Arte Sacro
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Puerta Osario. Juan Romero. Álvaro Pastor Torres


 Sonaban en lontananza los cohetes que anunciaban la vuelta a la ciudad de los rocieros según los ritos particulares del Cerro, la Macarena, El Salvador y Sevilla (Triana). A la misma hora, en la Capilla Real, delante de la tumba de plata de “el más leal y el más verdadero”, los calonges salmodiaban con desgana el triduo a San Fernando, después de que el arzobispo –con el silencio cómplice de ambos Cabildos y del Ejército, pues para eso es patrón del Arma de Ingenieros- perpetrara la cacicada de trasladar su fiesta al viernes 28, aduciendo no se qué de la Santísima Trinidad. Y en el viejo Hospital del Rey, antaño sede de la Diputación y hoy Casa de la Provincia, se presentaba un libro sobre el pintor Juan Romero. Tres Sevillas distintas y una sola ciudad verdadera por mucho que los posmodernos de pacotilla se la estén cargando  poquito a poco y la caverna de toda la-vida-de-dios se resista a dejar de mandar.

Juan Romero, el pintor de la judería vieja de San Bartolomé, exactamente de la calle Sanclemente (no es una errata, se escribe así pues no es por el Papa que llegó a santo tras ser arrojado al mar con un ancla atada al cuello sino por un organista decimonónico de la catedral) es para muchos un genio con lenguaje propio e inequívoco; para otros, entre ellos Julio Soler,  autor de la primera tesis doctoral sobre el artista, un gran fabulador de arte amable, y para  unos pocos, sus más íntimos, el niño de la Florida que dibujaba tiras de tebeos en la Sevilla  triste de los cuarenta.

Para mí, además de todas esas cosas, es el aficionado prudente, sabio y hasta un punto visionario que se sentaba detrás mía en el tendido 11 a principios de los ochenta, cuando yo  era un joven casi imberbe, él un pintor de éxito siempre vestido con ropa vaquera y Curro ensartaba en el abono abrileño 5 petardos 5. Un domingo de Miura, antes de que sonaran los  clarines para soltar al quinto, sentenció con su peculiar voz: este toro va al corral. Lo miré con una mezcla de escepticismo, incredulidad y hasta guasa. Pero en efecto, el pupilo de Zahariche salió y tras el pañuelo verde fue pasto de los cabestros y el puntillazo en chiqueros. Me volví, le di la mano y así se selló una amistad que aún perdura a pesar de la distancia y se mantiene viva gracias al género epistolar.

A sus 78 años Juan sigue pintando con esa disciplina más prusiana que de Montmartre, donde desembarco en 1960 tras una formación sevillana en la Escuela de Bellas Artes donde alternó la enseñanza de viejos dinosaurios con maestros de la talla de Juan Miguel Sánchez o Pérez Aguilera.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía, Edición Sevilla, el Sábado 29-V-2010

Foto: Álvaro Pastro Torres.










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