Opinión. Los dominicos de San Jacinto. El Diputado de Cruces
Hace algún tiempo y por motivos profesionales, conocí a alguien que formaba (y forma) parte de un grupo en una parroquia donde reside canónicamente una populosa hermandad. Y me contó algo que recuerdo con toda nitidez y que siempre me ha hecho pensar mucho.
Mira, me decía, con los de la hermandad no se puede contar para nada. Si organizamos una misa en la parroquia, una oración, un retiro, una sesión de formación o cualquier cosa así, casi no viene ninguno. Como mucho, el de la junta que le toque. Ahora, para un concierto de marchas o para una proyección de diapositivas (que es lo que estaba de moda, ahora sería un pregón, una exaltación o una meditación), llenan la iglesia. Y en sus cultos, los días de función, que los demás hay media entrada. Eso sí, cuando llega la Cuaresma, parece que hay que estar a sus órdenes. Que si hay que montar los pasos, que si el besapié, que si…. Y, aunque ellos no tienen la culpa, la Pascua se hace insoportable, con la gente entrando a ver los pasos sin respetarnos a los que intentamos celebrarla con algo de recogimiento.
Viene todo esto a cuento del mito establecido (que a mí siempre me ha parecido falso y que, de ser cierto, en los últimos tiempos se está desmoronando de manera estrepitosa) acerca de que somos los cofrades y las hermandades los que llenamos las iglesias. Otros grupos católicos, absolutamente respetables y formados por personas muy serias, no tienen nuestra misma idea de esta realidad y, a veces, creo que nos vendría muy bien vernos a través de sus ojos.
Y también viene a cuento del incidente sucedido la pasada Semana Santa con la Parroquia de San Jacinto, la comunidad de frailes dominicos que la regenta y los grupos parroquiales que la componen (como intento hacer siempre, he dejado pasar el tiempo para la reflexión serena le gane la partida a la calentura pasional del momento). Parece que, a la vista de las adversas previsiones meteorológicas para el Domingo de Ramos y puesto que la mayor parte del cuerpo de nazarenos de la Hermandad de la Estrella forma al aire libre por la pequeñez de la capilla, el Distrito Triana se dirigió a la parroquia para que los nazarenos esperaran la decisión de salir o no en el interior del templo, resguardados de la lluvia. También parece que el párroco reunió a las comunidades parroquiales y todos juntos tomaron la decisión de negarse a tal petición. A mí esto me resulta increíble. Podría entender, ahí están los primeros párrafos de este artículo, que no se quiera que haya una hermandad en la parroquia. Incluso, aunque me cueste más trabajo, que no se permita que ninguna hermandad celebre cultos en la misma. Pero que a un grupo de personas que se dispone a realizar un acto de culto público bendecido, apoyado y alentado por la misma Iglesia Católica (y aunque así no fuera y estuviéramos hablando de otro grupo cualquiera) se le niegue el asilo (dos o tres horas, no más) que otros piden para ellos a fin de evitarles una mojada, es algo que no tiene explicación posible, aunque sólo fuera por solidaridad humana.
Pero lo peor han sido las declaraciones posteriores del párroco de San Jacinto. Las he leído en varios medios, pero creo que la fuente original es el blog de la periodista Laura Contreras en una entrada del 14 de abril y a ella me remito. Antes, un par de consideraciones de dicha entrada que me han llamado la atención. Primera, que la hermandad se "desentienda" del tema, lo cual creo que es muy significativo. Y otra. La actitud de la comunidad de frailes dominicos de San Jacinto es propia de ella, no creo que sea "por principios de la Orden", a menos que los frailes del otro convento de dominicos de Sevilla, el de Santo Tomás en la calle San Vicente, no sigan esos mismos principios, pues es fácil verlos predicando (son la orden de predicadores, no se olvide) y oficiando cultos de hermandades tanto en la provincia como en la capital e, incluso, la Virgen del Rosario de Monte-Sión visitó no hace mucho el convento, entrando en el mismo y celebrando una Eucaristía que tuve la ocasión de compartir y que resultó muy gratificante tanto a nivel espiritual como cofrade.
En fin, el párroco ha dicho cosas como éstas, entre otras: "No estoy en contra de la celebración, porque soy consciente de lo importante que es para el turismo de Sevilla esta fiesta. Pero me escandaliza lo que hay detrás de todo esto que llaman religiosidad popular..., la fortuna que se gastan en poner un paso en la calle, cuando hay personas que no tienen cubiertas las necesidades básicas"; "entiendo que formas para celebrar la Fe como lo hacen en La Estrella hay un montón de sitios en Sevilla, pero como lo hace San Jacinto a lo mejor no hay tantos"; "y puedo rezar porque la hermandad de La Estrella sea la más, pero también voy a rezar porque la parroquia de San Jacinto siga siendo fiel a sí misma" (las letras en itálica lo están así en el blog).
A mí estas palabras y otras que también aparecen en el blog (aquí están sacadas de contexto, por lo que les sugiero que lean el mencionado blog para sacar una impresión completa) me han producido sentimientos muy negativos y me han sugerido muchos calificativos, alguno no agradable, pero no voy a entrar en ese juego, por una simple cuestión de respeto, el mismo que pido para mí y para mi forma de celebrar mi Fe. Sólo voy a decir que me han parecido injustas y creo que demuestran un total desconocimiento de la realidad de la ayuda social que prestan las hermandades sevillanas. Ahora sí, ante situaciones como esta que, se quiera o no, producen división entre los católicos y sirven de munición a esos que andan empeñados en atacarnos y perseguirnos, se ha echado en falta la voz y la guía del pastor, tan clara y contundente en otras ocasiones. También me ha causado bastante desconcierto el interés mostrado por algún (algunos) periodista(s), experto(s) en información cofrade, en reivindicar San Jacinto para ¿qué?, criticando a la comunidad de frailes con cierta frecuencia (párrocos contrarios a las cofradías hemos sufrido, sufrimos y sufriremos muchos) y que, en su momento, avivó innecesariamente la polémica. Y los que desde luego han estado fuera de lugar han sido los deleznables insultos hacia el párroco aparecidos en las redes sociales.
Para terminar, voy a insistir en la idea del principio. Todas estas situaciones debieran movernos a la reflexión sobre nuestras actuaciones y actitudes, sobre el sitio que ocupamos en el seno de nuestra Iglesia y sobre cómo nos ven otros grupos de la misma. A lo peor, no somos (o no queremos ser) tan importantes en Ella como proclamamos.
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