13 de noviembre. San Diego de Alcalá
Arte Sacro. La función en honor de San Diego de Alcalá, con motivo de su onomástica, será en la Parroquia del mismo nombre en el barrio del Plantinar, el próximo domingo día 15 a las 12 horas.
Será presidida por Geraldino Pérez Chávez, director espiritual de la Hermandad del Sol.
La imagen
La talla de San Diego que copreside el altar de dicha Parroquia, es una bellísima imagen de tamaño académico, procedente de la Iglesia Colegial del Salvador.
José Antonio Infante Florido, q.e.p.d., Párroco del Divino Salvador, después Obispo de Gran Canaria y más tarde de la Diócesis de Córdoba, cedió dicha imagen a esta Parroquia, en calidad de depósito.
Parece ser de finales del siglo XVII o principios del XVIII y está realizada en madera de cedro.
Tiene un hermosísimo estofado que en un futuro no muy lejano deberá ser restaurado para que se aprecie en su totalidad el magnífico trabajo realizado en el ropaje.
Su historia
Se designa a San Diego con el toponímico de Alcalá de Henares, en lugar del nombre de la villa que lo vio nacer de San Nicolás del Puerto, en la provincia de Sevilla.
Hacia fines del siglo XIV, sin que sea posible concretar más la fecha, nació de humilde familia pueblerina el niño que había de llevar junto a su nombre en documentos reales y bulas pontificias el nombre del lugar que le vio nacer: San Diego de San Nicolás.
El hecho al que he aludido al comienzo de estas líneas de que se le designe como San Diego de Alcalá no tiene más explicación que el haber sido la ciudad complutense su última residencia terrenal, lugar de su sepulcro hasta el presente.
De San Nicolás pasa a un lugar cercano a la villa para ponerse bajo la dirección espiritual de un santo sacerdote ermitaño, el primero que cultiva sus ansias generosas de total entrega de servicio a Dios. De allí, confirmada su voluntad de consagración al Señor, se traslada a Arrizafa, cerca de Córdoba, en cuyo convento profesa como fraile lego en los Menores de la observancia franciscana.
Desde este lugar comienza su itinerario limosnero y misional por incontables pueblos de Córdoba, Sevilla y Cádiz, dejando detrás de su paso una estela de caridad y milagros que aún pervive en las tradiciones lugareñas de no pocos de esos pueblos.
Pero el humilde fraile de «tierra adentro» había de enfrentarse, en su constante caminar, con las rutas del «mar océano», empresa en aquellos tiempos ni corta ni común.
Las Islas Canarias, especialmente Fuerteventura, son ahora la meta de su itinerario misionero en calidad de guardián, para lo que fue designado hacia el año 1449.
Su paso por las Islas Afortunadas quedó también marcado por obras maravillosas de apostolado y de caridad.
Vuelto a la Península hacia el año 1450, en ocasión del jubileo universal proclamado por la santidad de Nicolás V, su piedad mueve sus pies camino de Roma para lucrar las gracias de aquel jubileo.
Después de varios meses de peregrinar llega a la Ciudad Eterna al tiempo de la canonización de San Bernardino de Sena, cuyo acontecimiento, al congregar en Roma varios miles de religiosos franciscanos, había de ofrecer otra oportunidad a su celo y caridad ardiente con motivo de una epidemia habida entre los peregrinos llegados de varias partes.
Fue el convento de Santa María de Araceli el lugar de su residencia durante tres meses. Vuelve a España.
Y después de un tiempo en el convento castellano de Nuestra Señora de Salceda, llega en su última etapa terrenal a Alcalá de Henares, en cuyo convento de Santa María de Jesús había de vivir los últimos años de su vida mortal para nacer a la gloria y a la santidad de los altares.
Así se consumaron las etapas del itinerario de San Diego de San Nicolás, quien entró en la inmortalidad bienaventurada el 13 de noviembre de 1463 en Alcalá, y en la gloria de los altares en 1588, bajo el pontificado de Sixto V, culminando el proceso introducido por Pío IV en tiempos de Felipe II.
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