “yo” y en el “para mí”, sin acordarnos de los que tenemos a nuestra vera, es, sin duda, un logro significativo que en Triana vuelva a coronarse a la Esperanza. Que no quede todo en la oscura belleza de una magnífica liturgia, ni en el emocionado llanto que se derrama surcando nuestras mejillas, sino que captemos claramente el mensaje, y es que si se corona doblemente la Esperanza en el barrio de Triana, es porque verdaderamente creemos en Ella, y pregonamos su mensaje entre todos nuestros semejantes.









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