Ruperto Fernández Martínez, costalero de Sevilla. Luis Francisco Pérez García
Es Ruperto un hombre hablador, y aunque está a punto de cumplir 77 años presenta un excelente aspecto, aparentemente bien conservado, luce su pelo cano bien repeinado, y en sus ojos brilla aún la vivacidad y la inteligencia, la misma con la que se expresa cuando expone retazos de las vivencias que aún conserva nítidas en su memoria y en su corazón.
A pesar de su buen aspecto exterior, Ruperto se queja del mal trato al que ha tenido que someter su cuerpo durante toda una vida de trabajo, esfuerzos y penalidades. Tiene dolores en las piernas y sus manos están marcadas por las deformidades de la artrosis. En su cerviz, que enseña con cierto orgullo, la marca indeleble del costal, pero de eso hablaremos más adelante.
Su vida no ha sido nada fácil. Nació en Mairena del Aljarafe, único varón entre seis hermanas. Su padre, Manuel, trabajador de jornadas imposibles, se las veía y deseaba para sacar adelante a su numerosa prole, era hombre de ideas izquierdosas, por eso le llamaban en el pueblo “El Romanones” (lógico, aquello olía a ruso y, además, a político), razón por la que fue detenido en el año 37.
Ruperto recuerda aquella noche, teniendo él apenas tres años, que estaba con su padre en el colchón que la madre sacaba al umbral de la casa en las calurosas noches de verano, cuando se presentó la pareja de la Guardia Civil.
- Manuel, tienes que acompañarnos. Pero ponte delante de nosotros para que no parezca que vas detenido.
Tal era la buena fama de Manuel y las simpatías que despertaba en el pueblo, que los guardias quisieron evitar cualquier posible alboroto.
Lo llevaron a la cárcel de Sevilla, con posteriores traslados a Santoña, Alicante y a Valdemoro. Seguramente se libró del paredón por su buen talante y porque la familia tenía algún conocimiento en las sacrosantas esferas del poder de aquel nuevo orden.
Ruperto recuerda que la madre, ante las reiteradas peticiones del padre, lo llevó un día a la cárcel a verlo. Al principio, no lo reconoció, el hombre que estaba detrás de los barrotes tenía un extraño gorro militar, pero cuando se lo quitó el niño irrumpió en un desconsolado llanto al ver a su padre en tan lamentable estado. Todo el mundo rompió a llorar, hasta el guardián que estaba presente, el cual conminó a la señora para que no llevara más al niño: “- Señora, sufre el niño, sufre el padre y yo también sufro al ver estas escenas”
Finalmente, Manuel fue liberado en Valdemoro, en el año 43, después de seis años de prisión, durante los que vivió grandes penalidades y tuvo que presenciar incluso ejecuciones de algunos de sus compañeros.
Estos recuerdos aún los tiene grabados Ruperto en su corazón, al igual que otros trances sufridos. De niño pobre merodeador de sembrados en busca de algo que llevarse a la boca, siempre con el temor de la fusta amenazadora del poderoso a caballo, de joven trabajador a destajo y bracero de jornales injustos, de los veinte años trabajados a brazo partido en la arrocería de San Juan, y cuyos humildes ingresos tenía que complementar (su prole estaba compuesta por 6 hijos) alargando hasta el límite de sus fuerzas las jornadas, ejerciendo de cargador en el muelle de Sevilla, donde las “peonás” a veces se alargaban hasta bien anochecido.
A pesar de este sufrido historial, Ruperto no alberga amargura ni rencor en su corazón. “Es lo que me ha tocado vivir, no había mas remedio que sacar adelante a la familia”. No reniega de aquellos tiempos, al igual que tampoco critica o compara los tiempos actuales. No se puede ser más noble de corazón.
Y, sobre todo, recuerda con un brillo de satisfacción en su mirada que no puede ocultar, sus años de costalero de Sevilla.
Cuando tenía 24 años (corría el año 58), para complementar sus ingresos (él ya conocía en sus carnes el dolor del pluriempleo), y también seguramente porque le gustaba (aunque esto él no lo confiesa, pero sólo hay que ver cómo se anima al referirlo), consiguió ser admitido en la cuadrilla de Salvador Dorado “El Penitente”.
Bajo sus órdenes se mantuvo durante 28 años, cifra que cita con verdadero orgullo. Periodo en el que acumuló mil vivencias y en el que (cito textualmente) abusó de sus fuerzas, por eso los dolores que hoy en día le aquejan.
Cada Semana Santa de aquellos años sacó un promedio de nueve cofradías. Para ello, el encargado de la arrocería le concedía “el favor” durante esos días de asignarle un horario de 6 de la mañana a 2 de la tarde (no eran tiempos de vacaciones, ni por supuesto de quejas a sindicatos).
Ruperto se desplazaba a Sevilla con su bicicleta, que dejaba “aparcada” en las dependencias de la hermandad, ó en las inmediaciones de la iglesia. Está claro que después de una dura jornada laboral que le obligaba a levantarse a las 5 de la mañana, de un recorrido en bicicleta de más de 10 kilómetros (la mayor parte del cual por aquella carretera estrecha, mal asfaltada y rodeada de olivos que entonces comunicaba Mairena con Sevilla), de llevar un paso durante 5 ó 6 horas (en los recorridos más cortos) y de volver a Mairena en bicicleta, es imposible poner en duda la fortaleza y voluntad de este hombre, y hay que darle toda la razón en lo del “abuso al cuerpo”.
Así durante 28 años, sacando estas cofradías, que Ruperto cuenta con sus dedos deformados y con el corazón en su mirada:
- El Viernes de Dolores, la Sed
- El Domingo de Ramos, el Amor
- El Lunes Santo, San Gonzalo (12 horas en la calle)
- El Martes Santo, la Bofetá
- El Miércoles Santo, San Bernardo (otras 10 ó 12 horas)
- El Jueves Santo, los Negros (conservo su propia terminología)
- La Madrugá, los Gitanos (otras10 horas)
- El Viernes tarde, la Carretería
- El Sábado Santo, el Santo Entierro de Dos Hermanas.
Está claro que los días festivos no tenía que trabajar en la arrocería (¿ó si?). Aunque en esos días hay que añadir el sobrehumano esfuerzo del maratón de casi 30 horas que empezaba al sacar a los Negros y terminaba encerrando a la Carretería. Él refiere que entre Los Negros y Los Gitanos, echaba “una cabezaita”, en el suelo, usando “la ropa” como almohada (¿en la sacristía?, no creo, quizás allá en la habitación del fondo del “Uno de San Román”)
Ruperto era un hombre muy querido por El Penitente y por los propios compañeros de la cuadrilla, y muy fuerte en la trabajadera, pues a pesar de no ser muy alto (aún no eran tiempos de costaleros grandes y musculados) solía llevar pasos de cristo, de costero, en segunda fila, y en más de una ocasión, refiere, permitía aliviarse a su fiador, lógicamente a costa de sus riñones. Con especial orgullo recuerda “lo que pesaban aquellas patas de león de la Carretería”.
En una ocasión a Ruperto le robaron la bicicleta durante una estación, y tuvo que volver a su casa andando. Cuando se lo contó a Salvador, éste le prometió ayudarlo, y a los pocos días le llevó otra bicicleta “que, por cierto, no era nueva”, comenta con cierta socarronería. En otra ocasión, tuvo que volver a su casa andando desde Dos Hermanas, llegó a las cuatro de la mañana. Sin embargo no se queja de estas cosas, “eran cosas de aquellos tiempos”.
Salvador también le hizo favores que él no puede olvidar, como en aquella ocasión que la Guardia Civil cogió a uno de los hijos de Ruperto cazando pájaros con trampa. Cuando recibió el oficio en el que la autoridad amenazaba con un posible arresto del muchacho, Ruperto, a falta de otro conocido más importante, recurrió al Penitente, quién le recibió interesado, y le dijo que le dejara el papel y que “él se encargaría”, “vete tranquilo y no te preocupes más de este asunto...." y, “hasta hoy”.
Por eso, y por su fidelidad innata a Salvador y su cuadrilla, Ruperto no aceptó la propuesta de “fichaje” que un día recibiera de Alfonso Borrero, una tarde cuando estibaba en el Muelle
También recuerda Ruperto cuando los costaleros empezaron a ser hermanos no profesionales. La vieja cuadrilla estuvo varios años yendo como relevo de los hermanos costaleros, “por si pasaba algo, ellos estarían allí”. Principalmente, refiere, con Los Negros estuvieron así durante tres ó cuatro años.
Tal era el cariño que había entre el capataz y Ruperto, que incluso después de dejar el costal, ha recibido muestras de afecto y homenajes, y cuando Salvador cayó enfermo, Ruperto le visitaba.
Los últimos años de Salvador estuvo sacando a la Virgen del Rosario de Mairena del Aljarafe, y llevaba a Ruperto de contraguía, hasta que un día le dejó la responsabilidad de que fuera él el capataz. En la primera salida, ya mandando Ruperto, estaba siempre cerca Salvador, quién se permitió aconsejarle, a lo que Ruperto le contestó que ahora mandaba él, y que no se metiera. Eso lo aceptó Salvador de buen grado.
Este puñado de memorias, breve crónica de la meritoria vida de un buen hombre, ha sido llevado al papel por un aficionado escritor, y se ha basado en los comentarios durante los desayunos que ha tenido el honor de compartir con Ruperto en el bar de su hijo Ruper, en Mairena del Aljarafe
Pretende ser en su humildad un sincero homenaje de respeto y admiración a la persona de Ruperto, como costalero y como hombre de bien. Al mismo tiempo, es una cariñosa felicitación por ser como es, por su valentía en todos los órdenes de la vida, por su fortaleza y su espíritu de sacrificio.
Y, sobre todo, también es una felicitación, emocionada y especialmente sentida por el que escribe, por haber tenido la inmensa gloria de llevar sobres sus hombros toda la bendita belleza y gracia de nuestra Semana Santa.
Ruperto, Costalero de Sevilla, que no cabe título mejor ni más grande que este que tú te has sabido ganar a pulso. ¡Dios te bendiga!.
LFP – Verano de 2.009
